Hace poco me involucraron en una agria discusión de tráfico -no tengo carnet, me llevan- con un tipo bajito e iracundo que puso su coche en paralelo al nuestro y me dedicó un amplio repertorio de insultos. Tal agresividad provocó el pánico en una amiga norteamericana de mi hija, que iba en el asiento trasero. Temiendo que en Barcelona pasara como en su Texas natal, empezó a gritar: «¡Nos va a disparar a todos!». Así estuvimos varios minutos, hasta que el energúmeno se retiró dejando una amenaza en el aire: «Con esas gafitas de empollón, te arranco la cabeza».
De madrugada estuve dándole vueltas a la referencia de las gafas -italianas, elegantes- como un elemento que le molestó especialmente y que a sus ojos me presentaban como alguien débil, vulnerable. Entonces recordé una estancia en Estambul, cuando las tres primeras noches me intentaron robar y timar con burdas tretas. Sorprendido, se lo comenté al conserje del hotel y me dijo que eran las gafas, debido a que el lumpen local veía en ellas el síntoma de un hombre poco viril. Una presa fácil. Entonces me pasé a las lentillas y, casualidad o no, todo fue como la seda.
Cosas del insomnio, seguí reflexionando sobre el comentario del conductor y me di cuenta de que nunca he visto a Trump con gafas pese a su avanzada edad. Y, ciertamente, el presidente de EEUU explicó una vez que no quiere ser fotografiado con gafas para proyectar una imagen vital, juvenil y popular. Para no usarlas, nunca mira su móvil en público ni escribe sus propios tuits, una de sus principales actividades. Una cuestión estética que no es del todo banal, más bien retrata una característica del populismo: su desprecio hacia las elites ilustradas y un anti-intelectualismo militante como manera de conectar con lo que ellos consideran «la gente».
Cuando el economista Mario Monti fue elegido en 2011 primer ministro de Italia para que la sacara del abismo económico, enseguida fue despreciado por «tecnócrata», un hombre de cátedra y biblioteca alejado «de la calle». Recientemente, el vicepresidente norteamericano J. D. Vance afirmó que «los profesores son el enemigo» y Pilar Lucio, representante del PSOE en el Consejo de Seguridad Nuclear, avisó de que tener demasiados conocimientos «es a veces contraproducente»...
Una apología de la ignorancia estética y ética, alentada a partir de una equivocada idea de igualdad, que tiene consecuencias nefastas. Es la que permite , por ejemplo, que pongamos nuestra vida y destino en manos de zotes y buscavidas como Koldo, Mazón, Sánchez o Ábalos, y que nos parezca perfectamente normal e inevitable.

