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Hubo un tiempo, no muy lejano, en que aterrizar en Pekín no figuraba en la agenda prioritaria de los líderes occidentales. China asomaba la cabeza como la fábrica del mundo, pero era un socio comercial incómodo, más citado en informes sobre derechos humanos que en asuntos de primera línea diplomática. Las visitas oficiales existían, pero eran esporádicas. La foto en el Gran Salón del Pueblo no ocupaba portadas y muchos dirigentes de Occidente, que miraban con recelo y cierta condescendencia, viajaban al gigante asiático más por obligación económica que por convicción estratégica.
Estados Unidos ha monopolizado durante muchas décadas la arquitectura internacional y la Unión Europea se ha sentido muy cómoda bajo su paraguas. Pero el paisaje actual es radicalmente distinto. Pekín se ha convertido en parada obligatoria en las giras anuales de los principales líderes mundiales. Los mismos aliados que orbitaban sin fisuras en torno a Washington, ahora llaman a la puerta del régimen de Xi Jinping sin ningún complejo.
Desde diciembre, el trasiego de aviones oficiales ha sido constante. Emmanuel Macron, Mark Carney, Keir Starmer y otros cinco destacados líderes extranjeros han visitado la capital china. A finales de este mes, Friedrich Merz, el canciller alemán, también lo hará. El país asiático presume de extender la alfombra roja a los dirigentes de cualquier país, sin importar su tamaño o riqueza. Pero los tentáculos mediáticos del gobernante Partido Comunista no paran de recordar que se están juntado como nunca antes una serie de visitas -los líderes de Francia, Canadá, Reino Unido, Finlandia, Irlanda, Corea del Sur y Alemania- que comparten una característica crucial: todos son aliados tradicionales de Estados Unidos.
El broche lo pondrá el propio presidente estadounidense, Donald Trump, que tiene previsto viajar a China a comienzos de abril. Una visita cargada de simbolismo en plena rivalidad estratégica entre dos superpotencias que han rebajado sus tensiones, sobre todo comerciales, en los últimos meses.
Apenas un par de semanas después del viaje de Trump, Pekín recibirá al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien afronta su cuarto viaje oficial al país asiático, una frecuencia insólita que ilustra hasta qué punto esta relación bilateral es prioritaria para el Ejecutivo socialista.
En los últimos años, Moncloa ha reforzado los lazos políticos y comerciales con la segunda economía mundial, atrayendo inversión china en sectores como las energías renovables, la automoción o las infraestructuras, y consolidando a España como puerta de entrada a Europa para empresas chinas. Sánchez ha intentado mantener un delicado equilibrio entre su visible acercamiento a Pekín y la coordinación con sus socios de la UE en cuestiones sensibles como los derechos humanos. Este asunto, a diferencia de otros líderes europeos, es omitido por el dirigente español durante sus viajes a tierras orientales, priorizando siempre el componente económico de la agenda.
"Es normal que haya una lista cada vez más larga de líderes occidentales que quieren venir a China. Mientras que Trump desata tormentas, Xi Jinping construye puentes y ofrece a sus invitados grandes oportunidades comerciales", asegura un veterano diplomático chino que participa en las recepciones a delegaciones extranjeras.
El Gobierno de Xi, señalan observadores internos y externos, está sabiendo leer bien los cambios en el tablero geopolítico. Frente a Trump, que continúa abriendo grietas en la alianza transatlántica (amenazas arancelarias, presión sobre el gasto en defensa y desdén hacia las instituciones multilaterales), Pekín se presenta como un socio comercial predecible. Además, su poder blando avanza a un ritmo sin precedentes.
En el terreno cultural, cada vez más marcas chinas se están expandiendo a los mercados occidentales, desde los vehículos eléctricos hasta el fenómeno global de los muñecos Labubu, cuya empresa fabricante, Pop Mart, registró un aumento del 400% en el precio de sus acciones en 2025. A finales del año pasado, una encuesta realizada por The Economist mostraba que la imagen global de China está mejorando con mucha rapidez. El estudio, basado en 32.000 entrevistas en 32 países, reflejaba que el porcentaje de personas que preferirían a China como potencia líder había aumentado de forma significativa (alcanzó el 33%, tras subir 11 puntos porcentuales), mientras que el apoyo a Estados Unidos ha retrocedido.
La ofensiva de encanto también se traduce con inversiones tangibles. Bajo el paraguas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el mega proyecto de infraestructuras globales, China ha financiado puertos, carreteras, trenes y centrales eléctricas enAsia, África y América Latina, generando una red de vínculos económicos que refuerzan su influencia política. Muchos analistas destacan que esa presencia física, unida a la vieja narrativa de no injerencia en asuntos internos de otros países y una cooperación "sin condiciones políticas", alimenta su imagen como alternativa pragmática frente a un Estados Unidos percibido como volátil.
