Las cartas están sobre la mesa y sólo queda destaparlas. La suerte apunta a la derecha pero esta es una partida sin precedentes en la que aún hay margen para el asombro. Todo en estos comicios es extraordinario: la proximidad con la cita electoral del 28-M; la fecha elegida, en pleno periodo vacacional, para acudir a las urnas; el voto masivo por correo y desde el exterior; la polarización de la ciudadanía; la agresividad extrema de la campaña y, sobre todo, el convencimiento de que la contienda se libra entre dos -Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo- y los demás son muletas, apoyos, a veces incómodos pero necesarios, para abrirle a uno u a otro la puerta de La Moncloa.
El sistema político español es parlamentario no presidencialista pero, en esta ocasión, los dos principales líderes han planteado el 23-J como una finta personal, empeñados en versionar el primer artículo de la Constitución. Sánchez y Feijóo han pasado por encima de sus partidos opacándolos en un duelo cara a cara que mañana quedará sentenciado. O no.
El recuento de votos puede deparar sorpresas. Todas las encuestas, a excepción del CIS, han pronosticado la victoria del Partido Popular con Feijóo al frente, pero ninguna le ha otorgado esa amplia mayoría suficiente a la que aspira para alzarse con una victoria indiscutible que le permita formar Gobierno en solitario. Aunque las probabilidades de tener que pactar con Vox, el partido de extrema derecha, son altísimas, los populares llegan a la cita con la esperanza de lograr un éxito arrollador superando, incluso de largo, los 160 escaños. Su estrategia ha sido la de salir a ganar con rotundidad sorteando pactos que menoscaben algunos de sus principios fundamentales.
Los sondeos han mostrado también un PSOE, con Sánchez en el liderazgo, que ha corrido en la campaña lejos de su rival. Los socialistas quedarán, según las encuestas, en segundo lugar. Y lo han asumido hasta el punto de admitir que su única posibilidad de retener el poder pasa por forjar de nuevo una alianza, en principio con el conglomerado de formaciones que integra la plataforma Sumar, encabezada por Yolanda Díaz, pero también con el respaldo variopinto y desde luego muy caro de una lista de partidos que incluye a independentistas catalanes, nacionalistas vascos y gallegos, abertzales e incluso regionalistas. Su estrategia ha sido la de resistir como sea y a toda costa.
En contra de Feijóo juega el poco margen que le queda, más allá de Vox, para cuajar un acuerdo de investidura y de gobernabilidad. Las puertas de los pactos poselectorales que se le abren son muy pocas y las que hay se cierran si pretende cruzarlas de la mano de Santiago Abascal. El líder del PP ha intentado conjurar este riesgo apremiando al PSOE -o a una parte de él- a no entorpecer su investidura si logra ser el más votado. De momento ha recibido una negativa.
En caso de que el bloque de la derecha quedara cerca del listón de la mayoría absoluta pero no lo alcanzara, los populares intentarían el más difícil todavía: exprimir la abstención de algunas formaciones rebeldes -Junts y la CUP han asegurado que no votarán por ninguno de los dos aspirantes- para conseguir en la segunda votación de investidura más síes que noes. El coste que ello conllevaría sería estratosférico.
En su favor, el PP se anota una pulsión social de cambio que incluso ha minimizado en buena parte del electorado el temor a la influencia que puedan tener en un hipotético Gobierno de Feijóo las propuestas más extremas de Vox. Los analistas han detectado este fenómeno insistiendo en que, esta vez, agitar el fantasma del miedo a la «derecha extrema o extrema derecha», tiene un recorrido limitado. No obstante, el líder popular ha intentado reconvertir el rechazo que en el votante indeciso puedan suscitar los pactos con la derecha radical reclamando el voto útil para que su partido pueda desprenderse de compromisos indeseados.
Por el contrario, a Sánchez se le ofrece un abanico muy amplio de socios potenciales pero de altísima factura. Al margen de Sumar, el resto de fuerzas que podrían facilitarle seguir en La Moncloa son muy exigentes. Tienen demandas de elevado precio -algunas imposibles de aceptar con la Constitución en la mano- listas para pasar al cobro a cambio de permitirle cuatro años más en el poder. Es el caso de ERC o Bildu que ya plantean el referéndum de autodeterminación.
