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Shanghai, la ciudad del año: donde nació el Partido Comunista y que hoy es la vitrina perfecta del ascenso chino

Shanghai se presenta como capital del poder chino. No es el centro político, sino su vitrina más refinada, que fusiona su historia colonial y su memoria revolucionaria con el desarrollismo desenfrenado

Seiscientos drones forman un buey en el cielo en la célebre bahía de Shanghai.
Seiscientos drones forman un buey en el cielo en la célebre bahía de Shanghai.Y. JIANZHENG / GETTY
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Xintiandi funciona como una burbuja dentro de la propia burbuja que Shanghai representa dentro de China. No hay tráfico caótico, vendedores ambulantes ni desorden visual. Este animado barrio encajado en el corazón del motor económico del gigante asiático juega con el equilibrio entre memoria, poder y modernidad. Hasta hace cuatro años también daba nombre a una parada de metro rodeada de restaurantes occidentales de lujo, boutiques y coctelerías minimalistas. La estación fue rebautizada como Sede del Primer Congreso Nacional del Partido Comunista Chino.

El epicentro visual de Xintiandi son las casas shikumen, tipología residencial tradicional con fachadas de piedra gris, patios estrechos y marcos de madera. En una de estas viviendas, un grupo de 13 hombres que se describían como intelectuales revolucionarios autodidactas, celebraron una reunión clandestina en 1921 para darle forma a un nuevo partido que adoptara el marxismo-leninismo como base ideológica. Aspiraban a expandirse dentro de una joven república muy débil y fragmentada, con las potencias extranjeras controlando concesiones enteras en muchas ciudades, entre ellas en Shanghai.

Para saber más

Aquel primer congreso en un shikumen no pudo concluir porque la Policía francesa irrumpió y sacó a la fuerza a los revolucionarios, entre los que se encontraba un desconocido Mao Zedong. También había profesores, bibliotecarios y periodistas. Incluso dos representantes de la Internacional Comunista enviados desde Moscú. El grupo decidió entonces viajar hasta una pequeña ciudad famosa por sus canales, Jiaxing, a unos 100 kilómetros de Shanghai. Se subieron a una barca turística, donde votaron algunas resoluciones finales y eligieron a la primera dirección del Partido. Aquel fue el punto de partida de un proceso que culminaría en 1949 con la fundación de la República Popular China.

Lo que en 1921 fue una reunión clandestina, se ha transformado hoy en uno de los nodos centrales del llamado turismo rojo, una peregrinación patriótica a un lugar muy alejado de la épica rural de la guerra revolucionaria que llevó al poder a Mao. La potencia simbólica de Xintiandi se multiplica por su contradicción: el PCCh, el actual partido político más poderoso del mundo, nació en uno de los actuales rincones más caros y consumistas de China.

Cada día, grupos de escolares, funcionarios de todo el país y turistas asoman por la antigua vivienda reconvertida en un museo pedagógico ampliamente vigilado. La propaganda oficial defiende que este lugar, lejos de resultar incómodo dentro de la narrativa, desnuda que el Partido no surgió del atraso del campesinado, sino de la modernidad de la gran ciudad y que, por ello, es el garante máximo del desarrollo.

Shanghai se presenta al mundo desde hace tiempo como capital del poder chino actual. No es el centro político -ese sigue estando en Pekín-, sino su vitrina más refinada, una que ha fusionado su historia colonial y su memoria revolucionaria con el desarrollismo desenfrenado. Sus rascacielos, a diferencia de otras gigantescas urbes del país, no compiten por excentricidad, sino por altura disciplinada; su infraestructura, además de seducir a la vista, también funciona, incluyendo la integración de la tecnología en el día a día. Todo esto en un lugar donde viven casi 30 millones de personas.

El corresponsal que escribe estas líneas, residente en Shanghai desde hace más de dos años, paga la compra en algunos supermercados con la cara (una máquina escanea el rostro que está vinculado a la plataforma de pago de Alipay). Se mueve en ocasiones en taxis autónomos y desde el aeropuerto a su casa coge un tren de levitación magnética que alcanza los 430 km/h. Desde hace unos meses, en su urbanización asoma de vez en cuando un nuevo vigilante de seguridad de cuatro patas: un robot cuadrúpedo dotado con un sistema de reconocimiento facial. Y tiene una una vecina octogenaria con problemas de movilidad que da largos paseos todas las mañanas con un exoesqueleto robótico que incorpora GPS.

Laboratorio político

"Shanghai ha sido siempre la punta de lanza de China, el máximo exponente de la expansión económica del país. Ha funcionado como uno de los mayores experimentos del mundo: una sociedad enorme que en tiempo récord pasó de la pobreza a ir adquiriendo gustos y hábitos de clase media. Muchas de las cosas que suceden aquí van a moldear el futuro porque el Gobierno chino siempre aplica primero en Shanghai las políticas que luego relanza por todo el país, las cuales tienen impacto global", explica Lucila Carzoglio, escritora argentina que lleva ocho años residiendo en la capital financiera y que publicó hace unos meses de la mano del Instituto Cervantes la Guía de Shanghai, una buena introducción en español por la cultura local de la ciudad.