"China ha optado por posicionarse como un actor global responsable, y esto ha reforzado su posición especialmente entre los países del Sur Global. Pero la reciente serie de viajes de líderes europeos a Pekín demuestra que el Norte Global también está escuchando", analiza John Gong, profesor de Economía en la Universidad de Negocios Internacionales de Pekín.
"China siempre es un socio comercial, no un rival", soltó el viceprimer ministro chino, He Lifeng, en su discurso en enero en el foro de Davos. Mientras Trump decía a los líderes mundiales que Washington se había convertido en "el país más atractivo del mundo" gracias a los ingresos arancelarios, y que Europa "haría mucho mejor" si siguiera el ejemplo estadounidense, Li enfatizó el continuo apoyo de China al multilateralismo y al libre comercio.
Durante el pasado fin de semana, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el ministro de Exteriores Wang Yi redobló la apuesta: "China y Europa deberían rechazar juntos las prácticas unilaterales, salvaguardar el libre comercio y oponerse a la confrontación entre bloques". China se presenta como "fuerza firme para la paz y confiable para la estabilidad", en palabras de Wang.
Estos discursos forman parte de una estrategia más amplia en la que Pekín impulsa su propia arquitectura internacional -fortaleciendo grupos como los BRICS- con el objetivo de erosionar la primacía de las instituciones lideradas por Washington y promover un orden más acorde con sus intereses y que no cuestione su vena autoritaria.
Europa ocupa un lugar central en esa ecuación. Los medios estatales chinos han incidido en muchos de sus editoriales que el viejo continente es un polo estratégico que no debería alinearse automáticamente con Estados Unidos en la contención de China. Por ello, en este contexto, el desfile de líderes por Pekín se puede entender como el síntoma de un reajuste profundo. En un mundo cada vez más fragmentado, muchos aliados de Washington buscan proteger sus economías y ganar margen de maniobra. Y China, consciente de esa necesidad, ofrece mercado, inversiones y una narrativa más amable.
Con un mercado de más de más de 1.400 millones de consumidores y cadenas de suministro clave en sectores como las baterías eléctricas, los paneles solares o las tierras raras, no hay país más atractivo que China en el terreno de las alianzas comerciales. Esto sigue sumando cifras a un superávit comercial cada vez mayor que preocupa a algunos líderes europeos, como manifestó Macron durante el pasado foro de Davos. "Ante la competencia de China, un exceso masivo de capacidad y prácticas distorsionantes amenazan con saturar sectores industriales y comerciales", señaló el francés.
Para el canadiense Carney, el primer líder de su país en visitar Pekín desde 2017, su viaje se tradujo en la reactivación de varios canales económicos que habían quedado congelados tras años de fricciones diplomáticas. Ottawa logró desbloquear restricciones para ciertos productos agrícolas y avanzar en acuerdos para facilitar inversiones en energías limpias y minerales críticos, sectores estratégicos para la transición energética canadiense.
Carney, que manifestó durante su visita que "el orden global se encuentra en un punto de ruptura", marcó la pauta para el camino de las nuevas relaciones de muchos países occidentales con China. "Canadá está forjando una nueva alianza estratégica con China", declaró. "Es necesario construir una relación más sofisticada con un actor vital en el escenario global", subrayó por su parte el británico Starmer, quien buscó en Pekín oxígeno para el sector financiero y tecnológico de Londres.
En un gesto cargado de cálculo diplomático, Starmer entregó a Xi el balón oficial de un partido entre el Manchester United y el Arsenal, sabedor de la afición del líder chino por el fútbol y de la potencia simbólica de la Premier League como marca global británica. La diplomacia, en estos tiempos, también se juega en el terreno emocional. Y en Pekín gustan mucho esos detalles.
Con la visita del primer ministro irlandés Micheál Martin, fue Xi quien tomó la iniciativa al confesar que uno de sus libros de adolescencia era El Tábano, de la escritora irlandesa Ethel Voynich, una novela ambientada en la Italia revolucionaria del siglo XIX. La conversación derivó en un intercambio literario inesperado que, según relató después Martin, terminó con ambos comentando el impacto personal de la obra. "Fue inusual que acabáramos hablando de The Gadfly y de cómo nos marcó, pero así son las cosas en estos momentos", explicó el irlandés.
Entre balones de fútbol, confidencias literarias y contratos comerciales, los aliados tradicionales de Estados Unidos compiten por un hueco en la agenda de Xi Jinping, conscientes de que necesitan al mercado chino, sus cadenas de suministro y su capital. Y mientras ese desfile continúa, la propaganda de Pekín hace tiempo que formula el mismo mensaje: el centro de gravedad del poder mundial ya no está en un solo lugar.