En el caso del PSOE, la corriente de rechazo que ha cosechado Sánchez hunde sus raíces precisamente en los pactos y acuerdos que ha forjado a lo largo de la legislatura, además de la inestabilidad continua que los ciudadanos han percibido dentro del propio Ejecutivo.
Los votantes tienen pruebas -buenas y malas- de lo que implican las alianzas de Sánchez y pueden decidir sopesándolas. Respecto a Feijóo y sus posibles pactos, las consecuencias son inconcretas. Los acuerdos alcanzados entre el PP y Vox tras los comicios autonómicos y municipales aún no han cristalizado en políticas claramente evaluables por el conjunto de la ciudadanía.
«Que te vote Txapote»
Durante la campaña, en el caso del socialista, se han puesto más en valor sus equivocaciones que sus aciertos como gobernante y se han destacado los rasgos más impopulares de su personalidad, esos que para unos definen la capacidad de resistencia y para otros sólo dibujan soberbia y egolatría. Dos mantras le han perseguido; uno, reduccionista, ideado en la sala de maquinas del partido rival: «Hay que derogar el sanchismo». El otro, más cruel, nacido en la calle: «Que te vote Txapote».
Para mejorar su imagen no le ha ayudado su actitud desafiante, esa que muchos han visto en la ausencia total de autocrítica tras el descalabro del 28-M o en la convocatoria inmediata de elecciones generales interpretada por parte de la ciudadanía como un intento de revertir el veredicto de las municipales y autonómicas, o en sus arremetidas contra la prensa que no le es afín.
Sánchez ofrece seguir la senda que ha transitado en los últimos cuatro años y con los mismos socios. Esgrime a su favor el crecimiento económico, la creación de empleo y el escudo social para proteger a los más vulnerables. Propone modernizar el país con los fondos de la UE y mantener alta la presión fiscal y las cotizaciones sociales para fortalecer los servicios básicos y pagar unas pensiones que se revalorizarán linealmente conforme al IPC.
Llega a las urnas acariciando la idea de la remontada contra pronóstico y reeditar así el Gobierno de coalición. Si como vaticinan las encuestas el resultado del PSOE es malo, se enfrentará a un partido deshilachado, decepcionado y desorientado abocado a la convocatoria de un Congreso extraordinario de incierto pronóstico. El vaticinio electoral para los socialistas ha oscilado durante la campaña entre los 105 y los 115 escaños.
El líder del PP abordó la campaña presentándose como un político moderado y fiable y ha remarcado sus diferencias con Sánchez. La victoria del 28-M y su éxito en el debate cara a cara con Sánchez puntúan a su favor. Su imagen ganó enteros en ese lance porque desmontó el dibujo de insolvente que había hecho de él su rival. Sus cuatro mayorías absolutas en Galicia le imprimen marchamo de buen gestor. En sus gobiernos, no obstante, también hay equivocaciones pero para los ciudadanos del resto de España que no las han sufrido son difíciles de identificar.
Contra él se ha resucitado la foto de 1995 en la que aparece en un barco en compañía del narcotraficante Marcial Dorado, su amigo de juventud, y se ha activado el lema «que te vote el narco del bote». También se le ha acusado de haber sembrado la campaña de mentiras y bulos.
Feijóo ofrece realizar una auditoría de las cuentas del país para suprimir gastos superfluos y optimizar el Presupuesto; recortar el Gobierno reduciendo ministerios y asesores; agilizar los fondos europeos; rebajar impuestos y poner fin a la colonización de las instituciones por parte del Ejecutivo. Habla de pactos de Estado, de reforma de la Justicia y de revisión o derogación de leyes como la de vivienda, memoria democrática, trans, reforma laboral o eutanasia y promete mantener con la oposición el diálogo que Sánchez nunca ofertó al PP.
Afronta el veredicto de las urnas con altísimas expectativas que probablemente se vean rebajadas. Ninguna encuesta le ha asegurado un Gobierno en solitario. Los sondeos para el Partido Popular se han movido a lo largo de la campaña entre los 140 y los 150 escaños.
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