"Aunque esta urbe siempre ha mirado hacia el futuro, sigue siendo muy visible el choque entre la modernidad y las costumbres más tradicionales. Todo se paga escaneando un QR, incluso para dar limosna al mendigo. Pero vas por la calle y ves una tienda de Gucci al lado de un puesto donde te venden una tortuga viva", cuenta Carzoglio.

"Shanghai enseña al mundo toda la prosperidad y modernidad que China ha logrado bajo la guía del PCCh y de sus líderes", pregonaba un funcionario local en un encuentro reciente con influencers extranjeros invitados a conocer la megaurbe. Había dos latinoamericanos, un estadounidense, un británico, un egipcio y un australiano. La charla sobre el "exitoso modelo económico y de gobernanza de China" fue en el Bund, la famosa pasarela a orillas del río Huangpu, desde donde se contempla la imponente panorámica del skyline que aparece en las postales.

El Gobierno de Xi Jinping, en plena campaña de influencia global, pasea con frecuencia por Shanghai y por otras imponentes ciudades chinas a creadores de contenido con millones de seguidores. El propósito, señalan muchos analistas, es lograr que la "Marca China" sea cada día más atractiva, algo que está funcionando especialmente este año gracias en parte a las turbulencias provocadas por la apabullante irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca. La política de encanto china se ha disparado por muchos rincones del planeta y los influencers son clave para vender una imagen de modernidad y estabilidad.

"China cada vez es más atractiva", declaró Lin Jian, portavoz del Ministerio de Exteriores, mencionando dos pelotazos chinos en este 2025: el fenómeno de inteligencia artificial DeepSeek y los muñecos virales Labubu. "Los amigos extranjeros están rompiendo sus barreras cognitivas", añadió el vocero.

The Economist, en colaboración con la consultora GlobeScan, realizó entre julio y septiembre de este 2025 una encuesta preguntando a 32.000 personas de 32 países su opinión sobre China y Estados Unidos. "Desde la última vez que hicimos la pregunta hace un año, China ha avanzado considerablemente, alcanzando un promedio del 33% en cuanto a la preferencia, mientras que EEUU bajó al 46%", resumía el diario.

En la encuesta, la preferencia por China había aumentado sobre todo entre los más jóvenes (de 18 a 24 años), cuya mayoría ve la influencia del país asiático en el mundo "principalmente positiva", mientras que para los mayores de 65 años EEUU sigue teniendo mucha ventaja. En cuanto a la elección de China como potencia líder, los países donde más aumentó el apoyo fueron Brasil, Canadá, México, Sudáfrica y España.

El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), un think tank con sede en Berlín, lanzó a mediados de año otra encuesta que analizaba la opinión pública europea sobre el estado de la alianza con Washington y las relaciones con Pekín. La conclusión a la que llegaba el informe era que los europeos pensaban que EEUU es más un "socio necesario" que un "aliado". Respecto a China, en el sur de Europa, muchos ciudadanos de países como España, Italia o Portugal veían a Pekín incluso como un "aliado", mientras que en Alemania, Reino Unido o Francia la mayoría tenía la opinión contraria.

"Los ciudadanos europeos consideran estratégico reforzar la relación con China y reclaman una actitud más firme ante EEUU", concluye otro informe publicado este mes por el instituto Center for the Governance of Change, de la IE University. Tras analizar la opinión pública en 10 países europeos, reflejan un incremento de 15 puntos desde 2023 en el interés de los europeos por estrechar los lazos con China.

La seducción de los 'influencers'

La actual estrategia del poder blando chino -la que seduce sobre todo a los más jóvenes que están pegados todo el día a TikTok- pasa por contar con un ejército de influencers extranjeros que queden impresionados por, por ejemplo, los hitos del ambicioso programa de inversiones en infraestructuras en los países en desarrollo bajo el paraguas de la nueva Ruta de la Seda.

Y que lo hagan sin abordar la otra cara que sí recoge la prensa internacional crítica: la impagable deuda que esto ha dejado en algunas naciones muy pobres de África. O que muestren el fascinante desarrollo de regiones políticamente sensibles para Pekín, como el Tíbet o Xinjiang, sin hacer ninguna mención al historial de represión contra la población local, tibetanos y musulmanes uigures.

Estos viajes son sufragados por grupos de influencia dirigidos desde el Departamento de Trabajo del Frente Unido, una agencia del PCCh que durante años ha tejido una extensa red de asociaciones por todo el mundo que se han usado tanto para impulsar el poder blando de Pekín como para intimidar a la disidencia. Esta organización también cubre frecuentemente viajes para la participación de académicos, políticos y ex mandatarios extranjeros en foros prochinos, muchos de ellos en Shanghai.

