Sin base científica alguna, como en casi todo lo mío, defiendo a lo loco que Miguel Rellán es el mejor heredero de Buster Keaton en el cine español de ahora. Nadie como él puede quedarse quieto de esa manera delante de la cámara o sobre un escenario y decir sin abrir el pico más cosas de las que lleva dentro el guion. Miguel Rellán, además, nació en Tetuán y pasó los primeros 20 años en Marruecos, algo que le concede un lugar de privilegio para cualquier excentricidad que desee. Mantenerse tan flaco, tan pálido, con acento español y tan singular en aquel entonces y en Tetuán delata acumular un récord de personalidad. Además era el más alto de su barrio y pronto comprendió que así no podía seguir. Se hizo actor, claro.
En el Ateneo organiza de vez en cuando unas sesiones formidables tituladas Me acuerdo..., en homenaje a Joe Brainard y después a Georges Perec. Invita a gente a subirse al escenario del auditorio y contarle a otra gente seis recuerdos de su vida que empiezan todos con el mítico Me acuerdo... Esto que organiza Rellán, junto al actor Ginés García Millán y el escritor e impulsor cultural Miguel Munárriz, es una sesión de espiritismo individual, la ouija de uno mismo trasteando con su memoria, sus entusiasmos, sus querellas, su miedo, su risa, sus muertos. Algo extraordinario.
Puede que el primer recuerdo nítido que tengo del actor Rellán sea en la adaptación al cine de El maestro de esgrima, novela de Arturo Pérez-Reverte. Interpretaba a Agapito Cárceles, cura exclaustrado, republicano, federalista, antimonárquico, anticlerical. Y pedía a destajo "¡guillotina, guillotina, guillotina!" para todo el mundo. Después lo fui encontrando en tantas películas y fijándome mucho: El crack, Amanece que no es poco, El bosque animado, Bajarse al moro y así hasta El Cautivo de Amenábar. Por donde busques, en Miguel Rellán hay un actor. Basta si camina, si se detiene, si pregunta, si calla, si se queda a comer o escapa por su cuenta. En televisión ha hecho mil cosas y en teatro algunas de las mejores de su repertorio: de El caballero de Olmedo a Fuenteovejuna; de Marat Sade a Luces de Bohemia o El viaje a ninguna parte. Además de gran intérprete es un surtidor de anécdotas, lo cual siempre da buen rendimiento a este lado de la inmortalidad.
Los mejores cómicos son como muñecas rusas, pero cuando acaba la faena se echan por encima el abrigo y salen indivisibles a la calle sin tirarse el rollo, invisibles casi. La mudez de Miguel Rellán, si toca estar callado, acumula una variada riqueza sonora. Su manera de hacerse la estatua es altamente gestual sin mover una ceja. Todo es de primerísima calidad artística. Y acompaña en la vida a una periodista que admiramos, Rosa María Mateo. Lo tiene todo Rellán.

