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Este cuento tiene muchos ingredientes del Patito feo y hasta si se quiere de una versión actualizada de Cenicienta unisex. Y, como en las historias de Perrault y Andersen, aquí la cosa también tiene un final feliz. O mejor diríamos un feliz comienzo. Porque lo que ayer se escribió en Luxemburgo fue la primera página de un nuevo reinado, el que ya encarnan los flamantes grandes duquesGuillermo (43) y su esposa Estefanía (41).
Todo fue alegría, pompa y entusiasmo en el rico país centroeuropeo -con 680.000 habitantes y una de las rentas per cápita más altas del mundo-, que vivió una histórica jornada que comenzó temprano con la firma del decreto de abdicación de Enrique de Luxemburgo, tras 25 años de reinado, y que continuó con la solemne proclamación como nuevo gran duque de su primogénito en la Cámara de Diputados, ante la mirada emocionada de su consorte, y en presencia del mayor de sus dos hijos, el ya gran duque heredero, Carlos, de apenas cinco años, tan pequeño que difícilmente pudo comprender la trascendencia de lo que se estaba produciendo en la sede de la soberanía nacional.
Ayer fue, insistimos, el gran día para Guillermo y Estefanía, quienes "representan una monarquía moderna que escucha y participa", como destacó el primer ministro Luc Frieden. Una espléndida jornada incluso en lo meteorológico -a pesar de lo mucho que preocupaban los coletazos del huracán Humberto-, en la que ambos se convirtieron en nuevos cisnes de la realeza, unos cenicientos a los que al fin les encajan como un guante los zapatos, después de que durante muchos años fueran considerados tal vez algo injustamente como los dos príncipes más sosos de Europa.
No es la luxemburguesa precisamente la dinastía con más glamour ni la que más interés despierta del continente. Para eso ya están los Grimaldi de Mónaco o los Windsor, cuyas andanzas siempre ocupan las portadas de la actualidad en medio mundo. Pero, encima, Guillermo, el hijo mayor de Enrique de Nassau-Weilburg y de la siempre polémica María Teresa -la plebeya cubana que conquistó al príncipe azul para escándalo y pesar de su suegra, la recordada gran duquesa Josefina Carlota- y Estefanía de tan discretos, tan poco estilosos y de caracteres tan insípidos, apenas despertaban atención hasta que en junio del año pasado el gran duque Enrique dio el campanazo al anunciar su decisión de dar un paso atrás, de abdicar y ceder los trastos a su Heredero, tal como han venido haciendo todos sus predecesores desde el gran duque Adolfo a comienzos del siglo XX, en lo que ya es costumbre en la dinastía que lleva las riendas de esta nación centroeuropea.
Y, en este tiempo, sobre todo desde que en octubre Guillermo fue nombrado lugarteniente-representante -una especie de monarca bis, cargo recogido en la Carta Magna desde el que ha hecho un máster acelerado para alzarse a jefe de Estado-, los luxemburgueses han podido apreciar la excelente preparación de la nueva pareja reinante, decidida a afrontar cambios en la institución, muy conscientes de que la Monarquía necesita una renovación permanente, como subrayó el propio Guillermo ayer en su discurso ante la Cámara de Diputados, en el que, tras prometer "permanecer siempre neutral políticamente y defender nuestros principios democráticos fundamentales", declaró sus intenciones al expresar su deseo de "ser un gran duque que tienda puentes generaciones, entre la tradición y la innovación".
Guillermo es ya el décimo soberano de Luxemburgo desde su establecimiento como Gran Ducado en 1815. Estudió en colegios en su país natal y Suiza, y después recibió formación militar en la prestigiosa Sandhurst, en el Reino Unido. No tenía ni el carisma ni la guapura de algunos de sus hermanos, y tampoco se destacó como ellos por sus dotes deportivas. El hoy gran duque era más bien tímido, sensible, muy amante de la cultura y apasionado de la música clásica. En cuanto la conoció, encajó como un guante con Estefanía de Lannoy, la menor de los ocho hijos del conde belga Felipe de Lannoy, licenciada en Filología, políglota y con uno de esos espíritus que comparten todos aquellos a los que les va más la invisibilidad que ser centro de atención. Algo difícil para quien se iba a convertir en una de las Herederas de las 10 Monarquías parlamentarias que hay en Europa. Tras una larga relación en secreto, se anunció al fin su compromiso. Y la gran boda real luxemburguesa tuvo lugar en octubre de 2012.