A nivel geopolítico, en esta ciudad se fundó en 2001 la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), un grupo regional creado originalmente para resolver las disputas fronterizas que dejó en Asia Central la disolución de la Unión Soviética. Luego, evolucionó en un foro económico regional y ahora, bajo la dirección de China y Rusia, se presenta como un creciente grupo internacional que aspira a contrarrestar el impulso de otras asociaciones de seguridad que han forjado las democracias más fuertes de Occidente y de Asia-Pacífico.

En la cumbre de la OCS de este año, Xi Jinping fue el anfitrión. Arropado por su homólogo ruso, Vladimir Putin, y delante de importantes líderes mundiales como el indio Narendra Modi y el turco Recep Tayyip Erdogan, el presidente chino presentó su "Iniciativa de Gobernanza Global", una visión para la reestructuración de las instituciones internacionales con una participación mayor de los países en desarrollo (y de China).

La citada capital financiera suele ser una parada comercial habitual en las visitas de líderes mundiales, que viajan acompañados por una amplia delegación de altos ejecutivos de sus países. Parte de la culpa del éxito de Shanghai es su ubicación estratégica, situado en la desembocadura del río Yangtsé y con acceso directo al mar de China Oriental. Tiene el puerto de contenedores más grande del mundo, siendo un centro logístico clave para el músculo exportador del país asiático, que este año ha roto el techo del comercio mundial inundando más que nunca el mundo con sus productos.

Cartas ganadoras en la guerra comercial

Durante todo este año, China ha mostrado sus dos cartas ganadoras en la guerra comercial desatada por Donald Trump. Por un lado, está el control sobre prácticamente todo el procesamiento y suministro mundial de minerales críticos y las tan demandadas tierras raras, indispensables para la industria tecnológica. Por el otro, el músculo manufacturero y exportador, clave en mantener el crecimiento de la segunda economía mundial.

El superávit comercial anual de Pekín superó en noviembre por primera vez el billón de dólares, un umbral simbólico que confirma la extraordinaria capacidad del aparato industrial del gigante asiático para colocar sus bienes en los mercados internacionales a pesar de la estrategia arancelaria de Washington.

Lejos de frenar el empuje exportador chino, los elevados gravámenes impuestos por Trump parecen haber acelerado una reconfiguración en las fábricas chinas, que ahora inundan mucho más otros mercados con sus clásicos bienes de bajo valor añadido, pero también con muchos más automóviles, productos electrónicos y maquinaria pesada. Esto último inquieta especialmente en la Unión Europea, donde ven cada vez con más inquietud la entrada de productos y compañías chinas en sectores estratégicos.

"En una industria tras otra, producto tras producto, los fabricantes chinos están creando tecnología de vanguardia a precios que los competidores occidentales no pueden igualar. Una ola de ansiedad recorre las salas de juntas de empresas occidentales a medida que los ejecutivos se enfrentan a la pérdida de su liderazgo tecnológico ante competidores chinos de rápido crecimiento", sostiene James Kynge, investigador del Programa Asia-Pacífico en Chatham House, un think tank con sede en Londres.

Según un informe reciente del Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI), mientras que Europa se queda rezagada en la carrera tecnológica, China ha superado a EEUU en investigación de vanguardia en 57 de 64 áreas tecnológicas. Desde hace un par de años, Pekín ocupa el primer lugar en cuanto al total de patentes emitidas y en artículos en las principales revistas científicas del mundo.

Shanghai ha sido uno de los laboratorios más importantes de innovación tecnológica gracias a las continuas políticas de apoyo del Gobierno central, que han permitido que la ciudad sea tradicionalmente uno de los principales focos de inversión extranjera e incubadora de cada vez más startups centradas en la inteligencia artificial y la robótica.

A las afueras de la ciudad se encuentra la bautizada por los medios locales como la "escuela de robots más grande de China", una instalación de 4.000 metros cuadrados donde más de un centenar de robots humanoides de una decena de empresas son entrenados por los programadores para realizar tareas mundanas como saludar, caminar, hacer la cama, lavar platos o soldar. De aquí saldrán pronto una veintena de "monjes robots", vestidos con la tradicional túnica naranja, que serán enviados a la India para lanzar sermones en un templo hindú.

En la escuela de robots también se probó un humanoide policía que ya desfila algunos días por las calles peatonales del barrio de Xintiandi para deleite de los muchos turistas nacionales que se acercan para visitar la cuna del Partido Comunista.

En esa tensión -entre memoria revolucionaria, patriotismo y ambición tecnológica en un entorno elitista- reside una de las claves de Shanghai: un símbolo de cómo China quiere ser vista y, sobre todo, de cómo quiere ser entendida en el mundo que viene.