A Jeanette Winterson (Mánchester, 1959) se le ocurrió volver a Las mil y una noches no por nostalgia, sino por urgencia. La escritora británica vio en esa estructura milenaria -una narración encadenada de historias que nació del cruce de las culturas persa, india, china y árabe- algo más que un artefacto literario. Vio una pedagogía política y moral para el presente. "Es un libro que no pertenece a nadie y pertenece a todos. Un libro mestizo, impuro, que viaja y cambia. Y eso ya lo convierte en contemporáneo", asegura sonriente a a través de la pantalla desde su casa de Londres.
"Sherezade no narra por entretenimiento, sino para aplazar la muerte. Cada amanecer es una amenaza, cada noche una estrategia. La única manera en la que puede atrasar el psicodrama de este hombre poderoso que quiere asesinarla es contarle una historia interminable para poder vivir un día más", resume la escritora. "Hay una transformación personal muy importante y sucede principalmente por el poder de contar historias una detrás de la otra". No es magia oriental: es imaginación aplicada al poder.
En su nuevo ensayo Un aladino y dos lámparas (Lumen), Winterson recoge ese legado híbrido que Europa recibió filtrado por la moral victoriana y lo trae a un presente dominado por pantallas, algoritmos, tiranos autócratas y multimillonarios megalómanos. "El siglo XIX convirtió aquellas historias en un espejo del poder colonial y la moral del hombre blanco. Los victorianos domesticaron el texto y, al mismo tiempo, lo erotizaron. Era Oriente convertido en fantasía imperial".
Ese doble movimiento de censura y deseo, de moralismo y expansión colonial es el puente que la conduce hasta el presente. "El XXI las convierte en un espejo del poder digital. El siglo XIX se creía dueño del mundo porque tenía máquinas y mapas. Nosotros creemos que somos dueños del mundo porque tenemos datos y algoritmos. En el fondo, no hemos cambiado tanto", ironiza la autora.
En Un aladino y dos lámparas, el cuento tradicional se bifurca, pues las dos lámparas son dos formas de poder. "Una pertenece al viejo orden y otra al nuevo, pero ambas prometen lo mismo: que tus deseos serán satisfechos sin coste. Y eso es mentira". Winterson no habla de tecnología como quien enumera gadgets. Habla de estructura. "La inteligencia artificial es el genio contemporáneo. Vive en una lámpara que llevamos todos en el bolsillo. Le pedimos que nos diga qué comprar, qué pensar, a quién amar, a quién odiar. Y lo hace". Hace una pausa. "Pero la pregunta es: ¿quién frota a quién?".
"Estamos entregando nuestra libertad voluntariamente y eso es más inquietante que cualquier tirano"
En este sentido, el libro no es una distopía al uso, sino más bien una advertencia con forma de fábula. "No me interesa el apocalipsis, sino el consentimiento. Estamos entregando nuestra libertad voluntariamente y eso es más inquietante que cualquier tirano que nos gobierne", remacha.
Desde que debutó en 1990 con Las naranjas no son la única fruta, libro con el que dinamitó la novela de formación y convirtió su infancia en una comunidad religiosa en materia literaria y política, Winterson ha escrito siempre contra las jaulas. Después llegarían obras como La pasión, Escrito en el cuerpo o La mujer de púrpura, textos que desafiaban la linealidad, el género, la identidad estable. "La literatura es el lugar donde puedes ensayar otras formas de ser", sostiene. "Si no sirve para eso, no sirve para nada".
Un aladino y dos lámparas
Traducción de Laura Martín. Lumen. 256 páginas. 20,90 ¤ Ebook: 9,99 ¤
En los últimos años, sin embargo, en novelas como Frankissstein y ensayos como 12 bytes, su mirada se ha desplazado hacia la relación entre lo humano y lo artificial. "No creo que la tecnología sea neutral", apunta con contundencia. "Está diseñada por personas concretas, con intereses concretos. Decir que es inevitable es una forma de despolitizarla". Por eso, en Un aladino y dos lámparas, la fantasía está atravesada por la economía. "Los datos son el nuevo petróleo", afirma. "Pero, a diferencia del petróleo, los producimos nosotros. Somos al mismo tiempo la materia prima y el producto. Eso es una revolución antropológica".
