Como estamos tan felices hiperventilando con el picogate no hemos reparado en que Francia ha prohibido las abayas en las escuelas. Son túnicas que cubren el cuerpo de las mujeres musulmanas. Un sarcófago de seda. Algo menos atroz que el burka. Pero igual de indefendible por lo que tiene de cepo. La cuestión no es que las adolescentes que quieran lo vistan, sino que puedan elegir sin miedo. El contraste con nuestras necedades resulta humillante. De las secuestradoras de Infancia Libre a Juana Rivas, todas las causas del feminismo patrio destilan una mercancía infecciosa, los golpes de pecho de quienes mercadean a costa del crimen mientras avisan silencios y trafican con miedos.
Unos días antes del escándalo con un presidente de la federación infeccioso, un caporégime amigo de Moncloa, tuvimos el bodrio con Amaral y sus tetas. La cantante agitaba banderas sin resistencia en contra. Su compromiso sale gratis. Lo diagnosticó Finkielkraut hace no tanto: «Ha llegado el tiempo insólito de las malas ganadoras que se niegan absolutamente a admitir que su objetivo -a saber, el desmantelamiento del patriarcado en las sociedades occidentales- ya se ha alcanzado. Saborear las mieles de la victoria conservando la aureola de víctima y sin dejar de reivindicar: tal es su triple ambición». De ahí que nunca peleen contra los enemigos de la libertad, frente al auténtico patriarcado, rampante en todos esos califatos y emiratos que pagan la fiesta de nuestro fútbol mientras ejecutan niñas por quitarse el velo y cuelgan a los homosexuales de las grúas.
Frente a la impostura del griterío de estos días, impermeable al ridículo cada 8-M (busquen, lean los ridículos manifiestos), levantado ante un enemigo imaginario, con el poder ejecutivo señalando a ciudadanos y abonado al derecho de autor, emociona el coraje de unos políticos franceses todavía dispuestos a defender la república. «La escuela», dice el Gobierno francés, «no es lugar para hacer proselitismo religioso». «No se tiene que distinguir la religión de los alumnos al mirarlos».
Como me dijo un día la escritora y (ella sí) feminista Yasmine Mohammed, aquellos que en nombre del multiculturalismo defienden las muestras de integrismo religioso, del hiyab a las abayas, «escupen en el rostro de todas las personas que alguna vez han peleado o han muerto por defender la libertad. Esa gente no merece disfrutar la libertad, no la aprecia, la socava y, al hacerlo, destruye las posibilidades de las generaciones futuras».
