Los combates continúan este sábado en regiones fronterizas entre Pakistán y Afganistán. Las autoridades paquistaníes informaron que sus fuerzas armadas han bombardeado varias posiciones de los talibán, quienes también atacaron campamentos militares en el país vecino.
A pesar de la escalada del conflicto, desde Kabul han reiterado en las últimas horas su disposición al diálogo y a la creación de mecanismos bilaterales de seguridad. Una vía diplomática que también han reclamado actores regionales con peso estratégico, como Irán y Arabia Saudí, preocupados por el riesgo de desestabilización en Asia Central y el Golfo.
Desde Bruselas, la Comisión Europea advirtió que "las hostilidades entre Pakistán y Afganistán podrían tener graves consecuencias para la región", en un momento en que las rutas energéticas, los equilibrios entre potencias y la amenaza yihadista vuelven a entrelazarse. El temor compartido es que un conflicto sostenido no solo fracture aún más la frontera afgano-paquistaní, sino que reactive dinámicas insurgentes que trascienden a ambos Estados.
El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, ha vuelto a acusar a Afganistán de "exportar terrorismo", mientras que el Gobierno talibán señala a Pakistán de instrumentalizar la seguridad para presionar políticamente a un régimen que sigue sin reconocimiento internacional formal.
Las últimas cifras oficiales publicadas por Islamabad aseguran que 331combatientes afganos han muerto y más de 500 resultaron heridos. También han destacado que las fuerzas aéreas habían destruido 104 puestos de control talibán y 163 tanques y vehículos blindados. Por su parte, Kabul afirmó horas antes que 55 soldados paquistaníes murieron y que 19 puestos de avanzada fueron capturados.
En esta guerra cada vez más abierta, la asimetría es abrumadora. Pakistán no es solo una potencia regional: es una potencia nuclear, con un aparato militar construido durante décadas bajo la obsesión estratégica de contener a la India y proyectar disuasión en un vecindario inflamable. Cuenta con uno de los ejércitos más potentes del sur de Asia.
Según el último informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), Pakistán mantiene unos 650.000 efectivos en servicio activo y más de 500.000 reservistas. A esa masa crítica se suman cerca de 300.000 integrantes de fuerzas paramilitares y policía militarizadas, un entramado que convierte al estamento castrense en la institución más poderosa y organizada del país.
Islamabad dispone además de centenares de carros de combate, miles de piezas de artillería, helicópteros de ataque, una fuerza aérea equipada con cazas de última generación -incluidos modelos desarrollados junto a China- y una marina con submarinos capaces de reforzar su capacidad de segundo golpe.
En su armería también guarda un arsenal de misiles balísticos de corto y medio alcance aptos para portar cabezas nucleares. Las estimaciones internacionales sitúan su inventario atómico en torno a 170 ojivas, una cifra suficiente para sostener la disuasión mínima creíble que proclama su doctrina oficial.
Enfrente, el aparato militar de Afganistán es, en esencia, una mutación de la insurgencia que durante dos décadas combatió a las tropas occidentales y al antiguo Gobierno afgano. Las cifras oscilan entre 150.000 y 200.000 combatientes, aunque la opacidad es la norma y buena parte de las estructuras siguen articuladas en torno a lealtades tribales, comandantes regionales y redes personales de poder.
Afganistán es hoy un Estado bajo el control de un régimen talibán no reconocido formalmente por la mayor parte de la comunidad internacional. Los talibán han intentado transformar una guerrilla en un ejército regular, apropiándose del material abandonado tras la retirada estadounidense en 2021: vehículos blindados ligeros, armamento individual moderno y algunos helicópteros que, en muchos casos, carecen de mantenimiento y pilotos cualificados. Pero no dispone de una fuerza aérea operativa comparable, ni de defensa antiaérea sofisticada, ni de capacidades navales.
Los expertos explican que la fortaleza afgana no reside en la tecnología, sino en la geografía y en la experiencia acumulada en guerra irregular. El terreno montañoso, la porosidad de la frontera y la capacidad de fragmentarse en células móviles convierten cualquier incursión convencional en una operación costosa y políticamente arriesgada.
"Los talibán carecen de la capacidad militar para disuadir o neutralizar eficazmente ataques aéreos sostenidos. Pero no consideran este desequilibrio como algo existencial. Basándose en su experiencia de sobrevivir a extensos bombardeos en el pasado, expresan confianza en su capacidad para resistencia y en que, a diferencia de Pakistán, no existe ninguna fuerza de oposición afgana en el país que pueda aprovechar cualquier debilitamiento de los talibán para asumir la autoridad política", explica la investigadora Abdul Sayed, quien lleva años escribiendo en think tanks internacionales sobre el conflicto histórico entre Islamabad y Kabul.
Sayed apunta que, aunque la fuerza militar paquistaní es abrumadoramente superior, Islamabad se enfrenta a factores políticos internos que limitan su capacidad para iniciar una guerra a gran escala. "Esta limitación se debe a los profundos vínculos entre las poblaciones de ambos países, en particular las tribus que residen a ambos lados de la frontera, por lo que no podría soportar un gran derramamiento de sangre en un prolongado conflicto", sostiene.
Kabul e Islamabad llevan décadas atrapados en un pulso bélico intermitente. Pero lo ocurrido el viernes marca un salto cualitativo: bombardeos en Kabul y una operación terrestre reivindicada por el Gobierno talibán. Los ataques más grandes se dirigieron contra instalaciones militares afganas, al tiempo que las autoridades paquistaníes declaraba una "guerra abierta" contra el país vecino.
La justificación de Pakistán para los bombardeos sobre Kabul y otras regiones como Kandahar -cuna y bastión histórico del movimiento talibán- se apoya en una renovada ola de atentados que ha sacudido al país en las últimas semanas. Islamabad apunta directamente a grupos yihadistas que, sostiene, operan desde territorio afgano con la tolerancia o el respaldo del régimen talibán.
El 6 de febrero, un atacante suicida mató al menos a 36 personas en una mezquita chií de Islamabad. Días después, se produjo otro incidente en el que un vehículo cargado de explosivos embistió un puesto de seguridad en Bajaur, matando a 11 soldados y a un niño. El 21 de febrero, otro atacante suicida atacó un convoy de seguridad, matando a dos soldados.
En el centro de las acusaciones figura el Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), la rama paquistaní del extremismo talibán, responsable de decenas de ataques contra fuerzas de seguridad y civiles en las provincias fronterizas de Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán. Para el estamento militar paquistaní, el argumento es claro: Kabul no ha cumplido su promesa de impedir que su suelo se utilice como plataforma para desestabilizar a su vecino. Otro importante grupo armado, que según Pakistán se beneficia de refugio en Afganistán, es el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), organización designada oficialmente como "terrorista" por varios países y organismos internacionales.
El Gobierno talibán niega estas acusaciones y denuncia las incursiones aéreas como una violación de su soberanía. Pero el trasfondo es más complejo. Desde la retirada estadounidense en 2021, Afganistán se ha convertido en un espacio gris donde conviven distintas facciones armadas, redes tribales y grupos yihadistas con agendas propias. El régimen talibán, necesitado de cohesión interna y reconocimiento internacional, se mueve entre la conveniencia de contener a los grupos terroristas y el riesgo de fracturar sus propias alianzas ideológicas.

