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No está claro qué sea eso de la felicidad; ni que, y pese a toda la propaganda que acumulada a su favor, la felicidad sea siquiera deseable. Hay quien mantiene que si fuera por las mujeres y los hombres felices no habríamos sido capaces siquiera de inventar la rueda ni el fuego ni mucho menos algo tan complejo, gratificante e irritante a la vez como las artes, todas ellas incluido el propio cine. La cultura nace del malestar o, mejor, lo provoca. Sostenía Freud que "el precio del progreso cultural debe pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa" y, aunque solo sea por salud mental, cuesta llevarle la contraria. El cine español, por ejemplo, a juzgar por las cinco producciones nominadas a mejor película en la edición número 40 de los Premios Goya, es feliz. Lo dicen las cifras del público que acude a verlo, lo dicen los galardones obtenidos en los festivales, lo dicen las conversaciones de los espectadores y lo dicen los directores convocados por EL MUNDO a hablar no tanto de la felicidad como del cine, de su cine. Y, sin embargo, cada una de esas producciones, en mayor o menor medida, habla de infelicidad. "Todas ellas plantean cuestiones incómodas desde posturas declaradamente incómodas", afirma la directora de Sorda Eva Libertad. Y lo hace, lo reconoce, feliz; feliz, por tanto, en su infelicidad.
Por orden de nominaciones, Alauda Ruiz de Azúa, con sus 13 menciones por Los domingos; Oliver Laxe y sus 11 por Sirat; Aitor Arregi y José Mari Goenaga y sus nueve por Maspalomas; Manuel Gómez Pereira y sus ocho por La cena, y la citada Eva Libertad y sus siete por Sorda son ahora mismo las personas más felices del cine español. Eso sí, solo una lo será aún más cuando su nombre sea leído en Barcelona el próximo 28 de febrero como responsable de la mejor película del año a juicio de los académicos. Si nos atenemos a los datos, una de ellas, Sirat, está también nominada a los Oscar como mejor película internacional y sonido después de haber sido premiada en Cannes. Otra, Los domingos, ha recaudado más de cuatro millones de euros (seguida muy de cerca tanto por La cena como por Sirat) tras hacerse con la Concha de Oro en San Sebastián. Y todas, de un modo u otro, han acaparado las polémicas de cada día para el entusiasmo y la ira, la sorpresa y el cuestionamiento de casi todo. Y lo han hecho después de superar una de las asignaturas siempre pendientes del cine español: el reconocimiento en los festivales internacionales.
"No estoy en contra de las plataformas mientras paguen los impuestos en España y respeten la cronología del cine"
"Lo que ha resultado más gratificante no ha sido solo que mi película la hayan visto más de 600.000 personas, sino que se ha sentido muy viva por las pasiones y controversias que ha suscitado... Siempre pensábamos que era una película que podía abrir diálogo, pero lo importante para mí era que el tono de conversación propuesto fuera inclusivo, reflexivo, sin tratar de imponer nada", comenta Ruiz de Azúa para trazar el perímetro de todo lo logrado por Los domingos, la historia de la adolescente que, de repente, entre el ruido de nuestro mundo, decide (o la deciden cerca de la cooptación o el secuestro incluso) ser monja de clausura. A su lado, Laxe confiesa su confianza en la sensibilidad del público y ofrece su propia receta sobre el relato apocalíptico del padre en busca de sí mismo y de su hija en mitad de un desierto extrañamente colonizado por raveros: "Creo que Sirat es una medicina amarga. Es amargo el hecho de que invita a morirte. Las ceremonias siempre son difíciles. Es una terapia de choque y, como tal, es dura. Lo que hemos hecho es ponerle miel al borde del vaso. Eso es lo que consigue vestir la narración de cine de género para que el trago sea más suave". Y sigue: "Sirat es buena medicina. Está certificado".
