Una decidida operación del Gobierno ha logrado que Televisión Española esté relevando al Parlamento como el gran espacio de deliberación pública. La acción política de Pedro Sánchez se caracteriza desde 2018 por la precariedad de sus apoyos y por la búsqueda continua de espacios donde ésta quede disimulada.
El Congreso le tumba leyes básicas y pone en evidencia su falta de respaldo popular cada día que pasa sin Presupuestos. Por tanto, se hace necesario exaltar las cifras de audiencia de los programas más sectarios para investir de autoridad a los nuevos ayatolás que los conducen y trasladar la impresión de que una mayoría silenciosa está movilizada contra el fascismo imperante en el mercado audiovisual privado.
El Estatuto de RTVE de 1980 consagra «la actividad de los medios de comunicación social del Estado a los siguientes principios: (a) la objetividad, imparcialidad y veracidad de las informaciones; (b) la separación entre informaciones y opiniones». Nada dice en sus ocho capítulos y demás disposiciones adicionales que su misión sea combatir a la ultraderecha, noble propósito al que se dedican cada mañana presentadores y tertulianos, sobre todo porque, amén de frenar a los fachas, nutre sus nóminas.
Un ejemplo de los mayores logros de José Pablo López, presidente de la cosa, es una columna como ésta. Una buena televisión pública debería ser lo mismo que Arthur Miller establecía para un buen periódico: «Una nación hablando consigo misma». La degeneración de los espacios de infoentretenimiento progubernamental se manifiesta, entre otros aspectos, en el señalamiento de los periodistas no alineados como agentes del estado profundo. La conversación pública transformada en una justa entre plumillas.
Más que por su sectarismo descarnado, la RTVE de López opera como herramienta eficaz de La Moncloa porque se ha convertido en tan autorreferencial como el CIS, al que cada vez se parece más por la manipulación de los datos. El activismo desacomplejado de sus caras visibles atrae la atención y la desplaza de la debilidad del Ejecutivo.
Periodistas discutiendo con otros periodistas, como hago yo hoy, es el sueño lúbrico de todo gobernante en dificultades. Si los que tienen que fiscalizar el poder están fiscalizándose entre ellos, el poder hace lo que quiere. En el caso de TVE, además, a cuenta de los bolsillos de todos.

