Cuando George W. Bush llegó a la Casa Blanca, no tenía la menor idea de quién dirigía Pakistán y pensaba que los talibán eran una banda de rock. La política exterior (la política, en general) no era su fuerte, y por eso decidió rodearse de uno grupos de asesores con una larguísima carrera. Funcionarios y académicos formados, experimentados y con una agenda, ideológica y operativa, muy definida. Gente que había trabajado en la administración de su padre, pero también con Nixon, Ford y Reagan. Gente poderosa e influyente como Donald Rumsfeld, Colin Powell, Paul Wolfowitz, Richard Armitage o Condoleezza Rice, que le dio nombre informal, The Vulcans, al equipo. Gente, sobre todo, como Dick Cheney, fallecido este martes a los 84 años y el vicepresidente con más poder en la historia de EEUU.
Los vulcanianos, neoconservadores, halcones en materia exterior de Rusia a Irán, fueron definidos así en no poca medida porque pensaban que la forma de conducir a la gran y única superpotencia del planeta era con lógica, fríamente, sin emociones. Que no se podía bajar la guardia tras la caída de la URSS, porque el mundo era hobbesiano. Fueron ellos los que transformaron el país dando forma a la respuesta al 11-S. Y en el centro, con aversión a la sonrisa, tan inteligente como poco empático, él estaba sin duda en el centro.
Cheney, fue un insider como pocos en la capital, en la que lo fue todo: congresista, jefe de gabinete de la Casa Blanca, secretario de Defensa, consejero del Partido y de presidentes. La persona a la que llamar, el fixer que arreglaba cualquier cosa. Alguien con una idea clarísima del Estado, de su partido y de la sociedad y el país que quería dejar como legado. Siempre fue un estratega, un táctico, detrás de todas las grandes decisiones, pero en la sombra. Fue quien promulgó la Doctrina del Uno por Ciento, conocida como la Doctrina Cheney, que establecía que Estados Unidos podía y debía atacar preventivamente a cualquiera que pudiera representar una amenaza, en lo que se convirtió en un debate epistemológico que distinguía entre preventive y preemptive, algo que entretuvo a los académicos durante años.
La figura del vicepresidente en EEUU es muy extraña. En los primeros años de la República el puesto lo ocupaba el perdedor de las elecciones presidenciales o un rival directo del ganador. En el siglo XX pasó a ser una figura secundaria, que tenía sentido durante la campaña y poco más. Ayudaba a ganar aportando el voto de su Estado, o de su región, o de ciertos grupos demoscópicos, pero después era abandonado en un rincón, con poco o ningún poder, tareas como más que protocolarias y ningún acceso real al Despacho Oval. Esperando cuatro u ocho años con la esperanza de poder reemplazar al líder del mundo libre aprovechando su fama y contactos. Jimmy Carter fue el primero en dar la vuelta a la figura, apoyándose de verdad den Walter Mondale. Y Bush Jr, inexperto, aconsejado por su padre, delegó como nadie en Cheney.
Figura del 'Estado profundo'
Durante una década, el vicepresidente encarnó tanto el poder crudo y descarnado como la figura del Estado profundo. Muchos creen que sin Cheney en el equipo los republicanos no habrían sabido presionar al Tribunal Supremo y ganar las elecciones en ese histórico y polémico recuento de votos en Florida. "Allí tenía su propio imperio e iba a su propio ritmo", le dijo George H. W. Bush al historiador Jon Meacham sobre la vicepresidencia de Cheney, a quien dijo "no reconocer" y al que acusó de tener demasiada sed de poder.
Para millones de personas de todo el planeta fue el responsable, el arquitecto, de la Guerra contra el Terror y la invasión de Irak. De la separación y casi ruptura con Europa junto a su viejo amigo y colaborador Rumsfeld, nombrado secretario de Defensa. Para los demócratas y el movimiento progresista era, como Karl Rove (jefe de gabinete del presidente Bush) la encarnación 'maquiavelica' del mal, el tipo ideal, que diría Max Weber, del republicano a sueldo de las grandes empresas, de las petroleras, que sólo quería poder y dinero. El responsable de la Patriot Act, de la expansión de la vigilancia, el recorte de los derechos civiles, de la legitimación de la tortura como método de interrogación en la lucha contra el terrorismo.
El villano por excelencia que lejos de enfadarse adoptó con orgullo el calificativo de Darth Vader. Hasta que llegó Donald Trump. En sus últimos años, Cheney, y su hija, durante décadas representantes del conservadurismo rural por excelencia, fueron de los pocos que se opusieron abierta y frontalmente al multimillonario, diciendo que era un peligro para su partido, para el país y para la democracia. Llegando incluso a votar a Kamala Harris para intentar evitar su regreso. En vano.
Un ascenso vertiginoso
Nacido en Nebraska en 1941, Cheney fue admitido en Yale, pero acabó graduándose en universidades de Wyoming y Wisconsin. Pronto entró a trabajar en la Administración Nixon y ascendió peldaños a una velocidad vertiginosa, llegando a ser el responsable de la transición tras su caída y jefe de gabinete con su sucesor, Gerald Ford. El puesto clave en el Gobierno, el que conoce a todo el mundo, el que coge el teléfono cuando llaman al presidente y decide quién tiene acceso o no.