En el mismo sentido, tanto Gómez Pereira --al frente de la única comedia entre cinco (comedia con Franco dentro, pero comedia al fin)-- como Arregi y Goenaga --conscientes de la ruptura de tabúes que supone meter en la misma frase las palabras sexo, homosexualidad y vejez-- sienten todos que algo bueno ha pasado . "En verdad", toma la palabra el más veterano de todos y responsable de La cena, "siempre he trabajado sobre la base y el convencimiento de una conexión con el espectador. Así ha sido mi cine desde los noventa. Pero es cierto que este año ha habido algo especial entre el cine que hacemos y su público. Siento que un lazo se ha restablecido... La gente habla de cine español como hacía mucho que no veía. Ahora coges un taxi y no te echan como hubo un tiempo que ocurría".
"Las películas tienen la capacidad de hacerte sentir vivo frente a la anestesia de las redes sociales"
Lo que han notado los vascos al cargo de Maspalomas y que se agrupan bajo el nombre de Moriarti es inquietud, curiosidad y algo de fiebre. "La novedad es que han sido las películas, digamos, de prestigio las que han llevado la gente a las salas", reflexiona Arregi. "Todo el mundo que ha visto nuestra película, gay o no, viejo o joven, se ha visto reconocido en los personajes, porque siempre hay armarios de los que salir", apunta Goenaga, que no en balde firma el guion. Y los dos se muestran convencidos de que de aún quedan barreras que demoler: "No estamos programados para asumir ciertas cosas que se nos han ocultado o negado. Se nos ha ocultado el sexo homosexual en el cine más común, el general, y se nos ha negado el sexo en la tercera edad como una posibilidad siquiera. Tanto es así que carece de imagen. Quebrar eso, para muchos de los espectadores con los que hemos hablado, ha sido vivido y sentido como una liberación".
"Mi caso", es el turno ahora para Eva Libertad, "es distinto". La que habla, para situarnos, firma una película toda ella construida sobre el límite mismo de la palabra y la imagen. Sorda es, recuérdese, una historia de amor entre una mujer sorda y un hombre oyente. "Yo era consciente de que mi propuesta desde el título generaba, de entrada, pereza... ¿Por qué si oigo bien me va a interesar algo así? Pero ahí está la gracia: en conmover desde un lugar que no esperas y que, si me apuras, ni siquiera buscas. Eso ha pasado con Sorda", dice justo antes de repetir la frase de arriba: "Mi película es un pequeño milagro que, como las cinco que estamos nominadas, mira hacia cosas incómodas desde lugares incómodos". De otro modo, a la felicidad desde la infelicidad.
Sea como sea, lo cierto es que las cinco películas han tenido eso tan difuso y ligeramente miserable, por poco elegante, llamado éxito. Y uno de los motivos es que todas ellas hablan del presente y todas toman postura frente a él. Todas, se quiera o no, son políticas.Los domingos trae el debate desde la ruindad de lo más transcendente; Sirat desde el polo opuesto, desde lo más explosivamente mundano; La cena recupera de la mano de una obra de teatro de Alonso de Santos el recurrente asunto de la memoria democrática y los horrores, en este caso patéticos hasta la carcajada, de la dictadura; Maspalomas habla de la revolución más íntima posible, y Sorda, por fin, se detiene en un margen de la sociedad para iluminar todo lo demás.
"No estamos programados para asumir tabúes como el sexo homosexual entre personas mayores"
"Me gusta", puntualiza Alauda, "una conversación más reflexiva, con matices. A veces creo que se exige de manera interesada que la dimensión política de cualquier afirmación tenga que ser por fuerza ideológica. Me gusta la cita de Michael Haneke que dice que él trabaja con ideas, no con ideologías. Mi punto de partida siempre es que si un conflicto me supone un dilema moral, si me incomoda porque me cuestiona, entonces me interesa". Y sigue: "Me rebelo contra el hecho de que asumamos como el estado natural de las cosas todo el reuido, toda esa crispación y todos los gritos que ahora mismo nos rodean. Creo que es el momento de algo tan sencillo en apariencia como atreverse a escuchar al otro, de rescatar la fragilidad de la escucha, de la búsqueda". Laxe, desde una posición quizá más combativa por frontal, mantiene el mismo hilo de argumentación. Más tenso, pero idéntico. "Lo que creo es que una película es buena cuando transciende las categorías del me gusta o no me gusta. Hay algo político, sin duda, en no dejar indiferente, en sentirse aludido para bien o incluso para mal". Pausa. "Entiendo el cine como una vocación de servicio. Desde ahí hago política. La mejor manera de autorrealizarse como ser humano es a través del servicio... De hecho, no hay nada más político que intentar tocar el corazón del espectador, conmoverlo, rascar dentro de él y elevar su nivel de conciencia, aunque sea sutilmente". Otra pausa. "Soy político porque confío en lo poético. Muchas de las película que se autodefinen como políticas en verdad solo se quedan en la superficie. La verdadera transformación tiene que venir del cambio radical de lo más profundo". Y ahí, de momento, lo deja.
