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Ayaan Hirsi Ali, feminista e ilustrada

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Víctima ella misma del islamismo, luchadora contra la homofobia y la barbarie, objeto de deseo para una masa de verdugos repartidos por el mundo, y traicionada por (la peor parte de) la comunidad académica

Dos de noviembre de 2004. Llegaron los fotógrafos, los coches patrulla, los paramédicos. Hablaron los testigos. El cineasta Theo van Gogh, 47 años, yacía sobre la acera. Acribillado por Mohamed Bouyeri, holandés de origen marroquí, de 26 años, vestido con un impermeable y un taqiyah. El primer proyectil perforó el estómago de Van Gogh, que acababa de estrenar 'Sumisión', un cortometraje documental dedicado a los abusos que el islam inflige contra las mujeres. Firmó la película junto a Ayaan Hirsi Ali, diputada holandesa nacida en Somalia, ex musulmana y azote de los prosélitos de una religión que no se resigna a jugar un papel secundario en unas sociedades que enarbolan la herencia de Spinoza y Voltaire.

«¡No lo hagas!», gritaba Theo, arrastrándose por la acera. Con la calma de un chacinero santificado, Bouyeri sacó un machete de hoja curva y le rebanó el cuello. Después de clavárselo en el pecho, extrajo otra daga más pequeña, escribió en un papel y lo ensartó junto al esternón con un segundo cuchillo. El papelito rebosaba amenazas contra Hirsi Ali, advirtiendo de que sería despedazada por el islam.

Hirsi Ali, refugiada, que sufrió la mutilación genital en su infancia, ya ejercía entonces como voz de las niñas y mujeres apaleadas y secuestradas por una religión de corte militarista. Poco después del atentado emigró a Estados Unidos. En 2010 su nombre apareció en una circular con objetivos de Al Qaeda. Y en 2014 la Universidad de Brandeis le retiró una invitación para dar una conferencia en una ceremonia de graduación, después de que varios profesores y estudiantes la acusaran de proferir discursos de odio. Aquella fue la primera de varias ocasiones en las que Hirsi Ali, víctima ella misma del islamismo, luchadora contra la misoginia, la homofobia y la barbarie, baluarte de la libertad de expresión y los valores ilustrados, permanentemente amenazada y protegida, y objeto de deseo para una masa de verdugos repartidos por el mundo, recibía los escupitajos de (una parte de) la comunidad académica. Rechazada, en suma, por quienes presumen de preocuparse por la indagación crítica y, sin embargo, ignoran la situación de los más frágiles; esos que abandonan a quienes luchan, en las peores circunstancias imaginables, por la secularización del Estado. La clase de gente que sólo reconoce derechos en función de la adscripción grupal del individuo. Como si los musulmanes no fueran individuos. O como si la ciudadanía de las personas llegadas del Magreb, el África subsahariana o Asia sufriera de un estigma o fuera de segunda categoría. Indistinguibles de su pertenencia al rebaño. Condenadas por el mismo multiculturalismo que las estabula con profusión de besos.

En el caso de Ayaan Hirsi Ali, a la incapacidad de la izquierda para criticar una religión que no sea el cristianismo se une la tradición ecuménica de la conversación pública en Estados Unidos, donde tanto sorprende declararse agnóstico o ateo. Con la diferencia de que solo los teóricos progresistas comparten con el yihadismo su entusiasmo por censurar a la escritora somalí. Distintos métodos y un fin común.

«No hay nada más importante que el pensamiento crítico», le dijo Hirsi Ali a Cayetana Álvarez de Toledo en una entrevista fulgurante, como todas las suyas. «La libertad intelectual. El temperamento o el aprendizaje de la duda. Eso fue lo que me salvó a mí». El pensamiento crítico, la libertad intelectual, la duda. Lo que el relativismo supuestamente 'progre' desconoce.

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