- Entrevista Cindy Sherman, la reina del autorretrato: "De niña me disfrazaba de bruja, nunca de princesa"
Cindy Sherman (Glen Ridge, Nueva Jersey, 1954) ha sido una actriz de Hollywood de los años 50, una rica heredera de la alta sociedad neoyorquina, un bellísimo cadáver a lo Laura Palmer, una femme fatale italiana, un chico sexy leyendo, una anciana con bastón, una prostituta con el maquillaje corrido, una tímida estudiante con acné y gafas de pasta, una pasajera negra a bordo de un autobús, un rostro cubista con la nariz del revés estilo Picasso, el resultado nefasto de una operación estética, el Baco enfermo de Caravaggio, una supermodelo para la portada de Vogue, un submarinista con la cabeza ensangrentada, un payaso triste-terrorífico, una influencer con pinta de criatura acuática... Así hasta más de 600 máscaras, identidades múltiples con una sola constante: los ojos azulísimos de Sherman.
Desde sus primeras instantáneas en la Nueva York de los años 70, Sherman se ha desdoblado en una galería inconmensurable de mujeres sin biografía pero perfectamente reconocibles. Son mujeres tipo, que responden a esos cánones de feminidad moldeados por el cine, la publicidad, las revistas y, claro, la mirada masculina. Pero Sherman crea otros personajes de sí misma y del estereotipo, asumiendo todos los roles posibles: modelo, fotógrafa, maquilladora, estilista, etc. Todo con un arsenal de disfraces, postizos, prótesis, pelucas y objetos a cual más extravagante que ha ido acumulando durante décadas en su estudio del SoHo con vistas al río Hudson.
A sus 71 años Cindy Sherman se erige como una de las mejores fotógrafas contemporáneas, sus icónicas imágenes han superado los tres millones de dólares en subasta -un precio astronómico por una fotografía- y sus exposiciones en Europa no dejan de multiplicarse con gran éxito de público, como la monumental muestra que le dedicó la Fondation Louis Vuitton de París en 2020, con 170 obras que prácticamente ocuparon todo el edificio de Frank Gehry. Sin embargo, hacía tres décadas que Sherman no exponía en España, desde que en el verano de 1996 inaugurara la retrospectiva Colofón en el Reina Sofía, en el Palacio de Velázquez del Retiro. El próximo 23 de junio regresa con una cuidada antológica con más de 50 piezas, muchas de gran formato, que promete convertirse en la exposición del verano: The Women, en Hauser & Wirth Menorca, en el espectacular entorno de la Isla del Rey, el pequeño islote de poco delante del puerto de Mahón.
«Sorprende la ausencia de Sherman durante tanto tiempo en el circuito expositivo español. De alguna manera, eso también ayudó a dar forma a la exposición. Es la oportunidad de redescubrir su obra, que es fundamental en los debates actuales sobre el arte contemporáneo», admite Tanya Barson, directora curatorial de Hauser & Wirth, la poderosa galería suiza fundada en 1992 en Zurich que ha desplegado casi 20 sedes alrededor del mundo, incluyendo la galería neoyorquina que representa a Sherman y la gestión del museo Chillida Leku en Hernani, que reflotó después de ocho años cerrado.
Como comisaria del esperado retorno de Sherman, Barson no podía haber escogido mejor título para la muestra (por cierto, la artista nunca titula sus fotos): The Women (Las mujeres), que remite a la rompedora obra de teatro de Clare Boothe Luce sobre las tribulaciones de las socialités de Manhattan, estrenada en 1936 en Broadway con un elenco exclusivamente femenino. Tuvo tanto éxito que George Cukor hizo una comedia en 1939, con la siempre divina Joan Crawford en el papel de amante. Más irrelevante fue su versión moderna de 2008, con Meg Ryan (nominada al Razzie) y Annette Bening.
«El hilo conductor que atraviesa el trabajo de Sherman es la representación de las identidades femeninas y la condición de la mujer. Por eso resulta apropiado elegir una referencia que aporte esa idea: una obra de teatro sobre mujeres, que trata la importancia de las apariencias y que se convirtió en película dos veces. Algo que también conecta con los orígenes de Sherman, que beben del cine clásico de Hollywood y que han apuntalado la teoría del cine feminista», explica Barson.
Cindy Sherman nació en un idílico suburbio residencial de Nueva Jersey, siendo la pequeña de cinco hermanos. De niña jugaba a disfrazarse con la ropa de la abuela o lo que encontrara por casa, aunque siempre sintió predilección por las brujas más que por las princesas. Después de estudiar pintura en Buffalo llegó a la efervescente Nueva York de finales de los 70. En su loft de la calle Fulton empezó a recrear sets de películas ficticias con ella como actriz, en la tradición de las fotografías publicitarias de los estudios de cine de Hollywood que se tomaban durante los rodajes.
Lo llamó Untitled Film Still (Fotogramas de películas sin título).«Quería que parecieran baratos y vulgares. Algo que encontrarías en una tienda de novedades y comprarías por un cuarto de dólar. No quería que parecieran arte», explicó Sherman en una de sus escasas entrevistas, con motivo de su magna antológica en el MoMA en 2012 (en el 96 el museo neoyorquino ya había adquirido toda la serie de 69 imágenes, de la que se expone una parte en Menorca).
«Sherman irrumpió en el panorama de los 70 encapsulando la forma en que vivimos con las revistas, la publicidad, el cine. De una manera muy sofisticada reunió todos estos hilos de la cultura de masas contemporánea y los resumió visualmente», reivindica Barson. Aunque hoy, en plena era Instagram, la obra de Sherman se vea moderna, a finales de los 70 supuso una auténtica revolución en blanco y negro.
Porque la joven Cindy, con apenas 23 años, se adelantó a casi todo: al selfie, palabra acuñada a principios de los 2000 (aunque lo que ella hace son más bien anti-selfies), a la subversión del género y la identidad que teorizaría Judith Butler en los 90 (aunque una sola foto de Sherman sintetiza 300 páginas de cualquier sesudo ensayo) o al cuestionamiento de la propia Historia del Arte y el papel que han ocupado las mujeres como sujetos pasivos. Lejos del autorretrato clásico, Cindy Sherman es todas las mujeres.


