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En las fiestas populares de Madrid, entre farolillos, música y multitudes, ha comenzado a verse un accesorio poco habitual en las muñecas de los asistentes: una pulsera que, en segundos, puede revelar si alguien ha vertido GHB, burundanga, MDMA u otras drogas de sumisión química en una bebida. El sistema, desarrollado por la empresa valenciana Celentis, funciona con un simple gesto: "Mojas un dedo en tu copa, dejas caer una gota sobre el sensor y, si cambia de color, es que hay una sustancia que no debería estar ahí", explica Isabel Caballos, investigadora y administradora de la compañía.
Celentis nació como spin-off de la Universitat Politècnica de València y la Universitat de València, a partir de investigaciones financiadas con fondos públicos y europeos. "Yo hice la tesis en uno de los grupos de investigación que desarrolló las moléculas que ahora utilizamos. La universidad patentó los compuestos y nosotros licenciamos esas patentes para crear la empresa", relata Caballos. El objetivo inicial fue detectar GHB y escopolamina en líquidos, pero el formato original —un reactivo líquido que se vendía en pequeños frascos— resultó poco práctico para el entorno festivo. "Era aparatoso, poco sutil y, sobre todo, difícil de usar en mitad de una discoteca o un concierto", reconoce.
La solución llegó a finales de 2024, cuando la Generalitat Valenciana les encargó un formato más manejable para repartir en fiestas populares. "Ahí nació la pulsera. Es discreta, fácil de llevar y mucho más intuitiva", cuenta. El diseño imita a las pulseras de acceso a festivales, pero con una zona reactiva integrada. Desde entonces, la empresa ha vendido decenas de miles de unidades a ayuntamientos y organismos públicos, y en Madrid ya se han utilizado en fiestas como las de Pinto o Chamberí.
Cada pulsera puede incorporar uno o dos sensores. El primero, de color naranja, detecta GHB —conocido como "éxtasis líquido"— y, si hay presencia de la sustancia, vira a un verde oscuro. El segundo, de color amarillo, identifica drogas con el radical químico amina, presente en ketamina, metanfetamina, escopolamina y MDMA, y en caso positivo cambia a rojo. "El cambio es muy evidente, no deja lugar a dudas. Si el sensor mantiene el color original, no hay problema; si cambia, hay que tirar la bebida y avisar a alguien de confianza o a seguridad", precisa Caballos.
La inclusión de la escopolamina responde más a la percepción pública que a su prevalencia real en España. "Aquí hay mucha psicosis con la burundanga, pero casos confirmados hay muy pocos. Es mucho más común en América Latina, donde se obtiene como derivado de la cocaína. En Europa, y sobre todo en España, lo que más encontramos es GHB, porque es fácil de sintetizar y sus precursores son accesibles incluso en plataformas como Amazon", señala.
Aunque Celentis vende principalmente a administraciones, la empresa ha hecho excepciones con asociaciones y colectivos que no alcanzaban el pedido mínimo de 2.000 unidades, donando material a cambio de visibilidad. "Es una herramienta con un fin social claro y queremos que llegue a donde sea útil", subraya Caballos. El modelo de negocio se centra en su venta a organismos públicos, pero la compañía está en conversaciones con distribuidores privados y no descarta integrarlo en pulseras de festivales o eventos privados.
El feedback recibido hasta la fecha es alentador: desde que comenzaron a distribuir las pulseras en diciembre de 2024, no se ha detectado ningún positivo confirmado. "Eso habla del poder disuasorio. Si alguien sabe que la gente puede comprobar la bebida en cualquier momento, se lo piensa dos veces antes de intentarlo. Y, además, las drogas no son baratas", comenta Caballos.
Su uso es sencillo y no requiere formación previa. Basta con humedecer el dedo en la bebida y pasar una gota sobre el sensor correspondiente. En segundos, la reacción química ofrece el resultado. El sistema tiene una sensibilidad de detección de hasta 0,1 mg/mL de GHB y una respuesta inmediata, lo que permite actuar antes de que la persona consuma la sustancia. Las pulseras están fabricadas en Tyvek, son impermeables, resistentes y reutilizables mientras el sensor no haya reaccionado.
El diseño admite personalización, incluyendo el logotipo del evento, códigos QR con instrucciones o incluso tecnología NFC para compras dentro del recinto. "Casi todos los ayuntamientos piden que lleve su escudo, porque es una medida que también proyecta una imagen de seguridad", apunta Caballos.
En Pinto, pionero en su uso en la Comunidad de Madrid, se repartieron durante las Fiestas Patronales en el Punto de Información Contra las Agresiones. El Ayuntamiento advirtió que, en caso de detectar un positivo, la persona debe avisar inmediatamente a la Policía Local, Guardia Civil o llamar al 112. Esta iniciativa se enmarcó en un dispositivo más amplio, con controles de acceso, unidades caninas y videovigilancia.
Para Caballos, la clave del éxito del producto está en su sencillez: "Es una herramienta preventiva, no invasiva y que cualquiera puede usar sin que altere su experiencia en la fiesta". El reto ahora es ampliar su distribución y lograr que se convierta en un elemento habitual en eventos multitudinarios. "No hay por qué limitarlo a fiestas patronales; puede estar en festivales, discotecas o cualquier lugar donde haya riesgo. Al final, se trata de devolver el control a la persona sobre su propia seguridad".
En medio de la música y la aglomeración, un simple cambio de color en la muñeca puede marcar la diferencia entre una noche de celebración y una experiencia traumática. Y aunque los positivos no se hayan registrado aún, para quienes las reparten y quienes las usan, esa ausencia es la mejor señal posible.



