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No duda la autora Silvia Nanclares (Madrid, 1975) de que criarse en la periferia marca la escritura y que si «antes había que ocultar que eras de clase trabajadora, ahora parece que es un galón». Pero a ella le atrae más el conflicto del desclasamiento, ese salir del barrio y aspirar a otras vidas, que fue la senda hacia la clase media que singularizó a la España de la Transición. A retazos documentales y de ficción, en Nunca voló tan alto tu televisor (Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes), ya por su tercera edición, Nanclares desgrana cómo se construyó ese país que escapaba (o no) del Franquismo. En su caso, desde el barrio de Moratalaz, con el Pirulí creciendo en el horizonte pero sin colegios a pie de descampado, y trazando cuánto de diferente y de reveladora es la Historia cuando la cuentan las voces de las afueras. Porque de las vecinas, como muestra Nanclares, se puede aprender que esa fijación nuestra por el urbanismo es justificada y que de aquellos barros, especulaciones y poderes, estos ladrillos y presente de disputas. Y en marcha ya, buenas noticias, la segunda parte de este Episodio Nacional.
- En este lado, con Moratalaz al otro, ¿se ve distinto el Pirulí?
- Súper diferente, de hecho, la primera vez que vi el Pirulí desde abajo, que es como lo ideó el arquitecto, eso que llaman perspectiva de gusano, de repente, por un lado, lo reconocía y, por otro, no. Yo tenía la perspectiva de Moratalaz. Siempre vemos el fuste y la copa del Pirulí, pero la base es alucinante.
- El libro habla de esa fricción centro-periferia. En un momento, un niño se pregunta: «¿Por qué todo lo bueno pasa al otro lado de la M-30? Cortilandia, el Bernabéu...».
- Desde el centro, las cosas están cerca. Desde la periferia, todo está lejos. Y al final vives en los trayectos, que son experiencias de periferia y que te marcan más de lo que crees. El centro es lo contrario: estar en el meollo, estar en el cerca.
- ¿Por qué esta fijación por el Pirulí como un personaje más?
- Lo que veía desde mi cole era descampado, descampado, torres, bloques, el cementerio de la Almudena y de repente eso que rompía completamente y que no se parecía en nada a nuestro entorno. Era una presencia un poco extraterrestre. Por la noche se iluminaba y era como una nave espacial. De tanto verlo, era una presencia muy familiar. Incluso, un orgullo: 'Mira, desde mi casa se ve el Pirulí'. En el libro, la niña se enamora del Pirulí y su madre se enamora de un edificio de viviendas como el mejor del barrio, símbolos de esa clase media que en esos años medró. Esos dos edificios me servían para trazar una imagen de lo que significó esa época de salto económico, cultural, político... Esa transformación brutal del país de los 60 a los 90.
- Moratalaz y la Transición, ¿qué tienen ese espacio y ese tiempo?
- El Pirulí se construye para el Mundial de fútbol del 82. La FIFA le exige a España estadios y también: 'Mira, tenéis que retransmitir esto a todo el mundo y necesitáis una pedazo de antena'. Las infraestructuras también representan las épocas políticas. Igual que los pantanos de Franco, el momento de la tecnologilización, del boom audiovisual, se condensa en el Pirulí. ¿Dónde se puso el dinero y la mirada del proyecto de país, con una proyección internacional, cuando había unas bases que se debían mejorar? Se construyó a veces más desde arriba que desde abajo. El libro empieza con la manifestación por la carestía del pan y acaba con la entrada en la Comunidad Económica Europea. En ese tiempo, hay una transformación de la vida y de la autopercepción de los españoles. La televisión jugó un papel fundamental, porque era la que les decía cómo tenía que ser lo que estaba debajo del Pirulí, la que mandaba las señales culturales, políticas...
- ¿Qué papel tuvo la televisión en la mentalidad del obrero y del españolito?
