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Martin Parr es el primer fotógrafo que ha prestado una atención tan minuciosa al turismo y a los turistas. Antes que él, los turistas nunca habían sido considerados dignos de interés, ni siquiera por fotógrafos cuyo trabajo se centraba en la vida cotidiana. Probablemente porque se piensa que el turismo carece de autenticidad, y su democratización desde la década de 1960 se considera un factor que contribuye a su vulgarización. Dos razones que precisamente captan la atención de Parr.
Su preocupación por el tema comenzó ya en 1975, cuando fotografiaba en blanco y negro a turistas en atracciones famosas del Reino Unido, como Snowdon, Stonehenge y Land’s End, para un proyecto titulado Beauty Spots. La primera publicación destacada de Parr (The Last Resort, 1986) exploraba las playas de New Brighton, documentando las prácticas costeras de la clase trabajadora inglesa. A Parr no le interesaba tanto la playa en sí como lo que ocurría en ella: un espacio público en plena transformación (el país estaba en crisis y los turistas viajaban cada vez más lejos), donde la sociedad se mostraba, si no completamente desnuda, al menos expuesta. Sus métodos controvertidos le valieron acusaciones de voyeurismo y de ofrecer una visión poco favorecedora de la clase trabajadora. Y es cierto que, en lugar de embellecer la realidad, su estilo documental presenta una imagen banal y poco favorecedora de la vida cotidiana: una imagen a la que no estamos acostumbrados y que Parr sigue revelando mediante lo que él describe como un enfoque etnográfico.
Small World, publicado en 1995, contiene algunas de sus fotografías más conocidas. El título evoca el desplazamiento de la actividad turística a escala planetaria, así como la homogeneización global que hace que cada lugar se parezca al siguiente, en parte debido a los propios turistas. El libro, de éxito internacional, se ha reeditado varias veces con fotografías adicionales; también para Parr el planeta se ha convertido en un pequeño mundo que recorre extensamente y donde su obra es celebrada.
Los turistas, su mirada, sus fotos
Small World busca turistas lejos de las playas de Gran Bretaña, allí donde se encuentren: en Francia, España, Italia, Suiza, Grecia, Estados Unidos, México, Perú y Tailandia. Reconocemos la Torre Inclinada de Pisa, el Gran Cañón, Versalles, la Sagrada Familia, el Partenón, las Pirámides, el Matterhorn, la Mona Lisa y Notre Dame de París. Pero relegadas al fondo, desenfocadas, fuera de encuadre o ocultas por la horda de turistas, estas grandes atracciones no son el tema de las fotografías de Parr.
Sus sujetos suelen aparecer en primer plano, con colores brillantes y buena iluminación: los propios turistas. Y rara vez ocupan el centro de atención. Los turistas no fotografían a otros turistas. Cuando fotografían un monumento, hacen todo lo posible por elegir el momento y el ángulo adecuados para excluir a los demás visitantes. Parr se centra en los turistas en su semejanza, su ordinariedad y su cotidianeidad, en detrimento de las atracciones únicas, espectaculares y extraordinarias; invierte las convenciones y los valores de la foto turística, e incluso del turismo mismo.
Dicho esto, las fotos de Martin Parr no son retratos de turistas. A menudo sus rostros no son visibles o están de espaldas. Las personas en las imágenes no son valoradas por su individualidad, sino por la clase o la actividad que representan. Importa menos quiénes son que lo que están haciendo. Parr fotografía a los turistas ocupados en el acto de ser turistas. En la playa nadan y toman el sol; en la montaña esquían o hacen senderismo. Pero lo que más ocupa a los turistas -quizá lo que los define- es aquello que miran. El consumo turístico de los lugares es ante todo visual, centrado en lo que hay «que ver». El turismo es una cuestión de puesta en escena, decorado, paisaje, punto de vista, panorama y pintoresquismo.
¿Cómo retratar a alguien que está mirando algo? Si mostramos sus ojos, no vemos lo que mira, y viceversa. Parr no intenta resolver ni eludir el problema: lo enfatiza y lo convierte en el motivo de muchas de sus tomas, que muestran turistas haciendo fotos o señalando algo que nosotros no vemos. A la inversa, los turistas fotografiados de espaldas nos invitan a dirigir la mirada en la misma dirección que ellos, mientras que su propia mirada y su significado permanecen ocultos. Cuando publicó su libro sobre selfies (Death by Selfie, 2019), Parr explicó que esa práctica le resultaba muy útil porque le permitía fotografiar tanto al turista en acción -de frente, con el móvil o el palo selfie en la mano- como, al fondo, el monumento o lugar que constituía la atracción.