El relato de la inevitabilidad
Pero que nadie espere una plana diatriba en contra de los peligros de la inteligencia artificial. La lectura del presente de Winterson es intelectualmente sólida y políticamente lúcida, no porque demonice la tecnología sino porque la devuelve al terreno donde debe estar: el del poder. "Ese relato de la inevitabilidad es una estrategia histórica. Pasó con la industrialización, pasó con la globalización y está pasando con la IA. El discurso dominante tiende a presentarlas como fenómenos naturales, meteorológicos, cuando en realidad son construcciones humanas, diseñadas por empresas concretas, bajo marcos legales concretos, con incentivos económicos muy claros", define sin tapujos.
"No creo que la tecnología sea neutral. Decir que su avance es algo inevitable es una forma de despolitizarla"
El siglo XIX, recuerda, también vivió su vértigo tecnológico. "El ferrocarril, el telégrafo y la industrialización masiva fueron hitos, pero entonces existía una fe ingenua en el progreso. Hoy sabemos que el progreso no es lineal. Hemos visto guerras mundiales, genocidios, colapsos financieros. Aun así, seguimos comportándonos como si cada innovación fuera automáticamente buena", lamenta la autora con una impaciencia apenas contenida. "La gente habla de inteligencia artificial como si fuera magia. No es magia, es código. Y el código tiene dueño. Si no preguntamos quién lo escribe y para qué, estamos renunciando a ejercer nuestra ciudadanía de forma responsable".
Otra cosa que le permite esta relectura del mito de Aladino es desmontar la ilusión del deseo ilimitado. "El capitalismo siempre ha prometido más. Más objetos, más velocidad, más estímulos. Pero el deseo sin límite destruye el mundo físico y el mundo interior". ¿Y, entonces, la literatura? "La literatura es lo contrario del algoritmo. El algoritmo te da lo que ya sabes que quieres, pero la literatura te da lo que no sabías que necesitabas. Te incomoda. Te desplaza", defiende. Y, por eso, reivindica la lentitud y la cultura como acto político. "Leer es un acto de resistencia. En un entorno diseñado para fragmentar tu atención, sostener una historia larga es un gesto radical".
Un futuro por escribir
No es casual, además, que el libro dialogue también con la política contemporánea. "Estamos viviendo un momento de regresión", afirma sin rodeos. "Se cuestionan derechos que creíamos consolidados. Se alimenta el miedo. Y el miedo es un combustible excelente para el autoritarismo". Winterson, que nunca ha eludido el conflicto ni en su vida ni en su obra, no disimula su enfado: "Las democracias liberales son frágiles. Si no participas, otros decidirán por ti. Y lo harán pensando en su beneficio, no en el bien común. No podemos desinventar la inteligencia artificial, pero sí podemos regularla, cuestionarla, decidir cómo se integra en nuestras vidas. Eso es política".
"No podemos desinventar la inteligencia artificial, pero sí podemos regularla, cuestionarla y exigir responsabilidades"
El ensayo no ofrece soluciones simples. Ofrece preguntas. "¿Qué estamos dispuestos a sacrificar por comodidad? ¿Privacidad? ¿Autonomía? ¿Capacidad crítica?". Winterson las formula como quien lanza un desafío. "Si no defendemos lo humano, nadie lo hará por nosotros". Winterson no escribe contra la tecnología sino contra la ingenuidad. "La máquina no es el enemigo", matiza. "El enemigo es la concentración de poder, siempre lo ha sido: desde los políticos que todos conocemos y son como matones, hasta los ricos empresarios a quienes sólo importan los beneficios. A ellos es a quienes hay que pedir cuentas", denuncia.
No obstante, la escritora deja espacio para el optimismo. "La historia no está escrita. La escribimos nosotros. El futuro no es fijo, esa es la lección central. Frente a la idea occidental del destino inamovible, las Noches proponen algo más subversivo: los resultados dependen de los encuentros. De quién te encuentras, de cómo te tratan, de cómo tratas tú a los demás. La vida es relación con el otro y esto puede cambiar todo".
Porque al final, concluye Winterson, "el genio no es una entidad externa, somos nosotros, nuestra capacidad de imaginar, de crear, de contar historias. Si delegamos todo eso, imaginación, relato y pensamiento crítico, en un sistema automático, estaríamos redefiniendo qué es ser humano. Habremos vaciado la lámpara". Y entonces sí, ya no habrá deseo que valga.





