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El último escaño

¿Y si ya ha perdido la democracia?

Bukele y Trump
Bukele y TrumpFoto: KEN CEDENO / POOLEFE
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No hay rincón en el mundo que haya despedido con tanta bilis y desprecio a Vargas Llosa como Cataluña. Reaccionario, facha, anticatalán... fueron algunas de las perlas con que parte de la prensa local sazonó sus revanchistas obituarios. Un desprecio, en cierta manera, comprensible: con su participación en la gran manifestación constitucionalista de octubre de 2017, en Barcelona, Vargas Llosa ayudó a desmontar el gran autoengaño del procés: ni existía una única y uniforme Cataluña, ni había una mayoría social favorable a la secesión.

Pero el autoengaño colectivo no es patrimonio exclusivo del nacionalismo catalán y de su burricie. Durante décadas, buena parte de la intelligentsia europea avaló con entusiasmo el totalitarismo comunista, mientras la URSS aplastaba la revuelta húngara y la Primavera de Praga, y China impulsaba su genocida «revolución cultural». Muchos de esos intelectuales prefirieron ser cómplices necesarios antes que denunciar la barbarie, porque hacerlo suponía admitir su error y renunciar a la superstición ideológica que daba sentido a sus vidas.

La justificación que hoy hacen algunos liberales del autoritarismo trumpista, o la defensa que derecha e izquierda radical plantean de Putin, es una versión actualizada de ese mismo autoengaño: el de quienes prefieren deformar la realidad antes que negarse a sí mismos.

Una mentira colectiva que arrastra también a los que callan ante casos como el de Kilmar Abrego, ciudadano de origen salvadoreño, residente en Maryland, detenido arbitrariamente y enviado -pese a la oposición de un juez estadounidense- al gulag externalizado que el Gobierno de EEUU ha subcontratado a Bukele en El Salvador. Una vez quedó demostrado que no pertenecía a ninguna banda, la Corte Suprema ordenó su regreso a EEUU, pero Trump se ha lavado las manos y mantiene encerrado a un hombre inocente. Pura arbitrariedad estalinista.

Este desprecio por la legalidad y la vida en EEUU se suma a otras decisiones de corte autoritario que se suceden sin apenas contestación pública, o incluso el aplauso de ciudadanos encantados con sus caciques y cacicadas. En España e Italia, con el intento de control del poder judicial; en Hungría, con las leyes de acoso a los homosexuales... Una tendencia general que nos obliga a preguntarnos si el autoengaño más evidente no es el de quienes creemos (o creíamos) en la inmortal superioridad de la vieja democracia liberal, que esta se acabaría imponiendo, sí o sí, al nuevo modelo autocrático de los Trump, Putin, Xi, Erdogan, Bukele... Cuando, quizá, ya ha perdido.