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Las glorias del imperio soviético se condensan en el viejo acero del T34, el confiable carro de combate que permitió al ejército rojo empujar a las hordas nazis desde los arrabales de Moscú hasta el centro de Berlín. Hoy, ese tanque, expuesto a la entrada de muchas aldeas y ciudades de Ucrania, es de las pocas cosas que siguen uniéndola a Rusia, que los muestra de la misma forma en sus poblaciones como símbolo de la victoria en la llamada Gran Guerra Patria.
El mundo soviético ha quedado en el este de Ucrania reducido a una nostalgia del paraíso perdido. ¿Quedan prorrusos en el Donbás? Quedan personas que creen que Vladimir Putin puede devolverles al mundo de cuando ellos eran jóvenes, se enamoraban y tenían sueños. Pero el propio Putin aseguró ya hace muchos años: "Quien no extraña la Unión Soviética no tiene corazón, pero quien quiere restaurarla no tiene cerebro". En Ucrania, los soldados que combaten a las tropas de la Z en estas zonas del Este los llaman zhduny o, traducido, "los que esperan", que son todos aquellos ancianos que permanecen en los sótanos de ciudades destruidas para recibir a los rusos con los brazos abiertos, pero anhelando en realidad la hoz y el martillo de su juventud.
El imperio soviético se desmoronó de 1989 a 1991 con la emancipación de las repúblicas que lo formaban y el acercamiento de toda la órbita socialista a Occidente, un proceso que terminó con los países del Este de Europa buscando cobijo defensivo en la OTAN e ingresando en la Unión Europea. A países soviéticos como Lituania, Letonia y Estonia les dio tiempo a romper amarras con sus antiguos invasores (los tres fueron ocupados por la fuerza durante los primeros días de la Segunda Guerra Mundial). Sin embargo, aunque el proceso saldó la URSS, el espasmo cadavérico del viejo imperio, ese movimiento que aún realizan algunos cuerpos, permanece. Una segunda caída de la Unión Soviética está en marcha.
Repúblicas ex soviéticas como Moldavia, Ucrania o Georgia, aunque consiguieron su independencia en 1991, no habían madurado una idea de acercamiento a Occidente y de alejamiento de la influencia del Kremlin, pero la agresividad de Moscú con sus vecinos y el nacionalismo creciente de esos países aceleraron el proceso.
Con la palabra agresividad nos referimos a ese intento nada disimulado de recomponer a tiros un imperio en decadencia: Rusia ha ocupado partes de Moldavia (Transnistria), Georgia (Osetia y Abjasia) y aproximadamente un 20% de Ucrania.
En la conversación intelectual de toda esta constelación de viejos vecinos se ha instalado ese término, segundo colapso de la Unión Soviética, para describir este momento en el que varios países tratan de romper amarras con Moscú mientras que Rusia bracea para evitarlo entre amenazas y ocupaciones. El think tank francés Institut Montaigne habla abiertamente de "the second collapse of the Soviet Union", en un análisis titulado The Fall of Russia, donde argumentan que el proyecto neoimperial de Putin se está viniendo abajo precisamente por la guerra de Ucrania.
Serhii Plokhy, historiador ucraniano (Harvard), lleva tiempo defendiendo que la invasión de Ucrania acelera la desintegración final del imperio ruso, algo así como la segunda fase de 1991: entonces se hundió el armazón estatal, ahora se está rompiendo la esfera de influencia. La formulación de Plokhy es precisamente la de una "second collapse of the Soviet Union", que retoman varios analistas.
Después de todo, las estructuras de poder sólo maquillaron el viejo KGB y lo transformaron en el actual FSB, pero hubo una continuidad del complejo militar-industrial de la URSS a la Rusia actual. De alguna manera, cayó el cascarón, pero el imperio siguió vivo en la cabeza de las élites y en los instrumentos de poder. Thomas de Waal, del centro Carnegie, habla del "fin del near abroad": la idea de que Rusia tenía un estatus especial sobre el espacio postsoviético. Su tesis es que la invasión rusa de Ucrania marca el cierre de esa etapa: los vecinos quieren mayor independencia y diversificación de alianzas.
