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En las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 votaron en Madrid más de 9.000 venezolanos. Alguien me contó que Nicolás Maduro solo sacó cinco votos. "Son de los que trabajan en la Embajada", remató mi risueño informante. Habría sido un milagro que el ahora extraditado usurpador sacara votos más allá de donde sus garras podían tener efecto. Todo el mundo supo (menos, al parecer, el expresidente Zapatero) que el ganador de esos comicios, con más del 60% ciento de los votos, fue el exembajador Edmundo González Urrutia, generoso candidato emergente que asumió el reto cuando Maduro no permitió que se presentara María Corina Machado y tampoco la filósofa Corina Yoris. Maduro sabe a quién temerle, porque "el que va a salir se asoma", dicen en mi pueblo. Dejó que eligieran de candidato a un anciano en apariencia fácil de derrotar. Pero no bastó: María Corina hizo una heroica campaña por Edmundo González, recorriendo todo el país contra la voluntad del poder, y lo aglutinó en torno al candidato. Millones de venezolanos gritaban, allí donde ella llegaba: "¡No te rindas, María Corina, queremos a Edmundo!". Hasta las alegres guacamayas que pueblan Venezuela seguían la caravana de la líder.
Pero el 28 de julio, quizá a eso de las once de la noche, Nicolás Maduro decidiría que no iba a aceptar tan aplastante y definitiva derrota. "Me quedo", habrá pensado. "No me voy, Cilita", le habrá dicho a su esposa, oscuro personaje no por anodino sino por siniestro. "Continuamos", le comunicaría a sus compinches de crímenes, Diosdado Cabello, Delcy y Jorge Rodríguez -huérfanos resentidos con la vida-, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, el fiscal Tarek Williams Saab y demás caterva utilitaria.

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"Pon en el acta que gané, Elvis", le ordenaría al presidente del Consejo Nacional Electoral, Elvis Amoroso, uno de sus lacayos que, como su apellido indica, cumplió lleno de amor con la orden de hacer que lo imposible ocurriera: con sólo el 30% de los votos, o menos, y sin una sola prueba que lo demostrara, al día siguiente Nicolás Maduro fue proclamado vencedor de unas elecciones en las que llegó "detrás del camión de la basura", como se dice en Venezuela. Ese día comenzó su camino hacia este 3 de enero de 2026.
Desde 1998, la chaqueta comunista del siglo XXI que es el chavismo, con Hugo Chávez a la cabeza, comenzó la sistemática destrucción de la Venezuela próspera y, a pesar de sus vaivenes, democrática. Chávez, hasta el día de su muerte cubana (en diciembre de 2012 o en marzo de 2013, nunca se sabrá), usó los recursos del país como si fueran suyos; y su sucesor, Nicolás Maduro, continuó con la labor destructora, con ayuda de sus amos castristas de La Habana, pues el comunismo se ayuda siempre para lograr lo peor de cada uno. Sin embargo, Chávez siempre se cuidó de mantener una cierta fachada de legalidad, aunque fuera una máscara endeble y torticera. Maduro, cinco lustros después, ahíto de poder y de dinero, no vio necesidad de conservar las apariencias, olvidando que la mujer del César tiene que ser y parecer su mujer. Y con su césar muerto, este pobre remedo de líder jamás supo siquiera acercase al carisma de Chávez. Un carisma pervertido, pero carisma al fin y al cabo.
Así que la mañana del 29 de julio de 2024 en que se autoproclamó vencedor de unas elecciones en las que él y su (mediocre) movimiento comunista fueron humillados, ya los ciudadanos de Venezuela, dentro y fuera del país, habían decidido deshacerse de ese yugo, y por eso la frustración fue inmensa cuando -en apariencia- las cosas siguieron igual. Pero sin la inquebrantable voluntad de María Corina Machado, todo lo logrado hasta ese momento habría caído en el olvido, y el secuestro habría perdurado una, tres o seis espantosas décadas más. Como en Cuba.
Maduro secuestró el poder en 2024, un poder del que ya abusaba desde 2013, para sufrimiento de los ciudadanos. Secuestró a todo un país y en 2025 pareció que la jugada le había salido bien: el observador internacional estrella, José Luis Rodríguez Zapatero, no reportó ninguna irregularidad y se cuidó de decir que donde dijo digo quizá decía Diego, o quién sabe, "hablemos de otra cosa, que el pueblo de Venezuela es feliz". Di que sí, José Luis. María Corina, sin embargo, no se rindió: se escondió astutamente de los esbirros y guio nuestras esperanzas con una consigna que pasará a la historia: "¡Esto es hasta el final!". Por el camino ganó el premio Nobel de la paz. Por el camino nos demostró que la verdad siempre resplandece.
Cuando escribo estas líneas ha pasado más de un día desde que la Delta Force "secuestró" a Nicolás Maduro y a Cilia Flores; quién sabe de qué hueco los habrán sacado, si ellos se entregaron -o los entregaron, porque Delcy y Diosdado son muy suyos-. Aclaremos que esa madrugada, los soldados de la Delta Force no se llevaron a un presidente; extrajeron del poder a un criminal que ha mantenido secuestrado durante muchos años el futuro de 30 millones de personas. El 3 de enero asomó un tímido rayo de libertad en Venezuela, pero las buenas noticias han resultado frágiles: con Delcy "encargada" del Gobierno y con un Trump más bien malcriado y veleidoso, aún le quedan no pocos obstáculos a la libertad. Ya lo dijo María Corina: la lucha por la democracia será "hasta el final".
Juan Carlos Chirinos es escritor, miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua y autor de Venezuela, biografía de un suicidio.

