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En el supuesto de que el primer ministro británico, Keir Starmer, tuviese alguna remotísima expectativa de que sus condiciones para que el Reino Unido no reconozca en cinco semanas al Estado palestino fueran a ser cumplidas, la decisión del Gobierno de Israel de comenzar la ocupación militar de Gaza las ha eliminado.
Porque, cuando Londres anunció que reconocerá a Palestina en la próxima Asamblea General de la ONU, puso como requisitos para no hacerlo que Israel adoptara "medidas sustanciales" para poner fin a la crisis humanitaria en Gaza, se comprometa a no anexionar Cisjordania, y entre en un proceso de paz a largo plazo que permita la creación de un Estado palestino junto al actual Estado de Israel que, tal y como explica su legislación, es judío.
Son condiciones imposibles de cumplir, aunque sólo sea porque el partido conservador Likud, al que pertenece el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, proclama explícitamente que Cisjordania "permanecerá bajo soberanía israelí". Además, el pacto de gobierno de 2022 del Likud con dos de sus socios de coalición, Sionismo Religioso ('HaTzionut HaDatit') y Poder Judío ('Otzma Yehudit'), establece una anexión de facto de Cisjordania. Respecto a las demandas de Starmer a Hamas -liberación de los rehenes, y, en la práctica, disolución- nadie esperó nunca que fueran a ser cumplidas.
Así que, con su decisión de empezar a ocupar Gaza, Netanyahu y sus socios de coalición han cambiado el tablero de ajedrez político del Reino Unido. Gaza es uno de los grandes frentes en ese tablero, no tanto entre los populistas de derechas del Reforma Party, los conservadores Tories y el Partido Laborista, en el poder, sino entre este último y los populistas de izquierdas del recién creado Your Party ('Tu Partido'), del Partido Verde y de la izquierda laborista.
De hecho, la entrada de las Fuerzas de Autodefensa de Israel en Gaza ya ha reforzado a ese sector del espectro político, que amenaza con provocar una sangría por el flanco izquierdo al Partido Laborista, y que exige la suspensión inmediata de la venta de armas británicas a Israel. Hasta los liberal-demócratas han pedido el embargo de armas a Israel, lo que, técnicamente, deja al Partido Laborista a la derecha de los centristas, una posición difícilmente conciliatoria para la izquierda.
Por de pronto, ayer sábado hubo manifestaciones pro palestinas en el centro de Londres. Esos actos son casi una constante en la capital británica. Pero en esta ocasión el número de asistentes se vio considerablemente reforzado por la decisión de Israel de entrar en Gaza, lo que acabó causando cerca de 500 detenciones. Pero, por mucha presión que hagan los disidentes laboristas que siguen al ex candidato a primer ministro de ese partido Jeremy Corbyn y a la diputada Zarah Sultana, es muy difícil que Starmer suspenda las ventas de armas a Israel, entre otras cosas porque, con Donald Trump en la Casa Blanca, no es completamente descartable que EEUU reaccionara limitando su cooperación militar con el Reino Unido, algo que ese último país necesita para mantener su relevancia estratégica. Por de pronto, Tel Aviv ya ha informado a Londres de que va a hacer exactamente eso en el instante en el que el reconocimiento se produzca.
Verse atrapado en el conflicto israelí-palestino es lo último que Starmer necesita en un momento en el que el 'ultra' Partido de la Reforma de Nigel Farage -que respalda sin ambages a Netanyahu- sigue subiendo, y la popularidad del primer ministro continúa bajo mínimos. Pero embrollarse con Oriente Próximo es casi una tradición de la política británica. Londres no sólo fue la potencia colonial dominante en Oriente Próximo. También fue el país que promovió la creación del Estado de Israel en noviembre de 1917 con la carta del entonces ministro de Asuntos Exteriores británicos, Arthur Balfour, al presidente del Consejo Mundial Judío, Lord Walter Rothschild, para que éste la transmitiera a su comunidad, en la que anunciaba que "el Gobierno de Su Majestad ve favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío".
Así, hace 117 años, con lo que se dio en llamar 'la Declaración Balfour', el Gobierno del Reino Unido se convirtió en el primero en reconocer oficialmente la legalidad del movimiento sionista, establecido formalmente dos décadas antes, que promovía la creación de un Estado judíos. Paradójicamente, la mayor parte de los fundadores del sionismo, empezando por su figura más relevante, Theodor Herzl, no eran religiosos y veían el judaísmo más como una identidad social y cultural que espiritual. Lo de que figuras laicas -si no totalmente ajenas a la religión- funden Estados basados en una identidad religiosa no es algo exclusivo de Israel. Paradójicamente, Mohamed Ali Jinnah, el fundador de uno de los países 'oficialmente' más musulmanes del mundo, Pakistán, no practicaba de forma habitual esa religión, que veía más bien, en el estilo de Herzl, como un fenómeno cultural y unificador de la identidad nacional.
