Bajo los pies de los centenares de mujeres que procesionan Jorge Juan arriba y abajo en busca de las flores que una revista femenina pone a la venta en su mercadillo. Un domingo, de un ictus al no poder atravesar la Castellana en ambulancia por culpa de una maratón patrocinada por ¡una empresa de seguros! De un navajazo al intentar recuperar el móvil que acaban de birlar de madrugada en Medias Puri. Con un destornillador en el hígado durante un paseíto por las calles de Tetuán.
De un episodio de melancolía tras dibujar en Idealista el límite geográfico de los anuncios de alquiler en el interior de la M30. De un episodio maníaco-depresivo tras dibujar en Idealista el límite geográfico de los anuncios de compraventa en el interior de la M30. De un ataque de miocardio al discutir con quienes reprochan a jóvenes y familias que deseen vivir en el centro de la ciudad por la que han dejado su casa, a 700 km, para construir una carrera laboral. De un angustiosísimo pesar al contemplar los edificios fabricados en serie que componen las urbanizaciones al norte de la ciudad.
De una hipotermia o una lipotimia, según el mes, mientras uno espera en una cola en la calle para pagar por un yogur helado o conseguir una silla en un hand roll bar.Un día de julio en la puerta del Sol, donde, por orden de los oráculos, se puede espicharla solo de una forma: de una insolación. Bajo la rama de un plátano de sombra. De un traumatismo craneoencefálico tras tropezar con una montaña de cajas de cartón que nadie ha desmontado e introducido en el interior del contenedor de papel. En un naufragio en un túnel.
Víctima de la guerra entre el colesterol y la hiperglucemia cuando el gofre de la nueva cafetería aparezca coronado por tres muslitos de pollo frito rebozados en miel. Escaleras abajo en Nuevos Ministerios al averiguar que las pantallas solo anuncian con dos minutos de antelación la llegada del próximo tren. De un ataque de risa al descubrir que no es una errata: el olivito en una maceta está a la venta por 249 euros. A medianoche, tras un día de festival, caminando por el arcén de regreso a casa porque los autobuses no aparecen y la fila para montarse un taxi reúne mayor densidad de población que todo el censo poblacional de los pueblos de Zamora.
Por un shock sensorial en la Ribera de Curtidores mientras la banda tribal toca los tambores. En abril, cuando al final se revele una deficiencia abrasadora de vitamina D. A finales de febrero, de una necrosis en el ojo provocada por el puñetazo de una veinteañera que alza su móvil para hacerse un selfiefrente a los almendros en flor de la Quinta de los Molinos. Suprimido, aniquilado, convertido en fósil, transformado en diamante, aplastado como una cucaracha en la línea 6 del metro a las 8 de la mañana.

