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Razones para el pesimismo en Irán

En lo que llevamos de siglo hemos visto cómo casi todo lo que podía acabar mal en Oriente Medio acababa, efectivamente, mal

Escombros y edificios dañados tras un ataque este lunes a Teherán.
Escombros y edificios dañados tras un ataque este lunes a Teherán.AP
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En lo que llevamos de siglo hemos visto cómo casi todo lo que podía acabar mal en Oriente Medio acababa, efectivamente, mal. Hemos visto cómo las esperanzas de las primaveras árabes terminaban en represión, en inestabilidad o -en el caso sirio- en guerra civil. Hemos visto a los talibanes ser expulsados del poder en Afganistán, solo para terminar recuperándolo veinte años después. Hemos visto dos guerras que empezaron como paseos y que desembocaron en larguísimas insurgencias que se cobraron centenares de miles de vidas. Hemos visto los atentados del 7 de octubre, hemos visto la destrucción de Gaza. Hemos visto a los ayatolás y a la Guardia Revolucionaria reprimir oleada tras oleada de protestas populares en Irán. Hemos visto cómo la muerte de dos tiranos indudablemente malvados como Saddam Hussein y Muamar Gadafi conducía a una fatal desestabilización de sus respectivos países, de manera que las esperanzas de justicia y libertad se solaparon con el deterioro social y económico. Hemos visto cómo el islamismo radical daba pie a grupos especialmente despiadados, como ese Estado Islámico que a la altura de 2014-2015 controlaba amplias zonas de Siria y de Irak, y que no solo causó en ellas un sufrimiento incalculable, sino que además exportó el terror a muchas ciudades del mundo occidental. Hemos visto, en definitiva, una deprimente variedad de fracasos, de injusticias y de violencias.

Por esto resulta tan difícil sentir algo de optimismo ante la intervención de EEUU y de Israel en Irán. Y esto es así incluso si uno deja de lado cualquier escrúpulo en cuanto a los medios y se centra solamente en los resultados. Es posible, sí, que esta ofensiva ponga en marcha un proceso que culmine dentro de unos años en un Irán más libre y próspero, y sin que por el camino se haya derramado mucha sangre. Pero esta es una posibilidad muy, muy remota. Ya no es solo que el historial de las intervenciones occidentales en la región sea muy pobre. O que resulte inverosímil forzar un cambio de régimen con bombardeos y asesinatos selectivos, sobre todo cuando ese régimen ejerce un control férreo sobre las fuerzas armadas y las milicias locales. El gran problema es que esta región ha mostrado en repetidas ocasiones las consecuencias que puede tener desestabilizar un país, ya sea por movimientos internos o por presiones externas. Y hasta cierto punto da igual si las acciones norteamericanas son -como parece- el producto de la improvisación y la frivolidad, o si responden a estrategias bien pensadas por parte de centenares de expertos anónimos y listísimos. Porque gobiernos mucho más serios que el de Trump también han fracasado a la hora de predecir y de controlar las consecuencias de sus acciones en Oriente Medio.

Es cierto que este pesimismo puede conducir rápidamente al fatalismo. Y ese fatalismo puede llevar a algo que se parece demasiado a la indiferencia. Todas las cautelas y prevenciones que se nos ocurran deben convivir con el hecho de que la intervención estadounidense ha abierto una oportunidad donde antes no la había. Una oportunidad para que millones de iraníes se hagan, efectivamente, con el control de su propio destino. Y debemos comprender también que eso ya es mucho, muchísimo, para quienes han sufrido durante décadas un régimen represivo y sanguinario. Cuesta juzgar a un iraní -o a un venezolano- que diga hoy aquello de hágase el milagro, y hágalo el diablo. El problema es que, efectivamente, tendría que tratarse de un milagro.