Para Gómez Pereira, tradicionalmente asociado a la comedia intencionalmente alta, incluso alegremente burguesa, ahora mismo puede la urgencia de un presente como poco turbio. "Detrás de este proyecto llevábamos años. Fue Sancho Gracia, ya fallecido, el que me lo ofreció hace más de una década. Y, sin embargo, en cualquier otro momento no habría tenido la acogida que ha tenido ahora. Y eso es así porque vivimos un tiempo plagado de dictadores disfrazados de populistas con comportamientos más propios de los nazis. Escuchas y lees que mucha gente joven reivindica la figura de Franco y es sencillamente espeluznante. Siento que se están cometiendo los mismos errores que se cometieron poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, La cena es una comedia, pero habla de cosas muy serias y muy urgentes", dice sin titubear y casi sin remedio.
"Siempre he trabajado para conectar con el espectador, Pero este año ha sido especial: un lazo se ha restablecido"
Para Eva Libertad, menos directa, pero igual de clara, "no solo cualquier obra artística, sino cualquier acción es ahora mismo política porque vivimos en un mundo que ha perdido completamente la neutralidad". La directora de Sorda dice desconfiar del cine social porque "tradicionalmente es cine que habla de personas pobres y lo hace en muchos casos desde la condescendencia o, peor, la superioridad moral". "Me interesa sobre todo llevar lo político a lo personal. Mis personajes, con sus vulnerabilidades, sus luces y sus sombras, están contenidos en un contexto y una sociedad que los supera, les confronta y les obliga", dice y continúa: "Todo esto lo digo porque creo ciegamente en el poder transformador del cine. El cine abre la mirada a vivencias y emociones nuevas. Ningún arte como el cine vuelve tan locas a las neuronas espejo". Con respecto a esto último, al reflejo que siempre ofrece la pantalla, los Moriarti, Aitor y José Mari, militan en que nada ni nadie como el cine para ofrecer referencias, representaciones y, de su mano, revoluciones. "En muchos pases que hemos hecho con público no ha faltado quien se nos ha acercado y nos ha dicho: 'Yo soy Vicente'. Y nos lo decían con agradecimiento por verse en el protagonista, por sentirse acompañados por fin en una sociedad que durante demasiado tiempo ha negado la presencia y la voz al homosexual", dice José Mari.
La urgencia tan cerca de los abismos de la que hablan los cineastas es política, social y, apurando, propiamente cinematográfica. Las redes sociales, los nuevos formatos, las plataformas, la crisis de las salas y la Inteligencia Artificial han cambiado el mundo y está ahora mismo en el proceso de volver a cambiarlo. Una y otra vez hasta, quién sabe, la desaparición de todo. Por insistir en los puntos en común entre la cinco películas, todas ellas están, por formato, intención o simple resistencia, en la conversación digital. Cada una, de nuevo, a su manera. "Tengo claro", inicia de nuevo Alauda, "que hay que pelear por el lenguaje cinematográfico precisamente porque lo que viene de las redes sociales es otra cosa, otra cosa peor que afecta a tu atención y a tu manera de estar en el mundo. El cine tiene la capacidad de hacerte presente, de hacerte sentir vivo, de dejarte experimentar la realidad en sus justos tiempos sin picos de dopamina, sin prisas y sin anestesias... Porque si algo logra precisamente el universo digital es sedarte. Si por algo se ha hablado tanto de las películas españolas nominadas es porque son cine, porque hay en ellas algo que ha sacudido a la gente".
