ESPAÑA
El último escaño

Sánchez y el narcisismo del caos

Pedro Sánchez
Pedro SánchezDavid Ramirez / Araba PressAraba
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En la reciente reunión del Gobierno estadounidense para celebrar los primeros cien días de mandato de Trump, ¡que parecen mil!, se produjo una escena tan ridícula como reveladora: Pam Bondi, la fiscal general nombrada por Trump tras años de probada lealtad, y con vínculos en la Cienciología, tomó la palabra para alabar el trabajo de su jefe con tal pasión, entrega y desvergüenza -«nunca se ha visto una presidencia como la suya, nunca, nunca, gracias»- que de inmediato convirtió el elogio en una involuntaria pero demoledora parodia del trumpismo galopante.

Así lo percibió el secretario de Estado, Marco Rubio -junto a Scott Bessent, secretario del Tesoro, de los pocos con dos neuronas en funcionamiento en ese gabinete-, cuyo gesto pretendidamente hierático apenas podía disimular la vergüenza ajena que estaba pasando, mientras a su lado Trump asentía, satisfecho, tras cada uno de los piropos que Bondi dedicaba a su insaciable megalomanía.

La expresión de Rubio, entre incómoda, resignada y cómplice, es la misma que vi reflejada este lunes en el rostro de muchos de los empresarios y altos ejecutivos que asistieron al discurso inaugural de Pedro Sánchez en las jornadas del Círculo de Economía en Barcelona.

Mientras el socialista se dirigía a la elite empresarial como si fueran militantes del PSOE -unos Koldo cualquiera-, dedicándoles un discurso vacío, simplón, mitinero y plagado de mentiroso triunfalismo y de excusas baratas para eludir toda responsabilidad en la gestión de la DANA, el apagón eléctrico o el permanente caos ferroviario, la mayoría del auditorio -si descontamos, claro, a los asalariados socialistas allí presentes en modo pelota Bondi- trataba de disimular el alipori general.

La imagen que dejó Sánchez en Barcelona fue la de un narciso hablándole al espejo, encantado consigo mismo y sin importarle el público que tenía delante, ni percatarse de la frialdad con la que fue recibido por los empresarios catalanes -sin aplausos- y luego despedido con unos discretos aplausos de cortesía.

Un ambiente tan distinto al de la fervorosa acogida que le dispensaron en este mismo foro en 2021, tras el anuncio del indulto a los líderes del procés. Entonces la elite catalana vio en Sánchez un aliado y una oportunidad para recuperar el poder perdido; ahora asume lo que es obvio para casi todos: Sánchez ya no gobierna. Incapaz de conservar la mayoría de la investidura y de aprobar unos presupuestos, solo resiste en la Moncloa mientras la corrupción político-familiar le acecha y España lidera en Europa los índices de la vergüenza: paro juvenil, abandono escolar, absentismo laboral, pobreza infantil, baja productividad, consumo de marihuana...

Es precisamente esta condición de narciso de Sánchez -mal que también padece Trump y otros dirigentes con disfunción autócrata- la que le hace inmune a su pésima gestión y le permite sobrevivir a situaciones que habrían acabado hace tiempo con la mayoría de las carreras políticas.

Ensimismado en su figura y su ficción autorreferencial, Sánchez no considera que deba asumir responsabilidad alguna -como le exige la oposición y la decencia- porque no contempla la posibilidad el error propio; para eso ya tiene a Marlaska como chivo expiatorio. La embriaguez del narciso le hace sentir las críticas como ataques personales, a ver un complot facha en cada avería del AVE.