Yo sabía que me iba a cambiar la vida. Más bien lo intuía, supongo, es imposible saber nada antes del bombo. Lo que pasa es que no imaginaba que tan pronto. Me di cuenta de que no había vuelta atrás en la consulta de la dentista, cuando una enfermera anodina abrió la puerta y, al avistar mi enorme panza que ya no dejaba lugar a dudas, exclamó extasiada: «Doctora, tenemos una embarazada».
Lo que siguió fue un entusiasmo que me dejó fuera de combate. Tanta sonrisa y tanta deferencia era inquietante. Me sentía como un niño entrando en la fábrica de chocolate del cuento de Roal Dahl. «El día 24 de abril te lo coges libre y te vienes a pasar la mañana con nosotras», anunciaba una sonrientísima odontóloga. No se podía decir que no.
Por si acaso esta intensa previa de puente le tiene desubicado, el 24 de abril fue el pasado miércoles. Llegué pronto a la consulta con un doble propósito: primero, una limpieza dental, el embarazo en su eterno priorizar al bebé te puede dejar sin dientes, me explicaron; después, un taller de salud bucodental para futuras mamás y sus bebés.
Lo segundo me noqueó, supongo que pensar a tan largo plazo no es lo mío. Encontré de nuevo esa mirada ilusionada, demasiado ilusionada, en la auxiliar que me realizó la limpieza. «¿Te quedas al taller, no? Te va a encantar».
Y ahí estaba yo, con la boca bien abierta esperando la aparición estelar de los UmpaLumpas.
Terminé esa primera fase media hora antes del curso, pero mis nuevas captoras se negaron a dejarme escapar: «Tú quieta aquí y bajas con nosotras». Cinco o seis barrigonas y un papá motivado componían la audiencia ante la que fueron desfilando, a lo largo de hora y media, las imágenes bucales más terroríficas de mujeres y bebés que uno pueda formar en su cabeza. Yo no dejaba de palparme los dientes con la lengua, a ver si seguían ahí, tal era el terror que infundía la sucesión de fotografías.
Llegó un momento en que el único hombre del grupo apartaba los ojos sin disimulo. Me atrevo a decir que ninguna le culpamos.
No fue del todo inútil, aunque sí un poco inflado. Lo de cogerse el día en el trabajo para aprender a lavarse los dientes en grupo me pareció bastante fuera de lugar, pero reconozco que algo de ello saqué. Y aquí va mi confesión, querido lector: llevo toda la vida lavándome mal los dientes, y creo que usted también. Deje de enjuagarse con agua, escupa sin más y permita que el flúor de la pasta permanezca un rato más sobre sus dientes.
Hágame caso, con la autoridad que me da aquella sucesión de retratos. Palabra de una embarazada a tiempo completo.