Después volvió a Wyoming y ganó cinco veces seguidas las elecciones al Congreso, siendo una figura clave del Partido en la Cámara baja. Hasta que Bush Jr. Lo llevó de vuelta al Ejecutivo, como todopoderoso secretario de Defensa, justo antes de la Guerra del Golfo o la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS. Cheney llegó con un mundo, dejó el cargo con otro muy diferente, con EEUU como única potencia. Y con una idea muy clara de todo lo necesario para mantener así el equilibrio global.Tras la victoria de Bill Clinton, se pasó al sector privado como presidente de Halliburton, algo que propició que para la mitad del planeta la Guerra de Irak fuera sólo la guerra por el petróleo.
Cheney, discreto, un obseso de los secretos, fue un conservador toda su vida, de los que abogan al mismo tiempo por un Estado pequeño, esto es, menos impuestos, y un ejército fuerte. Cheney tuvo un papel destacado en todas las facetas de la administración, desde la legislación diaria a la política económica, desde la composición de los tribunales a las normas medioambientales. Pero su campo de acción, en el que siempre se sintió más cómodo, fue la seguridad nacional. Ahí se volvió un icono, una figura casi mítica. Sin complejos, intervencionista, agresivo.
A Cheney le gustaba el poder. Su ambición era inmensa, pero de una manera completamente diferente a la de sus predecesores y sucesores. Nunca aspiró a la presidencia porque siempre estuvo más cómodo lejos de las cámaras. Tomando decisiones, moviendo los hilos, del Congreso al Ala Oeste, del Pentágono a los pasillos de la OTAN. Para muchos, él fue el presidente en la sombra durante ocho años, consciente al mismo tiempo de que no tenía la personalidad, la paciencia o el carisma para puestos de tanta exposición. A diferencia de su jefe, él escuchaba, leía los dosieres técnicos, le gustan los detalles y hacía los deberes.
Como vicepresidente y cerebro de la Casa Banca, fue uno de los más firmes defensores de la conocida como teoría del ejecutivo unitario, que Trump y sus asesores han llevado ahora al extremo. Una visión que reivindica amplios poderes constitucional para el presidente, especialmente en materia de seguridad nacional. Pensaba que el Congreso se había atribuido demasiadas funciones, especialmente tras el Watergate, y que la Casa Blanca era, siguiendo el diseño de los fundadores, la que debía tener la primera y última palabra en los temas más sensibles, sin tantos pesos y contrapesos frenándola. "Creo en una autoridad ejecutiva fuerte y sólida, y pienso que el mundo en que vivimos lo exige. Creo firmemente que, especialmente en la época actual y dada la naturaleza de las amenazas que enfrentamos, el presidente de los Estados Unidos necesita tener sus poderes constitucionales intactos, por así decirlo, en lo que respecta a la seguridad nacional".
En sus últimos tiempos en la Casa Blanca, cuando sus históricos aliados se habían ido y era el último de la vieja guardia, perdió influencia y se distanció mucho de Bush, llegando a un choque directo por el caso de Scooter Libby, jefe de gabinete de Cheney que fue condenado a 30 meses de prisión y una multa por filtrar la identidad de una espía y obstrucción a la justicia. El presidente conmutó la pena, pero no le dio un perdón, algo que Cheney jamás perdonó.
Después, su papel fue secundario, pero insistente. Siempre defendió su legado, incluyendo las torturas, las guerras de Irak o Afganistán y minimizando los errores de inteligencia, especialmente los referidos a las armas de destrucción masiva. Criticó la política exterior de Obama constantemente, mientras insistía a su propio partido en que el aislacionismo no era una opción.
En enero de 2021, se unió a los otros nueve ex secretarios de Defensa aún vivos (incluido Rumsfeld, quien falleció ese mismo año) para firmar una carta abierta en la que afirmaban que Trump había perdido las elecciones presidenciales de 2020 y que "tanto él como los actuales líderes del Pentágono estarían traicionando a su país si trabajaban para mantenerlo en el cargo. Las elecciones estadounidenses y las transiciones pacíficas de poder que resultan de ellas son la esencia de nuestra democracia", escribieron.
Aunque nunca dio un paso atrás, y era percibido como una fuerza de la naturaleza, su salud siempre fue precaria. Aquejado de problemas coronarios durante casi toda su vida adulta, sufrió cinco infartos entre 1978 y 2010. En 2012 se sometió a un trasplante de corazón, después de que le hubieran tenido que reparar aneurismas en arterias detrás de ambas rodillas, y ser tratado por un coágulo de sangre en la pierna izquierda tras pasar 65 horas en nueve días viajando en avión.
"Su amada esposa Lynne, con quien compartió 61 años de matrimonio, sus hijas Liz y Mary, y otros familiares lo acompañaron en sus últimos momentos. El ex vicepresidente falleció a causa de complicaciones derivadas de una neumonía y una enfermedad cardiovascular", informó su familia en un comunicado difundido el martes por la mañana.
