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La historia del último siglo de la Monarquía británica se puede contar y entender a través de las fotografías, siempre icónicas, de las apariciones de la familia real en la balconada de Buckingham. Cada saludo desde la fachada de Palacio es bien escrutado por todo interesado en la institución por la cantidad de información que desprende. No puede extrañar, así, que hubiera tanta expectación acerca de si la princesa Kate iba a reaparecer o no justo en el Trooping the Colour. Como tampoco que el mismo rey Carlos III pidiera expresamente a su nuera que lo hiciera. Y es que la foto este sábado habría enviado al mundo señales del todo opuestas si ella, el miembro más popular de la dinastía, no hubiera salido en la misma. Probablemente hasta el respeto que los medios británicos han mantenido en las últimas semanas, haciendo todos piña para permitir a la princesa disfrutar de total tranquilidad en su recuperación, se habría resquebrajado ante un retrato de los Windsor incompleto. Rumores sobre su salud habrían vuelto a colarse por las rendijas de los mentideros. Y Carlos III habría fracasado en su intento de que las celebraciones por su cumpleaños oficial, una de esas grandes ocasiones en las que el pueblo británico revalida cada año la comunión con su Monarquía, sirvieran como punto de inflexión para dejar atrás seis meses de annus horribilis y devolver a la Corona toda su pompa y su máximo esplendor.
Con los fastos tan recientes en Normandía por el 80º aniversario del Día D -el principio del fin de la mayor carnicería de la humanidad-, a muchas retinas vendrá la fotografía tantas veces difundida de la familia real en el mismo balcón de Buckingham del 8 de mayo de 1945, el Día de la Victoria, cuando una auténtica marea se fundió con su dinastía para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial. Jorge VI y su consorte, junto a sus dos entonces jóvenes hijas, las princesas Isabel y Margarita, le dejaron, eso sí, al primer ministro, Winston Churchill, que ocupara la posición central para la foto.
No sería aquella, ni mucho menos, la única vez que Isabel, en poco tiempo ya convertida en la reina que ocuparía el trono nada menos que 70 años, disfrutaría del apoyo de su pueblo al asomarse para saludar con las manos enguantadas desde una balconada que irradia tanto efecto hipnótico y majestad como si se tratara del mismo trono. Son incontables las instantáneas en este lugar a través de las que se puede repasar la biografía de la soberana más grande de la historia británica. Como la de junio de 1981, también con motivo del Trooping the Colour, en la que por primera vez apareció en la foto Diana, a escasas semanas de casarse con el príncipe Carlos. O la de 2005, cuando quien se coló en el retrato fue la hasta entonces odiada Camila, hoy meritoria reina consorte. O la de la última aparición de Isabel II, en 2022, con motivo de su Jubileo de Platino, pocos meses antes de su muerte.
Fue aquella una fotografía agridulce para la respetada jefa de Estado. Porque, si bien pudo sentir una vez más la gratitud de sus conciudadanos por toda una existencia dedicada a servirles, tal como había prometido en su discurso de coronación en 1954, hubo que dejar fuera de la instantánea a los díscolos de la dinastía, que tantos quebraderos de cabeza le habían causado al final de su mandato. Y es que, a modo de cordón sanitario por tantos escándalos, se impidió que se asomaran al balcón tanto el príncipe Andrés como Harry y Meghan, a pesar de que los tres se encontraban dentro del Palacio.
Porque en los saludos desde la fachada de Buckingham cuentan tanto las presencias como las ausencias, claro. Incluso las últimas pesan muchas veces hasta más. Y lo dice casi todo sobre el proceso de racionalización y modernización de la institución el que se haya pasado de aquellas balconadas abarrotadas con decenas de miembros de la dinastía en torno a la reina, cuando la familia real alcanzaba a todos los parientes vivos de la soberana, a la familia real mucho más reducida que caracteriza el reinado de Carlos III. Una idea fuerza de la Monarquía actual que volvió a simbolizarse este mediodía con la presencia exclusiva de los llamados miembros en activo -además, claro, de los hijos pequeños de Guillermo y Kate-.
La foto de este sábado nos muestra una familia real resiliente, crecida ante la adversidad, que recupera el control del relato y que aguarda ya con más esperanza que impaciencia la vuelta de la princesa de Gales a la agenda. Se puede dar por superada otra crisis de la Monarquía, de nuevo transformada en oportunidad para revalidar el imprescindible apoyo ciudadano.

