Casi recién concluida la final contra Tsitsipas, Novak Djokovic se acercó a la grada y entregó su raqueta a un niño. Según explicó después, sólo cuando fue preguntado en conferencia de prensa por Christopher Clarey, periodista de The New York Times, no le conocía, fue una muestra de gratitud por el apoyo que le prestó el chaval en los momentos más difíciles del partido. El chico trataba de ejercer de entrenador, le apuntaba a detalles concretos de su juego. Fue un acto espontáneo, protagonizado por un jugador que nunca ha tenido buena prensa.
Bajo la piel de Djokovic habitan un homicida y un superviviente, un ogro y un hombre bondadoso. A partir de esa suerte de esquizofrenia se ha gestado un competidor que ahora mismo está en disposición de acometer una de las tareas más complicadas de la historia de este juego: ganar los cuatro títulos del Grand Slam en el mismo año. Ya lo estuvo en 2016, como él mismo recordaba ayer, y la ilusión se quebró pronto, con el tropiezo en tercera ronda de Wimbledon ante Sam Querrey. Esta vez, la conquista de Eldorado podría incorporar el galardón del oro olímpico, una de las recompensas que aún se le niegan. El Golden Slam en un año natural. Ahí es nada. Sólo Rod Laver, en 1962 y 1969, logró la cuadratura del círculo con los grandes, pero entonces el tenis no era deporte olímpico.
Giro copernicano
A estas alturas, lo lógico sería escribir sobre Rafael Nadal alzado como 14 veces campeón de Roland Garros y con 21 grandes, por delante ya de Roger Federer y con tres más que Djokovic. En el escenario menos pensado, el tenis ha dado un giro copernicano: el serbio, que ha ganado las dos últimas ediciones de Wimbledon, podría subirse a los 20 en el All England Club y provocar un triple empate, a la espera de acontecimientos en el Abierto de Estados Unidos. Nole se ha llevado seis de los últimos 11 grandes. Nadal, cuatro. Dominic Thiem fue el único valiente que se entrometió con la conquista del Abierto de Estados Unidos de 2020, donde Djokovic fue descalificado en octavos y el español no participó.
Djokovic, el homicida, culminó un tiranicidio al imponerse a Nadal en las semifinales de "su" torneo, según denominación del balcánico. Djokovic, el superviviente, había salido de un trance delicadísimo ante Lorenzo Musetti, un joven debutante en el torneo, en cuartos de final, cuando remontó dos sets antes de que su rival, ya 4-0 abajo en el quinto, decidiera retirarse con calambres. El episodio se repitió en la final, con Tsitsipas como claro dominador de la situación hasta el tercer parcial. Djokovic, el ogro, acepta mejor la adversidad a partir del monólogo interior, como explicó. Va dejando atrás su capacidad de autodestrucción para enfrentarse a las situaciones con el ánimo sereno. Djokovic, el hombre sensible, tiene gestos sinceros y hermosos con un joven seguidor anónimo. En la convergencia de todas sus almas cabe buscar el secreto del éxito.
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