- Toda. Lo dice la canción de Víctor Manuel de donde está sacado del título: es un país que no sabe muy bien lo que quiere ser, pero sí sabe lo que no quiere ser. Es un país muy hacia el futuro, que no quería mirar atrás. Había series, por ejemplo, Anillos de oro, que contaba específicamente la ley del divorcio en España. La televisión, con unas cuotas de visionado que ahora nos cuesta comprender, estaba contando cómo ya te podías separar en España, cuando hasta hacía dos días las mujeres eran consideradas menores de edad para la ley. Ver eso, encima, idealizado en la vida de Ana Diosdado, liándose con Imanol Arias, pues ya era una grieta. Los programas musicales, de cine, infantiles... Era un único relato audiovisual, y también político. La televisión te decía: podéis ser otra cosa y en este abanico os podéis mirar. Es una herramienta de transformación cultural salvaje.
- ¿Y qué infuencia tiene ahora la televisión?
- Una más entre muchos otros relatos. Sobre todo, frente a internet, es uno más. Para una generación como la de nuestros padres, todavía tiene todo el poder, pero yo miro el móvil de mi sobrina, y no es que no sepa lo que tiene, es que ni me puedo imaginar los canales.
- ¿Nos obsesiona el urbanismo madrileño?
- Habrá gente que diga: 'Sois muy pesados'. Pero el urbanismo en Madrid es de las industrias más potentes. Por tanto, hay que empezar por saber que es un móvil económico brutal. Y además el urbanismo es lo que define el modelo de ciudad. Nos obsesiona porque mediatiza nuestras vidas. Si tú naces en un PAU, si naces en Moratalaz, si vives aquí en la colonia Fuente del Berro, eso marca tu vida. Puedes creer que eres una persona libre, y no. Las puertas sociales te marcan y el urbanismo es una de las herramientas más poderosas. Nos obsesiona con razón. Estamos viendo una pelea por el espacio público, por la vivienda, con una privatización salvaje.
- ¿Qué relaciones ve en el desarrollo urbano pasado y el actual?
- La creación de las manzanas hacia el interior, lo que Jorge Dioni ha llamado la España de las piscinas, es novedoso. La privatización de las manzanas cambia una ciudad y un barrio. Pero los nuevos desarrollos urbanos tienen los mismos problemas que tuvo Moratalaz. No aprendemos nada. En el Cañaveral, en Tres Olivos... la gente no tiene transporte, colegios, hospitales... Es el eterno retorno del urbanismo, de no aprender. Se crean Moratalaces, cada vez más lejos. Ya todo depende del coche. Y eso junto a las manzanas privadas, que no hacen ciudad ni hacen barrio.
- Subraya cómo el urbanismo, y su poder, no son aleatorios. «Estaremos en democracia, pero los puestos de siempre nos los repartimos los de siempre».
- Hay un hilo, incluso en los apellidos, que se puede seguir. Y si cambian de nombre, siguen estando en el mismo rol, a la vera del poder. Las leyes se hacen para las necesidades urbanísticas, o se infringen, o se hace la vista gorda, o se crea una cláusula... No todos son los mismos nombres del Franquismo, pero el ecosistema y las dinámicas se mantienen. A la crisis de vivienda, se ha sumado la turistificación y los fondos de inversión. Esa pata está reventando el centro.
- Hay un ama de casa aspiracional, la profesora, la niña, una trabajadora del hogar... No suelen ser quienes narran ni quienes protagonizan los grandes episodios de la historia.
- Es superdeliberado. No es eso tan paternalista de darles voz, que es algo que me da grima, sino intentar entender su subjetividad. Cómo vivieron ellas la construcción del barrio... Las mujeres son las que construyen el barrio porque eran las que pasaban más rato ahí. Son las luchadoras porque no les queda otro remedio. Que pongan el semáforo del colegio, las madres; que pongan un comedor, las madres. En cada paso que se daba, estaban ahí. Luego, ellos figuraban como presidentes de las asociaciones, que no digo que no hicieran nada, pero también ellas eran periferia, dentro de la periferia.
- También hace una reivindicación de las madres de la democracia.
- Sí. Frente a los padres y también frente al tipo de mujer que se nos vende como relevante en la democracia, que, por supuesto, lo fueron: abogadas, universitarias, pero hubo muchas otras que además estaban sosteniendo la vida para que otros hicieran esa historia.
- La historia sería otra si la contaran estos personajes como subalternos.
- Cuando rascas, ves las asociaciones de amas de casa, superorganizadas: hacían huelgas de consumo, se encerraban en guarderías... Hoy, desde el activismo, parece que 'estamos descubriendo la rueda' y, de repente, dices: 'Un momento'. O todas las trabajadoras de hogar, si ellas contaran cómo viven, cómo trabajan, cómo vive la gente que les manda, cómo las tratan... Ahí hay toda una historia, como dices, de los subalternos. La gente que escribimos somos muy privilegiada.
