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La candidata demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, Kamala Harris, está en ese extraño periodo de gracia en el que todo lo que toca lo convierte en oro electoral. El miércoles de la semana pasada dio otro ejemplo de ello. Harris estaba dando un mitin en un hangar en el aeropuerto de Detroit, en la gira de presentación de su compañero de candidatura, el gobernador de Minnesota Tim Walz, cuando un grupo de simpatizantes propalestinos empezó a gritar: "¡Jefa del genocidio!", en referencia a la ayuda dada por el Gobierno de Joe Biden -del que Harris es vicepresidenta- a Israel en la guerra de Gaza. "Si queréis que Donald Trump gane, decidlo. De lo contrario, estoy hablando yo", fue la respuesta de Harris, seguida de una mirada que muchos compararon a la de una maestra de Secundaria cuando explica a la clase que se acabaron las bromas.
Fue una mirada que duró más de medio minuto porque, literalmente, el hangar casi se vino abajo con la ovación de apoyo a Harris. Y, como muestra irrefutable de que la candidata demócrata es, al menos por ahora, la favorita de los siempre volubles dioses de las elecciones, es que su mirada a los propalestinos se ha hecho viral. Lo que podría haber sido un pinchazo, encima en el mitin con más público -15.000 personas- que Harris ha dado desde que fue ungida para suceder a Joe Biden, se ha convertido en un éxito en las redes sociales.
Que Harris haya sido capaz de transformar un frente intratable de desgaste electoral para Biden en una victoria es más que noticioso. La zona metropolitana de Detroit tiene la mayor población de origen árabe de todo Estados Unidos, y su desafección hacia el presidente por la guerra de Gaza era uno de los principales peligros para la reelección de Biden en un estado, Michigan, que el todavía inquilino de la Casa Blanca necesitaba ganar sí o sí para ser reelegido.
Pero una golondrina no hace verano, y son las urnas, no los memes, quienes deciden quién gana las elecciones. Con la guerra en Gaza en su décimo mes, los choques entre Israel y Hizbulá endureciéndose y el peligro real de que Irán lance otro ataque sobre el Estado judío similar al del 12 de abril, Harris, más allá de las respuestas brillantes y de las miradas con impacto, tiene en Oriente Próximo un campo de minas -otro más- en su camino a la Casa Blanca. Su política de no dar detalles específicos sobre nada va a agotarse, como muy tarde, el 22 de agosto, cuando acepte formalmente su nominación en la Convención Demócrata de Chicago, y volverá a ser puesta a prueba en el debate televisado con Trump del 10 de septiembre.
La política de Harris en relación a Oriente Próximo y a Irán es, como casi todo en ella, una incógnita, porque entre sus virtudes no parece estar la de interesarle la política exterior ni tener unos principios ideológicos fuertes. En todo caso, su actitud y la de sus asesores parece estar en la línea de las de Barack Obama y Joe Biden, pero con un apoyo algo más matizado a Israel y una apertura un poco mayor hacia Irán, aunque, dada la situación en ese país y sus relaciones con EEUU y sus aliados, esa posibilidad parece un sueño más que otra cosa.
Es cierto que Harris ha participado en más de 20 llamadas telefónicas entre Joe Biden y el primer ministro israelí -defensor de Donald Trump- Benjamin Netanyahu. Pero no lo es menos que la política exterior de EEUU- y, en especial, la de Oriente Próximo, la lleva el director de la CIA, William Burns -verdadero jefe de la diplomacia del país de facto- y el secretario de Estado, Tony Blinken. Harris tiene una excelente relación personal con el presidente de Israel, el laborista Isaac Herzog, y con varios líderes del Golfo. Y ha sido encargada por Joe Biden para trazar un plan para Gaza cuando la guerra acabe, lo que es algo así como decir para quién sabe cuándo. Tan escasos y ambiguos vínculos con la región hacen que nadie sepa con certeza su política hacia la zona. Posiblemente, ella tampoco.
Sí hay una cuestión generacional. Harris no se siente tan cercana a Israel como Biden. La generación silenciosa -a la que pertenece Biden- y los baby boomers -de la que forma parte Trump- se encuentran más cerca del Estado hebreo que la generación X -en la que está Harris- y no digamos ya los millennials y la generación Z (que son quienes tienen entre 22 y 42 años). Para la cohorte demográfica de Harris, la relación de Israel con el Holocausto es algo más intelectual que emocional porque nacieron mucho después de la Segunda Guerra Mundial.
La generación X no vivió una Guerra Fría en la que Tel Aviv era el baluarte de Occidente frente al nacionalismo árabe prosoviético, la humillación del asalto a la embajada de Estados Unidos en Irán por los seguidores del ayatolá Jomeini o los 241 soldados muertos en un atentado de Hizbulá en 1983. Su gran momento en política exterior fue los atentados terroristas del 11-S, que no tuvieron nada que ver con esos países y sí con Afganistán y con Arabia Saudí y Pakistán, dos países a los que las generaciones de Biden y Trump ven, caiga quien caiga, como aliados de Estados Unidos.
Eso se plasma en los hechos. Ya desde diciembre, Harris ha sido la voz que dentro del Gobierno de Biden más ha reclamado un alto al fuego en Gaza. Pero esa posición parece haberse debido en parte al cálculo político del Ejecutivo de EEUU, que necesitaba una voz de peso para contrarrestar, por lo menos de cara a la opinión pública de izquierdas, su apoyo sin fisuras a Israel. Harris se prestó a ello, posiblemente porque también, a un nivel personal, lo creía. Pero, más allá de sus palabras, no consta que intentara nada, en parte porque el vicepresidente, en Estados Unidos, tiene tanto poder como "un caldero con pis caliente" (según el vicepresidente John Gaerner) o "la utilidad de la quinta teta de una vaca" (según Harry Truman, que le sucedió en el cargo y, al menos, acabó siendo presidente).
La vicepresidenta, además, sabe que todo lo que tenga que ver con Oriente Próximo es un terreno políticamente muy peligroso. Especialmente este año. El principal grupo de presión proisraelí en Estados Unidos, la Aipac, ha lanzado una campaña sin precedentes en las primarias demócratas contra los congresistas de ese partido que han adoptado una posición opuesta a la política de ese país en Gaza. Hasta la fecha, se han cobrado dos cabezas: la de la representante por Missouri Cori Bush y la de su correligionario por New Jersey, y una de las figuras más prominentes de la izquierda demócrata, Jamaal Bowman.
Harris no va a tener ese problema. Aunque no ha elegido al gobernador de Pensilvania, el judío y defensor de la actuación de Israel en Gaza Josh Shapiro como candidato a vicepresidente, no ha tenido ningún problema en un Gobierno en el que el secretario de Estado, Toni Blinken, el fiscal general, Merrick Garland, la del Tesoro, Janet Yellen, el de Seguridad Interior, Alejandro Mayorkas, y la directora nacional de Inteligencia, Avril Haines, son judíos. Su máximo asesor en política exterior y de seguridad es Phil Gordon, que se sitúa en la línea de los gobiernos de Joe Biden y Barack Obama de búsqueda de un entendimiento lo más amplio posible con Irán, algo que, como todos admiten -incluyendo el círculo inmediato de Harris-, a día de hoy es imposible.

