- Cultura El nuevo tiempo de Condeduque, la máquina del pensamiento de Madrid: "Queremos salvar a la tierra del espanto de los discursos de odio"
- Teatro El hito de crear una zarzuela 'orgullosa' en el siglo XXI: "Esto no es llenar un estadio con Beyoncé, te la juegas un poco"
A mano alzada y con un rotulador negro, con la naturalidad despreocupada del niño que parece improvisar imágenes, el artista Luis Pérez Calvo (Madrid, 1962) ha estado durante dos semanas dibujando in situ el complejo y minucioso mural que se exhibe en CentroCentro. De hecho, 45 minutos antes de su presentación los borda a petición de GRAN MADRID: traza y colorea, ágil, algunas florituras más... si cabe, porque los ojos saltan alegres de aquí a allá, desbordados ante semejante jolgorio pictórico. «Nos conocimos hace muchos años, pero no le había visto trabajar en directo y ha sido deslumbrante», confirma Carlos Delgado, comisario de esta muestra, disponible hasta abril del próximo año.
Su «compañero de ruta» ya sabía que debía seguirle la pista, porque «siempre estaba en los lugares más inesperados haciendo unos proyectos espectaculares», aunque esta es la primera gran exposición institucional de Luis Pérez Calvo. Pues, pese a su solera, resulta ser una suerte de pintor «secreto» de Madrid, autodidacta y callejero, con un imaginario tan particular como su propia historia. En ambas se conjugan una infancia de tebeos, vinilos, portadas de discos y desarrollismo español; con su incesante deambuleo urbano como trabajador de una empresa de transportes, que en su tiempo libre también goza empapándose de «la furia de la ciudad», junto a su bagaje y su fervor por el mundo del arte. Fue también, durante 10 años, vigilante de sala en el Museo Reina Sofía y no hay semana que no visite el Prado. Y siempre, dibujando.
Se refleja, así, en su Cromos de artista, que ha titulado con intención. Pues sobre esta obra efímera de caos urbano, neones, pantallas y autopistas elevadas, que emerge como un mapa de Madrid, futurista y nostálgico a un mismo tiempo, estallan también unas coloridas estampas que recuerdan a los álbumes de cromos infantiles. «Se me ocurrió por... rarezas. De pequeño, me atraían mucho aquellos cromos de pájaros y perros que regalaban con el dónut. Y no recuerdo que hubiese ninguno de artistas consagrados ni de emergentes», relata Luis Pérez Calvo. Seleccionados entre su colección de 560 piezas, comenzó a pintarla hace una década en sus visitas a colegas, a exposiciones y espacios de arte, y la ha continuado engrosando hasta tres días antes de la inauguración. «Soy un pintor muy compulsivo. Entro a un galería, al Reina Sofía, al Lázaro Galdiano, a la Juan March... y digo: 'Uf, qué bueno, quiero pintar como él, meterme en su mundo', y hago mi reinterpretación».
En un primer vistazo, se revela como un atlas ilustrado sobre el arte en Madrid, que homenajea «a quienes sostienen el día a día de la vida cultural de la ciudad y que pasa muy desapercibido», sintetiza el comisario, pero deja tantas lecturas como viñetas, tesoros, anécdotas y lugares compila. «Su iconografía es fascinante», alaba Carlos Delgado. Por ella pululan Lola Flores con Velázquez o las pinturas negras de Goya con los chicles Bazooka, en una convivencia entre lo popular y el canon artístico. O se descubre a AC/DC y los Looney Tunes de paseo por Carabanchel o se enmarca el Rastro con el recuerdo al vaquero del Rastro, Jesús, que vendía tebeos de segunda mano en la plaza del Campillo y con ese estribillo musical de Patxi Andión: «Lo que usted no quiera para el Rastro es». A lo Cachitos de hierro y cromo, cual contrahistoria lúdica y crítica del arte oficial. «No es el mapa de un historiador», desentraña su comisario, sino que es más bien afectivo, «autobiográfico, como todos los artistas, pero muy generoso, porque habla de terceros, de compañeros artistas, galerista y amigos, y del entusiasmo que él sintió al ver una exposición».
La composición funciona, además, como una crónica cotidiana de Madrid, en ciertos casos extinta, pero siempre alternativa y popular, como el propio dibujante, que se crio entre Lavapiés y Embajadores. Explica sobre otro trabajo reciente: «En mi último homenaje a las calles Encomienda y Esgrima, pinto los lugares que quedan actualmente, desde la pescadería hasta la casquería, o el antiguo cine Odeón, la Cascorro Factory, donde vivió el fotógrafo Carlos García-Alix, y la panadería actual, que tiene un cuadro de Nacho Criado». Queda patente su apego callejero, al barro, al ruido y a la estética del hormigón y la grúas. «Camino mucho y me fijo en los portales, si todavía tienen portero automático, si las puertas son de 1800, en los letreros, las placas de si aquí vivió Pío Baroja... Todo ese mundo me gusta mezclarlo».
Valora Carlos Delgado: «Hay una mirada de Luis muy atenta, muy curiosa, que con el paso de los años no se ha convertido en esa mirada de piloto automático, anodina, que a veces tenemos todos cuando estamos sumergidos en la vida cotidiana. La suya es casi esa mirada inaugural, de descubrimiento constante». Se aprecia tanto en sus Cromos, como en sus piezas en La Gran, en Fundación María Cristina Masaveu Peterson, en el CAC Málaga, en La Casa Encendida; en ferias como Estampa o Urvanity; en colecciones públicas y privadas, como las del MACVAC o Fundación La Caixa, e, incluso, en publicaciones como la revista M21. «De repente la abrías y te encontrabas con auténticas obras maestras del dibujo, suyas», recuerda el también crítico de arte, con la genialidad añadida de que el madrileño no cuenta con una formación académica reglada.
«Empecé a hacer un curso de dibujo publicitario, pero no lo terminé. Con 23 años, me presenté a un premio de pintura joven del Ayuntamiento de Madrid, en el año 87, y ahí me seleccionaron. Quedé finalista de entre una selección de 13 y ya empecé a moverme, a presentarme a concursos, a gastar todo el dinero en bastidores, en tela...». Mientras, se encandiló con Philip Guston, en su primera muestra en Madrid, a la que fue «ocho o 10 veces», por citar algún referente de su antología personal, porque también confiesa que se hizo artista por Ibáñez. Su itinerario es tan rico y pletórico como el universo que despliega en cada creación.


