INTERNACIONAL
Guerra en Ucrania

Entre los Tomahawk y los Taurus, ¿qué misiles de largo alcance serían más útiles para Ucrania?

A Kiev le llevaría, con suerte, un año desde el momento en el que EEUU decidiera entregarle esos proyectiles hasta que estuviera en condiciones de lanzarlos

Militares de EEUU entrenan con el sistema de misiles Typhon en  Japón, el pasado septiembre.
Militares de EEUU entrenan con el sistema de misiles Typhon en Japón, el pasado septiembre.EJÉRCITO DE EEUU
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Los misiles Tomahawk estadounidenses se han convertido en el último equipo de material militar que quieren Ucrania y sus aliados europeos para que Kiev pueda hacer frente a una Rusia que parece haber perdido toda posibilidad de victoria, salvo que consiga mantener la guerra en marcha hasta que, por lo menos, cambien los Gobiernos de varios países europeos.

El pasado viernes se supo que el Pentágono habría dado luz verde para proporcionar misiles Tomahawk al Gobierno de Zelenski tras evaluar que no afectaría negativamente a las reservas de Estados Unidos, dejando la decisión política final en manos del presidente Donald Trump, según tres funcionarios estadounidenses y europeos familiarizados con el asunto que hablaron con CNN. De momento, el presidente ha zanjado el asunto diciendo en las últimas horas que el envío es algo que "no se plantea" -"supondría una escalada", argumenta-.

En todo caso, los Tomahawk no serían una llave maestra para que Ucrania se imponga militarmente a Moscú. Eso no se debe sólo a lo relativo a la voluntad política sino, también, a las limitaciones técnicas. A Kiev le llevaría, con suerte, un año desde el momento en el que Estados Unidos decidiera entregarle esos proyectiles hasta que estuviera en condiciones de lanzarlos.

Por el contrario, los misiles europeos Taurus, aunque tienen menor alcance, podrían ser operativos más rápido. Pero el canciller alemán Friedrich Merz, que hace apenas diez meses estaba en Kiev prometiendo al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, que le daría Taurus "si ganamos las elecciones", no quiere oír hablar de eso ahora. Sólo hay dos países europeos que tienen el Taurus. Uno es Alemania, que cuenta con 600 unidades. El otro, España, que tiene 43. El Gobierno de Pedro Sánchez no ha puesto nunca sobre la mesa dar esas armas a los ucranianos, y dada la composición del Ejecutivo español parece que eso no va a pasar. Los misiles fueron fabricados por una empresa conjunta formada por la división alemana del consorcio anglo-germano-francés MBDA y la compañía sueca Saab Bofors.

El mayor problema de los Tomahawk es la dificultad de Ucrania para lanzarlos. Desde que en 1987 Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Fuerzas de Alcance Medio (INF, por sus siglas en inglés), hasta 2024, esos misiles no se lanzaron desde tierra.

Los Tomahawk pasaron, así, casi 33 años desplegados en barcos -de superficie y submarinos- estadounidenses, que han disparado más de 2.000 unidades del misil contra once países. Irak, con 1.618, es el país contra el que esa arma, que entró en servicio en 1983 para hacer frente a la Unión Soviética, ha sido lanzada más veces.

Pero en 2019, Donald Trump retiró a Estados Unidos del INF, lo que abrió la puerta a que los misiles pudiera volver a lanzarse desde tierra. Así, en 2024 empezaron a desplegarse las baterías Typhon, del Ejército de Tierra de ese país, cada una de ellas con cuatro lanzadores que son a su vez capaces de disparar otros cuatro Tomahawk modificados para su uso en tierra.

En principio, eso podría abrir la puerta a la entrega de los Tomahawk a Kiev. Pero las cosas no están tan claras.

A día de hoy, solo hay dos baterías de Typhon activas. Una está en Filipinas. La otra está preparada para ser desplegada en el Pacífico, y este año estuvo de maniobras en Japón. El Departamento de Defensa -tanto con Biden como con Trump- ha sido muy renuente a dar sistemas de armas nuevos a Ucrania.

Así, parte de los famosos misiles ATACMS, que Washington lleva entregando con cuentagotas a Kiev desde hace un año, han pasado -o están a punto de hacerlo- su fecha de caducidad. Los misiles antiaéreos Stinger, con los que los ucranianos frenaron la invasión rusa en 2022, eran modificados antes de ser enviados a Kiev. Los estadounidenses les quitaban un microchip que no querían que cayera en mano de Rusia -que, a buen seguro, se lo enviaría a China- antes de ponerlos en los aviones que iban a Ucrania.

Eso hace muy improbable que Washington quiera dar un sistema nuevo y sofisticado como el Typhon a los ucranianos. Más aún cuando el sistema está diseñado para ser usado contra China, que para Estados Unidos es, de lejos, la prioridad de defensa número uno. La posibilidad de desarrollar un Typhon simplificado para Ucrania parece descartada. Y, en todo caso, eso no impediría la necesidad de transformar los Tomahawk que se transfirieran a Kiev.

