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Me tragué la cápsula, me encomendé a santa Anabel Pantoja y, en menos de tres meses, conseguí el éxito que Kiko Rivera no tuvo. Hoy le compro ropa a Amancio. Pero... ¿De verdad conseguí "mi mejor versión"?
Durante años me creí la más fuerte y la más chula. Pero mi confianza se fue al carajo hace algunos meses. En el Festival de Cine de Ibiza, S., que colabora en Mediaset, colgó un vídeo mío, "perreando" hasta abajo. Como es natural, se me movía todo: el culo, el pecho, las lorzas. La mayoría de las personas ni lo hubiese comentado. Sin embargo, no faltan los amargados. S. recibió un montón de reacciones a mi vídeo. Muchos "dalo todo, reina" y "¡esa es mi niña!". No obstante, hubo una excepción. Un presentador de Telecinco decidió que yo era su mejor chiste. "Ay, ¡Dios mío!", "¡pero qué es esto!", ¡pero, por favor!", escribió en mensajes diferentes. ¿Mi primera reacción? Gritar en el desayuno y casi escupir, por casualidad, encima de Juana Acosta. ¿La segunda? No bailar más.
Siempre he pesado más de lo que debería. Tanto que una vez una socialité me dijo 'podrías ir a Supervivientes, a hacer ayuno involuntario'. Pero, la verdad, es que nunca me importó demasiado... Hasta que este señor llegó a joderme la fiesta. Aun así, seguía llevando los tops más cortos y los bikinis más ceñidos. Supongo que era una forma de luchar contra mis pensamientos. Aunque un día se me escapó lo que pensaba hace meses.
Era verano y con Eduardo Navarrete estábamos en una piscina repleta de maromos. Sentía que todos eran La sirenita y yo el cangrejo y, medio borracha, le solté "me quiero poner un balón gástrico". Navarrete no hizo ninguna mueca. Pero salió del agua, tomó el teléfono, hizo chas... Y, en dos semanas, aparecí en una sede de Clínicas Kiharu. Kiharu ofrece un balón ingerible que, después de tres meses, se excreta. Se trata de una cápsula del tamaño de un ibuprofeno, que se traga con agua. El balón va unido a un catéter y, a través de él, se llena con 550 mililitros de líquido. Posteriormente, el catéter se extrae y, en menos de 10 minutos, voilá... Tienes una pelota -parecida a una teta de silicona- que ocupa parte del estómago, provocando sensación de saciedad.
Parece un milagro de la ciencia. Pero en el último tiempo se ha vuelto bastante común. De hecho, decenas de famosos se han puesto el mismo dispositivo (o uno similar) y han obtenido excelentes resultados. Entre ellos, Mila Ximénez -se sometió al procedimiento antes de entrar a GH-, Bárbara Rey, que comenzó el 2020 con uno en su cuerpo, y Víctor Sandoval, que lo ingirió para verse mejor en la boda de Belén Esteban.
Asimismo, se dice que Adele y Mariah Carey han tenido uno. Sin embargo, no pensé en ellas cuando acepté el desafío, sino en Anabel y en Kiko Rivera, iconos del adelgazamiento. Pensé "si la sobrinísima pudo, yo también" y me puse a rezar para que mi caso fuese exitoso. No quería fallar como el cantante de Quítate el top... Así que, con toda la fe, me entregué a la doctora Eva Ramos.
Para ser justos, en septiembre hacía mucho calor. Aunque yo sudaba de miedo. Quizá por eso no logré tragarme la cápsula sola. El 80% de los pacientes logra ingerir el balón sin ayuda. Pero yo no lo conseguí y la doctora se convirtió en mi heroína. Le vomité de pies a cabeza y ella se mantuvo incólume. Es más, me confesó -entre risas- que nadie le vomitaba hace un año y que yo había entrado en su Top10 de clientes vomitones.
"Tenía náuseas y la sensación de que había un gremlin viviendo en mis tripas"
Salí de la clínica caminando. Pese a ello, cuando llevaba menos de 50 metros, comencé a sentir que tenía un alien dentro. Aquello era un marciano que se movía de lado a lado y mi prima me tuvo que llevar, como si fuese una parturienta, a casa. Acto seguido, me convertí en un oso hibernando. Pero al día siguiente pasó todo lo que Kiharu me dijo que iba a ocurrir: náuseas y la sensación de que había un Gremlin viviendo en mis tripas.
Cada dos horas tenía que correr al baño. Era como estar en una montaña rusa. Estuve así durante cinco días. Parecía que había consumido algún estupefaciente y lo único que hacía era potar y sobar. Incluso puedo decir que no tomé ni agua durante 72 horas y pasaba la mitad del tiempo con la cabeza en Narnia. Por eso, cuando me volví a mirar al espejo, quedé en shock.
Parecía recién rescatada del Amazonas. ¡Hasta se me notaban los huesos de la clavícula! A mis padres les dije "uf, me veo cadavérica", pero por dentro estaba: "Uf, estoy entrando en mi Anabel Pantoja era". No obstante, fue una etapa breve. A los pocos días comencé a comer... Y, claro, volví a hincharme. Aunque empecé a perder peso a la velocidad del rayo.
Tras un proceso de tres semanas haciendo "dieta blanda", mi nutricionista Cristina Gómez me recomendó hacer cinco comidas al día: desayuno, snack, almuerzo, merienda y cena. Además, la instrucción era comer ligero y sin distracciones. Tenía que concentrarme en lo que estaba haciendo, ser consciente de cada bocado. En un principio, esto parece un gran reto. Pero no es una odisea. No te mueres de hambre. No es una dieta restrictiva.
Al segundo mes, dejé de sentir molestias y me vi obligada a comprar ropa nueva. Pasé de la talla 3XL a la XL, sin mayores esfuerzos. Aunque sí tuve que hacer sacrificios: adiós al gin tonic, a la Coca-Cola y a los cafés mañaneros. Pero, al final, me acostumbré. No soñaba con los sobres de kétchup o pecar con la mayonesa, que -al igual que Anabel- es mi debilidad. Mis hábitos cambiaron y los meses pasaron sin novedad, volando.
Tan así que la próxima semana termina mi proceso y no siento la necesidad de correr hacia la nevera. Más lo siente mi bolsillo, que ha tenido que pagar por tres cambios de armario. Hace dos semanas era extra large. Pero hoy ya uso cosas L. Es la primera vez que puedo comprarle un vestido a Amancio y no sé si gritar "¡aleluya!" o acusarlo de gordofobia.
El cambio
Tengo muy claro que llevo 15 párrafos, consiguiendo omitir cualquier cifra. Así que cederé y hablaré en números: en tres meses perdí más del 10% de mi peso, reduje 10 centímetros de cintura, 11 de abdomen y nueve de cadera. Y sí, no tengo ninguna duda de que voy a seguir perdiendo kilos. Pero... ¿He recuperado mi confianza? La verdad es que volví a "perrear" tres días antes de ingerir el balón. Mis colegas me entregaron un cubata y me lo bebí en 50 segundos, mientras me gritaban, como en Matilda, «¡Bruce, Bruce, Bruce!». Volví a bailar por las risas, por el buen rollo, porque mis amigos me levantaron cuando alguien me robó la autoestima, porque no hubo periodista que no me ayudara a luchar contra el veneno de un acomplejado.
Hoy no estoy más guapa, ni me siento más capaz. Llamadme "egocéntrica", pero mi mejor versión no está bailando sobre una báscula, está en los photocalls. Soy desparpajo, risa y luz. Y os juro que ningún burro con un burro de mascota me vuelve a apagar.