Pero en realidad, ya desde 1996, Parr había conseguido mostrar tanto el sujeto como el objeto de la mirada al fotografiar turistas posando ante los lugares para otros turistas. Aun así, no fotografía el cara a cara visual entre el sujeto y el objeto de la mirada que constituye la esencia del turismo como actividad; y de este modo lo cuestiona.
Parr muestra también cómo la cámara desvía al turista de la atracción. Él mismo lo dice: si fotografía tantos turistas haciendo fotos es porque no tiene otra opción. Las cámaras digitales y los smartphones están en todas partes; se han convertido en extensiones del cuerpo de los turistas. La relación entre turismo y fotografía es antigua y fundamental. Las fotos exhiben los lugares y los hacen familiares y atractivos; formatean la mirada y las expectativas del turista, y proporcionan un registro visual del viaje. Hacer fotos es lo que hacen los turistas. Incluso cuando no sostienen una cámara, su búsqueda de lo pintoresco es fotográfica. La definición literal y original de "pintoresco" es aquello digno de ser pintado -o hoy, fotografiado-. Pero ¿cómo saber si una vista lo es? Precisamente porque ya ha sido vista en una pintura, un grabado o, hoy en día, en una postal o fotografía. Tal vez no exactamente esa vista, pero sí una similar.
Poseemos un repertorio mental de imágenes que conforma el catálogo de lo pintoresco, y contribuimos a él tomando fotos de vistas que se parecen a las que ya existen. El turismo no consiste en descubrir lugares nuevos y paisajes vírgenes, sino en regresar a sitios reconocibles, familiarizados a través de imágenes, lugares que queremos ver con nuestros propios ojos y fotografiar por nosotros mismos. Este catálogo de imágenes alimenta una cultura visual que impulsa el turismo.
La planificación y el diseño de los lugares turísticos -a los que Parr presta gran atención- lo dejan claro. Se señalan las vistas espectaculares; se facilitan puntos elevados de observación; se colocan bancos ante panoramas impresionantes; una obra de arte se exhibe en una sala propia; se construyen perspectivas, fachadas y decorados. Se indica qué hay que mirar. Se anima a los visitantes a contemplar y fotografiar las mismas vistas, una y otra vez. Así se fabrican los clichés, en una práctica masiva y estandarizada que no ha hecho sino intensificarse en la era de la "instagramabilidad".
¿Una crítica del turismo?
Los turistas en las fotos de Parr parecen poco entusiasmados. Rara vez muestran emociones positivas. Parecen agotados, hacen cola, están encerrados tras verjas. Se protegen como pueden de la lluvia. Son tantos y están tan apiñados que la visita y el disfrute de las atracciones parecen comprometidos. Están ansiosos: acosados por vendedores o molestados por niños. Sus interacciones con los locales están marcadas por relaciones de poder desiguales. La falta de autenticidad se extiende también a las atracciones que los atraen: no el auténtico Empire State Building o la Torre Eiffel, sino réplicas en parques temáticos o en Las Vegas. Las fotografías de Parr están muy lejos de la imaginería de los folletos turísticos. No promociona destinos ni el turismo en sí. No alimenta el catálogo del imaginario turístico, pero tampoco lo critica frontalmente cuestionando su mercantilización o su autenticidad. Parr admite que hay un elemento político en su enfoque, aunque evita especificarlo.
Sin embargo, esta no es una demonización del turismo. Parr ha declarado: "¿Creo que el turismo es algo bueno? Por supuesto. Proporciona un impulso económico muy necesario a países en dificultades. Educa e ilustra al turista". Aun así, fotografía a los turistas sin complacencia; no intenta redimirlos ni devolverles una dignidad o belleza supuestamente perdidas. No edulcora. Los muestra tal como son. Si percibimos desprecio en sus imágenes, proviene de nuestros propios prejuicios de clase, no de los suyos. Eso no significa que sus fotos no sean críticas; al contrario. Lo que le interesan son las contradicciones y los defectos de lo que hacen los turistas.
