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Son las 14:00 de la tarde cuando Alberto y Carmine se bajan del coche para abrir el imponente portón de hierro que separa el mundo exterior de Pastificio Futuro. Es jueves. Falta media hora para que abra la tienda de esta pequeña fábrica de pasta seca al público cuando se topan con la reportera y el fotógrafo en la estrecha carretera que la rodea. "¿Sois los periodistas españoles que me contactaron?", pregunta el primero. Asentimos. "Adelante, adelante", responde. "Os enseñamos las instalaciones".
Ahora bien, esta no es una fábrica de pasta cualquiera. No todas las fábricas de pasta están rodeadas por muros de 10 metros de altura, coronados con alambre de espino, ni se encuentran dentro del complejo de una cárcel para menores, empleando a ex presos para ayudarles en su reinserción social y laboral y evitar la reincidencia. Tampoco todas cuentan con la bendición del propio Papa Francisco, que impulsó este proyecto social de la cooperativa social Gustolibero Onlus para "darles esperanza a quienes más la necesitan".
"Todo remonta a marzo de 2013", comienza Alberto Mochi Onori, representante legal de Gustolibero Società Cooperativa Sociale Onlus. "El Papa Francisco estaba visitando la cárcel de menores 'Instituto Penale Maschile e Femminile per Minorenni Casal del Marmo' para la ceremonia anual del lavatorio de pies a los jóvenes reclusos con motivo de la Pascua. Y al final de la visita, pronunció una breve homilía, proclamando: '¡No os dejéis robar la esperanza!'", relata a EL MUNDO. El Pontífice estuvo acompañado en esa visita por el entonces capellán de la prisión, Gaetano Greco, "a quien le dijo: 'Tenemos que hacer algo con estos chavales'". Y así nació de esta premisa: alimentar la esperanza de una mañana mejor.
"La Conferencia Episcopal Italiana y el Papa Francisco pusieron el dinero inicial", cuenta Alberto en la entrada del punto vendita, donde reciben a clientes durante cuatro horas, de lunes a viernes. El resto de la financiación, explica, "provino del Estado italiano, que nos otorgó un dinero a fondo perdido con la condición de que la idea funcionase". Hacía falta "mucho dinero", porque el edificio se ideó para tener 500 metros cuadrados.
El plan del proyecto -que también contó con el apoyo de la Dirección de Casal del Marmo, bajo el cargo del Departamento de Justicia Juvenil y Comunitaria- se presentó en enero de 2015 y, a principios de 2022, el padre Greco dio su bendición al armazón del edificio, que sigue formando parte del complejo penitenciario, aunque ahora con entrada independiente. "Era una antigua dependencia de la prisión que no se utilizaba porque los chavales se fugaban de ella. Entonces, derribaron lo que había y construyeron este edificio, rodeado por sus propios muros, para que no tenga conexión directa con la cárcel", explica el representante de Gustolibero.
Al cruzar el umbral del edificio, nos vemos rodeados de paquete tras paquete de pasta. Detrás del mostrador, un retrato del padre Greco observa en silencio. Fallecido en mayo de 2024, su imagen parece custodiar el lugar: la fábrica que ayudó a levantar con fe, intuición y el firme propósito de responder al llamamiento del Papa. Contra una de las paredes, una estantería exhibe más paquetes de maccheroni, calamarata y mezze maniche, junto a una fotografía en la que el Papa Francisco bendice una bandeja de pasta. Es la única que guarda esa imagen, por lo que nunca sale a exhibirse en otras tiendas.
"Diez años después de haber dado el impulso a este proyecto, el Papa regresó a Casal del Marmo en abril de 2023 para una nueva ceremonia del lavatorio de pies. No llegó a bajar hasta la fábrica, que ya estaba en funcionamiento, así que le subimos una bandeja de caserecce recién salidas de la línea de producción para que las bendijera", cuenta orgulloso Alberto.
En el laboratorio, Pastificio Futuro produce diez variedades de pasta con una prensa capaz de elaborar hasta 220 kilos por ciclo y cuatro secadores. "Cuanto más podemos aumentar la producción, a más jóvenes podemos dar trabajo, y también más podemos ajustar los precios, porque la pasta es barata de hacer", explica Alberto mientras nos guía por las distintas salas del edificio.
Detrás de la tienda se encuentra una pequeña sala de reuniones, donde se congregan los trabajadores y se reciben visitas de colegios de la zona. Al fondo, a la derecha, se accede al laboratorio, donde pueden producir entre una o dos toneladas al día. Siguiendo el recorrido en sentido horario, se llega a la sala de empaquetado -"todo se hace manualmente"- y, justo antes de regresar a la tienda, al almacén, donde se apilan cajas del suelo al techo, listas para ser enviadas a "clientes online en Italia, Francia e incluso España, así como a restaurantes o supermercados del área metropolitana de Roma".
Carmine lleva poco más de un año en Pastificio Futuro. Tiene 23 años -a diferencia de España, en Italia estas cárceles acogen a jóvenes de hasta 25 años si ingresaron cuando tenían menos de 18- y forma parte de la veintena de ex reclusos de Casal de Marmo que actualmente trabajan en la fábrica. Al decidir unirse a la cooperativa, le conmutaron la pena, y ahora vive bajo arresto domiciliario.
"El perfil de los que entran aquí suele ser el de personas que no tienen la cabeza en su sitio. Si no tienen una alternativa, vuelven a caer", lamenta. "Pero cuando los chavales entran aquí, vienen con una mentalidad y salen con otra. Una de querer trabajar y ordenarse. El proyecto funciona muy bien", asegura, mientras ordena unas cajas. "El hecho de trabajar te da esperanza", añade, haciendo eco de la exhortación del Pontífice.
Aunque el joven se encuentra lejos del bullicio del Vaticano, donde turistas, fieles y periodistas se agolpan estos días para dar el último adiós al Papa Francisco, la muerte del Pontífice le ha afectado profundamente. "Estaba en el coche con mi novia cuando me lo contó. Me paré y me quedé bloqueado durante 10 minutos, porque no podía creerlo", relata. "Como había visto que había vuelto a comparecer en público en los días anteriores, no me lo esperaba para nada".
Tanto a Alberto como a Carmine les apena que el Santo Padre nunca llegó a ver en persona el proyecto que él mismo impulsó. "Me sentí muy triste porque el Papa ha hecho mucho por nosotros", comparte el primero, a lo que añade el joven: "Fue el primer en promover esta iniciativa y, como nos ayudó tanto, me sabe mal que no haya visto en lo que hemos convertido. Me hubiera gustado que lo hubiera pedido ver".
Tras comprar varios paquetes de pasta como souvenir, emprendimos el camino de vuelta hasta la estación de tren por una carretera interminable. A mitad de trayecto, un policía de la cárcel de menores, que acababa de salir de su turno, paró y ofreció llevarnos en su furgoneta hasta allí. "La pasta es muy buena", nos dice nada más ver nuestras bolsas de plástico. Aprovechamos para preguntarle qué le parece el proyecto.
"La pasta es un poco más cara de lo habitual porque no es una fábrica de producción masiva y utilizan harina de buena calidad de aquí [de Italia]", empieza. "Pero la gente está dispuesta a pagarla porque ve que tiene un impacto social", subraya. "Pastificio Futuro es fundamental porque ayuda a los jóvenes a mantener ocupadas las manos, pero, sobre todo, la cabeza".