A Estefanía no le pasó como a su suegra María Teresa con la suya. La consorte del gran duque Juan -abuelo de Guillermo- nunca aceptó a "la criolla" o "la pequeña cubana", como llamaba de forma despectiva a la mujer de su hijo Enrique. Pero a la flamante nueva gran duquesa también le hicieron sentirse como una Cenicienta durante mucho tiempo después de contraer matrimonio. La prensa internacional no dejaba pasar la ocasión de criticarla por su falta de estilo, por sus desastrosas elecciones de vestuario en las grandes citas de la realeza, a las que siempre parecía asistir con ropas dos o tres tallas por encima de las que le correspondían, por su escaso encanto... Y, dentro de Luxemburgo, lo verdaderamente duro fue la presión que los príncipes sintieron durante los años en los que ella no conseguía quedarse embarazada. Estefanía tuvo que salir al paso con afirmaciones como la de que quería disfrutar de su marido antes de ser madre. Pero se sucedieron los dardos tan envenenados, como la difusión insistente del bulo de que el gran duque contemplaba proclamar sucesor a otro de sus hijos, Félix, que ya era padre.
La llegada al mundo en 2020 del primer hijo de la pareja, el príncipe Carlos, tan ansiado heredero, permitió a Guillermo y Estefanía relajarse y empezar a ganar confianza en sus roles y, por lo tanto, mostrarse con mucho más aplomo en los actos públicos. Fue por entonces cuando la princesa emprendió también un indisimulado cambio de imagen, en una decisión de evidente empoderamiento. Llegó luego otro vástago, el príncipe Francisco (2 años). Y, a medida que Guillermo asumía cada vez más funciones institucionales, en especial como principal cara visible de las misiones económicas del Gran Ducado por todo el mundo, la popularidad del matrimonio se fue disparando, hasta contar hoy con un alto respaldo de los luxemburgueses, algo que se percibió bien ayer durante los actos de traspaso de poderes.
La ceremonia de ascensión en la Cámara de Diputados comenzó con la intervención del primer ministro Luc Frieden, quien, tras loar el reinado de Enrique, destacó que "Guillermo y la princesa Estefanía representan una Monarquía moderna que escucha y participa".
Después, el nuevo soberano, el primer gran duque que jura la nueva Constitución del país, pronunció un vibrante discurso, en el que , además de destacar que la institución que encarna "debe evolucionar con el tiempo", enfatizó su creencia en "valores como la apertura, la diversidad, la tolerancia y la solidaridad". Los expertos coinciden en que Guillermo y Estefanía van a aportar "aire fresco" a la Corona, muy conscientes de que ésta debe adecuarse a las demandas de las nuevas generaciones, en especial en cuestiones como la transparencia.
Se hacía, de hecho, casi imprescindible una nueva era en la Monarquía luxemburguesa que, a pesar del amplio apoyo ciudadano, se vio duramente golpeada por el monumental escándalo protagonizado por la ya gran duquesa jubilada María Teresa en el año 2020. No se libró entonces la Consorte de armas tomar de que la propia prensa del país la tildara de tirana y dictadora, tras una investigación gubernamental sobre sus tejemanejes palaciegos que desembocaron en una profunda reforma de la Casa gran ducal y, muy probablemente, en la convicción de Enrique de que, por el bien de la institución, llegaba la hora de dar paso a la siguiente generación. Otro cuento empieza.
Las herederas de Bélgica y Holanda causan sensación
Igual que en la ceremonia de ascensión del gran duque Enrique en el año 2000, Luxemburgo invitó a los fastos de ayer a los jefes de Estado de los países vecinos, de modo que si entonces arroparon al joven Enrique los entonces soberanos de las otras monarquías del Benelux, Beatriz de los Países Bajos y Alberto y Paola de los Belgas, ayer hicieron lo propio los reyes Guillermo y Máxima de Holanda y Felipe y Matilde de Bélgica.
Pero esta vez los dos matrimonios reales acudieron acompañados de las respectivas herederas, Amalia e Isabel. También estuvieron presentes en las distintas ceremonias desde primera hora de la mañana la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, y el del Consejo, António Costa. Y, ya por la tarde, se sumaron para participar en el banquete de gala en honor al nuevo soberano los presidentes de Francia y Alemania, Emmanuel Macron y Frank-Walter Steinmeier, junto a sus respectivas esposas, Brigitte y Elke Büdenbender.
Amalia de Orange e Isabel de los Belgas, cada vez más presentes en los grandes acontecimientos internacionales de la realeza, causaron sensación entre los numerosos ciudadanos que abarrotaron las inmediaciones de los edificios en los que se desarrollaron los distintos actos institucionales. Las dos princesas dieron buena cuenta de la complicidad que existe entre ellas.
El formato escogido impidió ver ayer en Luxemburgo a miembros de otras familias reales. Lo que se desconoce es si eso es algo que podría enmendarse más adelante. Así ocurrió hace un cuarto de siglo, cuando, unos meses después de la ascensión como gran duque de Enrique, se organizó una cena de Estado y una actuación de gala en el Palacio gran ducal en su honor, a la que acudieron la práctica totalidad de los príncipes herederos europeos, con sus consortes. Sólo Carlos de Inglaterra faltó al cónclave. Desde España, acudió el entonces Príncipe Felipe, quien todavía tardaría algún tiempo en comenzar su relación con la periodista Letizia Ortiz.