Todo eso sin contar, además, con la complejidad técnica de los Tomahawk. Incluso aunque Washington mandara las versiones más antiguas del misil, este es una pequeña obra de arte tecnológica. Los Tomahawk actuales se guían sobre todo por GPS, lo que implica que, si Ucrania los usa contra Rusia, algún país - presumiblemente, Estados Unidos- está dejando que sus satélites den los datos a los ucranianos para que estos designen sus blancos dentro de Rusia.

Es algo que lleva pasando desde hace dos años, porque Ucrania usa ocasionalmente los HIMARS y los ATACMS para atacar regiones rusas fronterizas. Pero una cosa es golpear Belgorod, a 40 kilómetros de la frontera, y otra muy distinta una base o una refinería 1.500 kilómetros dentro de Rusia con un misil que lleva una cabeza explosiva de 400 kilos.

Los Tomahawk tienen un sistema de guiado complementario que en las unidades más viejas es el principal, el llamado TERCOM, que no fue diseñado por ninguna empresa sino por la Universidad Johns Hopkins en la década de los setenta.

El TERCOM (que son las siglas en inglés de Emparejamiento de Contorno del Terreno) hace que el misil compare el mapa electrónico que tiene de las regiones que debe sobrevolar con lo que está sobrevolando en realidad. Así, el proyectil "sabe" por dónde debe ir, lo que le permite trazar rutas imprevisibles que hacen que derribarlo sea una tarea complicada, incluso para una defensa antiaérea supuestamente sofisticada como la rusa. Los datos para alimentar al TERCOM se obtienen por radar, por satélite, y con aviones-espía.

Así es como estos misiles pueden volar rozando el mar o, si van sobre tierra firme, a un altura de entre 30 y 50 metros, por 1.600 kilómetros -casi tanto como de Madrid a Berlín- para dar en el blanco dentro de un radio de error de 7 metros y diez centímetros en el 50% de los casos (eso sí, si el GPS se equivoca, el Tomahawk puede estrellarse a cientos de kilómetros de su destino, como ha pasado en varias ocasiones).

Soldados de EEUU colocan botes de entrenamiento en unos ejercicios en Luzón (Filipinas).
Soldados de EEUU colocan botes de entrenamiento en unos ejercicios en Luzón (Filipinas).EJÉRCITO DE EEUU

Todos estos problemas de adaptación de los misiles, fabricación de un sistema de lanzamiento, y complejidad del manejo del sistema son considerables. Estados Unidos teme además que la tecnología de los Tomahawk y de los Typhon pudiera caer en manos rusas. El propio Donald Trump lo dijo el 12 de octubre, cuando declaró que sólo entrenar a los ucranianos a que usen el misil llevaría entre seis y 12 meses. Trump, entre cuyas virtudes no está la de fiarse de nadie, acabó diciendo que "la única manera de que un Tomahawk sea disparado es si lo disparamos nosotros, y no vamos a hacerlo".

El uso del Taurus alemán es un caso algo menos complicado, pero aun así difícil. Es un misil destinado a 'reventar' objetivos protegidos, como búnkeres o grandes obras de infraestructura, por lo que puede ser muy eficaz para los ucranianos y, al contrario que el Tomahawk, está hecho para ser lanzado desde aviones de combate.

Aparte, tiene una ventaja clara sobre el Tomahawk: está hecho para ser lanzado desde aviones de combate. El problema es que a día de hoy Ucrania no tiene ninguno de los modelos a los que se puede ensamblar el misil. Adaptar el Taurus a los F-16 de Ucrania llevaría meses y, encima, tiene un factor de incertidumbre, porque habría que integrar el software del proyectil (europeo) con el del avión (estadounidense) y no está claro que, en un momento de enormes suspicacias trasatlánticas, Berlín y Washington estén muy dispuestos a compartir entre sí los secretos de los cerebros de ambos tipos de armas.

El misil europeo es más pequeño, tiene un alcance de sólo la tercera parte del estadounidense, y nunca ha sido probado en combate. Pero su 'indetectabilidad' al radar es muy alta, tanto por su diseño como por el material en el que está cubierto.

Todo eso lo haría ideal para Ucrania. Pero ahí entra de nuevo su sistema de guiado y detección de blancos, que es extremadamente sofisticado. El Taurus tiene uno de los sistemas de guiado más avanzados de cualquier misil de crucero, al combinar GPS, seguimiento del terreno y correlación óptica de imágenes para lograr una alta precisión incluso en entornos con fuertes interferencias electrónicas.

El Taurus emplea uno de los sistemas de guiado más avanzados de cualquier misil de crucero moderno, al combinar GPS, seguimiento del terreno y correlación óptica de imágenes para lograr una alta precisión incluso en entornos con fuertes interferencias electrónicas.

Su filosofía de diseño enfatiza la autonomía y la independencia respecto a los GPS. Eso vuelve a hacerlo difícil de usar sin un entrenamiento que, según MBDA, puede durar un año o más. Y, finalmente, queda la duda de si Alemania va a permitir que los ucranianos tengan acceso a los secretos de esa joya tecnológica y a arriesgarse a que Rusia se haga con ellos.