Aunque ese movimiento tectónico ha vuelto a detectarse en los sismógrafos de toda la antigua URSS, el año 2014 funcionó como el primer intento de contrarrevolución imperial triunfal con Crimea, pero fallida en el Donbás. Después, todo han sido malas noticias: la población de Nagorno Karabaj, que Rusia había prometido proteger de Azerbaiyán como aliada de Armenia, se retiró de su territorio mientras las tropas de Moscú recogían sus pertrechos hacia otra parte, con lo que Armenia ha tenido que buscar otra protección.
En paralelo, el giro europeo de Maia Sandu alejó a Moldavia de Rusia, pese a sus esfuerzos para revertirlo con propaganda. Los proxis de Rusia crearon hasta 9.000 vídeos con inteligencia artificial antes de las elecciones para ser difundidos por TikTok. Cuando Ucrania cortó el flujo del gas hacia Transnistria se vio la fragilidad de ese supuesto ente protector que era Moscú. En Georgia, los jóvenes se echan a la calle para protestar contra leyes "a la rusa", mientras que el miedo a repetir el destino ucraniano mantiene en el poder a Sueño Georgiano, un partido con vínculos con el Kremlin.
El jefe de la manada que ya no lo es
¿Qué sucede con otras ex repúblicas soviéticas como Kazajistán o Kirguistán? No han roto con Rusia, pero ya no la ven como el jefe de la manada, sino como un actor más, a veces problemático y algo más debilitado. Tras la invasión de Ucrania, Kazajistán rechazó públicamente la anexión de territorios ucranianos y afirmó su apoyo a la integridad territorial de Ucrania. Aunque mantiene lazos económicos y militares con Moscú, ha reactivado una política multivectorial: más acuerdos con China, Turquía, la UE y EEUU para no depender de un solo socio. En las encuestas, el apoyo al relato del Kremlin sobre la guerra es minoritario y la sociedad está partida, síntoma de que la influencia rusa ya no es indiscutida.
En Kirguistán, la guerra y las sanciones la han convertido en nudo de reexportaciones hacia Rusia: su comercio con Moscú y con China se ha disparado, y se está volviendo una pieza clave en la economía paralela rusa. Pero eso tiene una contraparte: una gran cantidad de bancos kirguises están sancionados por EEUU y la UE y sufre una presión creciente para que deje de ser la tubería de evasión de sanciones.
La debilidad también se ha notado más lejos. El Gobierno de Bashar Asad sobrevivió durante la guerra civil siria gracias a la ayuda de Moscú, pero el Kremlin no pudo hacer nada por él, salvo trasladarlo a Rusia el pasado año, cuando los rebeldes sirios irrumpieron en Damasco. ¿Qué podrá hacer ahora por Nicolás Maduro, si Donald Trump se decide a utilizar la fuerza contra el dictador bolivariano?
Desde 2022, la aventura bélica en Ucrania y las sanciones occidentales han empujado a Rusia a una dependencia estructural de China que ya muchos analistas describen como una relación asimétrica de vasallaje económico y tecnológico. En 2021, antes de la invasión, China representaba alrededor del 18% del comercio total ruso. En 2025, supera el 36%, según datos del Banco Central ruso y la Administración Aduanera china. Rusia exporta sobre todo petróleo, gas y carbón, con descuentos agresivos, e importa tecnología, maquinaria, coches y electrónica china que sustituyen lo que antes venía de Occidente.
La balanza es desigual: Rusia depende del yuan, del sistema de pagos chino (CIPS) y de la logística terrestre a través de Asia Central. En términos prácticos, China ha reemplazado a la UE como principal socio comercial y proveedor tecnológico, pero Rusia no ha podido sustituir sus exportaciones de alto valor añadido, quedando relegada a un papel de proveedor de materias primas. Es decir: Rusia se ha convertido en un suministrador cautivo. En definitiva, esa dependencia también lastra su papel de vieja potencia imperial que trata de proyectarse en su área de influencia.
En la revista Foreign Affairs, un artículo reciente, Russia Is Losing Its Near Abroad, describe cómo la guerra en Ucrania y los errores de Moscú están erosionando su primacía en Eurasia: el vecindario ya no la ve como garante de seguridad, sino como amenaza o lastre.