La 'Declaración Balfour' se produjo en buena medida en el contexto de la Primera Guerra Mundial, pero fue uno de los elementos que marcaron el inicio del compromiso del Reino Unido en Oriente Próximo. Londres se ha visto desde entonces involucrado en una región que, paradójicamente, sólo controló de manera absoluta en la época de decadencia de su imperio global, pero en la que su influencia persistió durante mucho más tiempo que en otras regiones, en especial en la verdadera joya de la corona, que era el subcontinente indio.
Y, como suele ser habitual en Oriente Próximo, el Reino Unido salió habitualmente escaldado de allí, aunque también cabe decir que aceptó sus fracasos con mucha más deportividad (o acaso con más vocación imperial) que sus primos del otro lado del Atlántico, Estados Unidos. Londres siempre apoyó la creación de Israel, a pesar de que en julio de 1946 el grupo terrorista judío Irgun voló por los aires el Hotel Rey David de Jerusalén, en el que estaban las sedes del Gobierno civil y del Alto Mando militar del Reino Unido en Palestina. Fueron asesinadas 91 personas, entre ellas 28 ciudadanos británicos.
El ataque el Hotel Rey David es el tercer peor atentado en cuanto a víctimas que ha sufrido el Reino Unido en su Historia, sólo por detrás de otros dos, también vinculados a Oriente Próximo: el de Lockerbie, organizado por el dictador libio, Moamar Gadafi, con 54 muertos, en 1988, y el Londres, realizado por Al Qaeda, con 51 fallecidos británicos, en 2005. Pero ha quedado borrado de la memoria. Cuando el año que vie ese cumplan 80 años de la matanza, es poco probable que nadie lo recuerde. El organizador, Menahem Begin, se convirtió en primer ministro de Israel por el Likud -el mismo partido que Netanyahu- y, en un curioso giro de la Historia, ganó el Premio Nobel de la Paz por firmar los históricos acuerdos de Camp David, en virtud de los cuales su país y Egipto firmaron la paz y se abrió el lento y tortuoso camino hacia la paz en Oriente Próximo.
Es una paz que, aunque ha registrado algunos avances trascendentales, todavía sigue muy lejana. Y, de nuevo, el país que mejor lo sabe de Europa es el Reino Unido. De hecho, Londres y París -no Estados Unidos- fueron los países que transformaron a Israel en la avanzada de Occidente en la región, un papel que Tel Aviv sigue clamando para sí, y que muchos continúan confiriéndole.
Reino Unido y Francia no lo hicieron por hacer ningún favor a Israel sino por un intento desesperado, chapucero y patético por seguir siendo potencias coloniales. Fue en 1956. El presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, había nacionalizado el Canal de Suez, una entidad franco-británica, y autorizado a los grupos terroristas palestinos a lanzar ataques contra Israel desde el Sinaí y, precisamente, Gaza, que entonces estaba bajo soberanía de Egipto. La 'genial' idea de los primeros ministros británico y Francés, el conservador Anthony Eden y el socialista Guy Mollet, respectivamente, fue pactar con Israel una operación en la que los soldados hebreos conquistarían el Sinaí y, a continuación, Londres y París mandarían tropas 'de interposición' a la región que, por pura casualidad, controlarían el Canal de Suez.
La operación militar cumplió sus objetivos. Pero desde el punto de vista político, aquello fue un desastre. No fue Egipto, ni la Unión Soviética, quien obligó a Israel, Francia y Reino Unido a retirarse: fue Estados Unidos, donde el presidente, el republicano, Dwight D. Eisenhower, llegó a imponer sanciones económicas a esos tres países para que abandonaran los territorios que habían ocupado. Reino Unido se olvidó, así, de sus sueños imperiales, al menos si éstos no iban respaldados por Washington. Once años más tarde, el primer ministro laborista Harold Wilson reconocía que Londres no podía mantener sus bases militares "al Este de Suez", aunque todavía hoy tiene instalaciones militares en el Golfo Pérsico.
Aun así, el Reino Unido sigue involucrado en Oriente Próximo. Sus Fuerzas Armadas jugaron un papel importante en la defensa de Israel en los dos ataques con misiles y drones que ese país sufrió el año pasado a manos de Irán (otra ex colonia británica en la que Washington y Londres sí colaboraron de manera eficiente en 1953 para salvaguardar los intereses de la petrolera que entonces se llamaba Anglo Iranian Oil y hoy es BP). Maestros en el arte de la contrainsurgencia, los británicos libraron una guerra secreta en Omán en las décadas de los sesenta y setenta. Y su diplomacia ha sabido mantener unas excelentes relaciones con árabes e israelíes. No en balde, Londres tienen una muy considerable comunidad judía, una enorme población inmigrante árabe y, también, es la 'segunda casa' de un considerable número de multimillonarios de las petromonarquías. Pero esos éxitos no impiden que el laberinto de Oriente Próximo sea un peligro permanente para cualquier primer ministro británico. No se trata sólo de no entrar en él. Más bien, se trata de que el laberinto no lo atrape a uno sin darse cuenta. Ésa es la disyuntiva de Keir Starmer.