Laxe secunda la moción. Lo hace desde una postura ligeramente más mística, pero igual de entusiasta. "El cine es un espacio de transformación, es un templo, es una nave espacial que te lleva a otro mundo", dice en alusión directa a la sala de cine, que no tanto al cine como disciplina artística, aunque también. Y sigue, cambiando ahora la diana en su particular balacera digital: "No estoy en contra de las plataformas cuando pagan impuestos en España y respetan la cronología del cine, es decir, cuando llevan las películas a su lugar que son las salas. No quiero juzgar a la gente que trabaja, por ejemplo, con Netflix. Muchos son amigos míos y admiro su trabajo, pero siempre digo que es pan para hoy y hambre para mañana. Es como tirarse un tiro al pie. El cine solo tiene sentido como ceremonia social, como espacio de transformación, y eso solo es posible en la sala. No hay nada comparable a cuando sales de la sala de cine con la película aún en la piel".
"Hay dos tipos de cineastas: están los que gritan la fealdad al mundo y luego los que le devuelven la belleza"
Digamos que la contradicción llega al punto extremo en el que el instante de felicidad que vive el cine español es consecuencia del papel tan activo de las plataformas que inundan de trabajo todas las especialidades de la profesión y, a la vez, amenazan la esencia de la que hablan tanto Alauda como Oliver. Desde el final de la pandemia, según datos oficiales del Instituto del Cine (ICAA), la manufactura y presentación en sala de películas ha crecido de forma constante desde 222 en 2020 a 375 en 2023 con un ligero descenso en 2024 con cerca de 343 cintas estrenadas. Si los galos pueden vanagloriarse de pasar el año sin repetir un solo día de fromage, nosotros podemos hacerlo sin ver dos días la misma película española. En 2025, a la espera del cierre definitivo, la cosa supera de largo los 300 filmes.
"Hay un espectador que ha dejado de ir al cine. Recuerdo que en los 90, la media de recaudación de las películas era de cuatro millones. Justo lo que hoy se considera un éxito", apunta Gómez Pereira. "El problema es que vivimos literalmente sepultados por un océano de contenidos. Pasa en el cine, en la literatura, en todo... Se produce una barbaridad, pero eso no es siempre sinónimo de diversidad. Se produce mucho y mucho igual. Muchas veces, y por el exceso de labs, talleres y mentorías, los proyectos acaban por uniformizarse y pierden sus aristas", añade Eva. Aitor, por su parte, recuerda que cuando ellos empezaron hace 25 años, el panorama de producción era un auténtico páramo que contrasta enormemente con la sobreabundancia actual. "Además", ahora habla José Mari, "noto que hay muy poco amor por la ficción. Como si se desconfiara de cualquier aproximación a una historia que no sea observacional. Eso hace que, en efecto, todo se parezca demasiado y todo sea demasiado perfecto. De hecho, lo que más aprecio ahora mismo son las películas imperfectas, aunque por momentos parezcan hasta torpes".
Alauda señala Romería, de Carla Simón, como una de las películas que más le han interesado este año. "Me emocionó cómo dialogan los dos tiempos", dice. Laxe se queda con La risa y la navaja, del portugués Pedro Pinho, por "lo valiente, lo fina, lo delicada, por el arrojo, por la cantidad de respuestas que plantea a muchas de las preguntas que te haces con un hilo narrativo tan sutil como apenas perceptible". Para Gómez Pereira nada comparable a la ambición de Maspalomas de los Moriarti. Eva LIbertad se rinde a la emoción de Valor sentimental, de Joachim Trier, sin renunciar a la divina heterodoxia de Un poeta, del colombiano Simón Mesa Soto. Aitor Arregi opta por la contundencia de Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, y José Mari Goenaga cierra el círculo con Sirat: "Aprecio una película que siento más de lo que entiendo". Así las cosas, todos, incluido el propio cine español, felices. Felices en su sana y feliz infelicidad.