Muchas veces en sus imágenes algo resulta extraño o despierta nuestra curiosidad: turistas de espaldas a la atracción; un expositor de postales en el mismo lugar que muestran esas postales; un vaquero en Egipto; un atasco de barcos; visitantes atrapados en una jaula; turistas tumbados en el suelo como si hubieran sido masacrados; miradas fugaces.
El problema surge a menudo del llamado "síndrome Armstrong", que afecta a muchos turistas que, como el famoso astronauta, quieren ser los primeros en pisar los lugares que visitan. La presencia de otros visitantes les impide disfrutar de la distinción: las fotos de Parr muestran el carácter altamente estandarizado de una experiencia turística que pretende ser única.
Peor aún, la multitud afecta al propio lugar. "El turismo puede destruir a menudo aquello que la gente vino a visitar", advierte Parr. Los turistas buscan algo diferente y auténtico; pero esa autenticidad se ve comprometida por su propia presencia. Transforman los lugares en escenarios donde los locales actúan para ellos. El auténtico proviene de la representación. La paradoja es que quieren ir donde no haya turistas. En otras palabras: convierten los lugares a los que van en lugares a los que no querrían ir.
Sería ingenuo pensar que los turistas no lo entienden. A veces la atracción no se valora por su autenticidad sino por la calidad de la experiencia. Nadie confunde el original con la copia. Lo que importa no es la autenticidad del sitio sino lo que se hace con él. La Torre de Pisa es un auténtico monumento románico, pero su inclinación también es una invitación lúdica a las coreografías y fotos de los turistas. Se habla de "post-turistas" para referirse a quienes escapan de la paradoja, se burlan de la autenticidad y abrazan irónicamente el mundo como un parque temático.
Un turista entre turistas
Algunas fotografías de Parr documentan a estos post-turistas en Pisa o Las Vegas. ¿Hace eso de él un post-turista profesional?
En 1995 reconocía: "Inevitablemente, yo también soy un turista. A todos nos gusta pensar que somos viajeros y que los otros son turistas. Pero al final eres un trasero más en un asiento o en una cama de hotel". En Small World, como en The Last Resort, Parr fotografía la comunidad a la que pertenece. Ha admitido incluso que su huella de carbono es considerable: "¿Qué hago en estos lugares? Exactamente lo que estoy cuestionando: hacer fotos".
La interacción de Parr con los turistas también se sitúa en el plano estético del kitsch. El término se utiliza a menudo -a veces con condescendencia- para describir el estilo de sus fotos, con su ironía y colores saturados, poco preocupados por las convenciones de la "fotografía artística". El kitsch se extiende también a su tema: las clases trabajadoras, su cultura y hábitos. Parr colecciona postales y souvenirs turísticos -objetos kitsch por excelencia- que a veces aparecen en sus imágenes. El kitsch es algo que comparte y que le atrae. En 2024 declaró: "Llamarme kitsch es un gran cumplido", situándose claramente del lado de los turistas que le gusta fotografiar.
El turismo fascina a Martin Parr como actividad ordinaria de personas ordinarias. Su espectacular desarrollo internacional desde los años setenta es sintomático de la convergencia de las sociedades en lo que hoy constituye un "pequeño mundo". Como observador atento del comportamiento turístico, Parr documenta -sin juicio moral- las incoherencias que no son tanto de los viajeros como del propio concepto de turismo, al menos cuando pretende ofrecer una experiencia auténtica de los lugares.
Muchas de sus fotos muestran a turistas persiguiendo ese sueño; lo absurdo de la situación puede resultar cómico, pero también hay algo patético en su inevitable fracaso. En última instancia, quienes disfrutan de la experiencia más lograda -o incluso más auténtica- son los post-turistas que, como Parr, se adaptan o incluso abrazan la artificialidad de estas situaciones. El kitsch no es el problema: es la respuesta.
Extracto editado y traducido del ensayo 'Martin Parr’s Small World and Globetrotters', de Jean-François Staszak, incluido en el libro Global Warning de Martin Parr, publicado por Phaidon (phaidon.com / 39,95 ¤).