- ¿Qué potencia reside en que las hijas y nietas de esas trabajadoras sean las narradoras ahora?
- Mucha. Hay un poco de eso de Annie Ernaux de 'vengaré mi raza', de rabia, de ajuste de cuentas, de vosotras no habéis podido, pero nosotras, sí, gracias a vosotras, tenemos voz. Les debemos un montón.
- ¿Cuánto de importante es la organización vecinal?
- En el contexto en el que estamos, todo. Sin idealizarla, porque luego la organización humana es muy complicada. Pero ahí nos lo vamos a jugar todo. En el centro, en el contexto de turistificación, o nos ponemos a hacer barrio -suena a cliché y vacío-, o apoyamos a nuestros comerciantes o con redes de apoyo, ya sea montando un club de lectura -en eso estoy ahora- o redes más heavies como en pandemia... Es la única manera, porque lo otro es una condena a la fragmentación total. Tenemos que pelearnos por un parque o cada cual por sus pedacitos de vida común.
- «Ser de aquí ya no significa nada, es ser de algo indefinido, sin características, síntesis, sin raíces». ¿Qué es ser de Madrid?
- Esa es la madre del cordero. Es muy complicado ser de Madrid porque caes mal en todas partes. Es una cosa muy dura. Llegas a todos los lados y parece que vas pidiendo perdón. Y, por otro lado, la vida aquí se está haciendo tan hostil que también a veces te cuesta sacar un poco de pecho por tu ciudad. Ser de Madrid es una impersonalidad muy personal, algo un poco paradójico. Pero yo siempre reivindico ser de Madrid. Mi abuela nace en El Rastro, o sea, yo también tengo raíces. Dices: aquí también hay una historia. La que sea, pero es la nuestra. Tenemos que reencontrarnos sin caer en ese sacar ahí pecho absurdo. Sí hay una historia y, sobre todo, que nos dé para defenderla. Siento que la ciudad la estamos perdiendo.
- ¿Es Madrid inalcanzable?
- ¿Para nosotros o para los que vienen de fuera? Cada vez es más inalcanzable y cada vez es más hostil. Antes se veía esto de 'irse a Madrid'. Ahora, la gente que viene a estudiar a Madrid prácticamente no puede vivir aquí. Se está convirtiendo en inalcanzable. Hay un Madrid del poder que yo ni lo huelo. De Neptuno para allá es otro Madrid. ¿Qué significa Madrid? El Estado, el poder, los medios... Todo eso es infranqueable para mucha gente. Pero el Madrid de vivir, del diario, quiero creer, o siento, que mucha gente hace aquí su vida y que sí, la construimos entre todos, con amigos de todas partes, aunque suene a tópico. Es algo muy bonito, que hace un carácter, que lo despersonaliza para bien.
- Escribe: "La trama urbana de la ciudad también se teje con hilos de memoria afectiva". ¿Ensalza lo cotidiano de la ciudad frente a los grandes relatos?
- Eso es. La idea de qué es lo habitable. Porque las casas no hacen barrio solas. ¿Qué cosas nos hacen sentir en casa? Un parque, un centro cultural, una piscina pública... lo que no son nuestra casa. La idea de echar raíces, una posibilidad cada vez más cercenada en esta ciudad. Mi hijo tiene 6 años y ya ha vivido en cuatro casas. Porque nos han ido echando. Una por alquiler, otra porque éramos otro más en la familia... Cada vez se hacía más difícil vivir en el mismo barrio. Qué importante es poder echar raíces y hacer tus afectos en el mismo sitio. Eso sería el derecho a la ciudad, que pasa por lo material y por lo inmaterial. Este año, en los coles públicos de centro ha habido un bajón de solicitudes tremendo, porque no se puede vivir ya. Va a llegar un día en que no va a haber colegio en el centro. Debemos replantearnos qué significa la ciudad y qué ciudad queremos. Debemos implicarnos y decir: 'Yo también puedo, como esta gente construyó en su día'. Hemos nacido con muchas cosas ya hechas, cosas que están en peligro. Tenemos que ponernos las pilas.

