Quedan piernas y sobra talento para que España celebre otra Copa Davis más temprano que tarde. El ranking ATP decepciona y faltan títulos, pero el equipo es el equipo, como lo era ya hace décadas. Nunca antes se había demostrado como esta vez, cuando cuatro currantes, Pablo Carreño, Jaume Munar, Marcel Granollers y Pedro Martínez, llegaron a la final y plantaron cara a Italia. No pudo ser, pero será, seguro.
Las derrotas de Carreño ante Matteo Berrettini por 6-3 y 6-4 y de Munar ante Flavio Cobolli por 1-6, 7-6(5) y 7-5 impidieron que llegara una Ensaladera que el conjunto azurri retuvo, de nuevo. Ya son tres años de dominio incluso sin Jannik Sinner, ya son tres años de pura italianità del deporte con España y Carlos Alcaraz como oposición.
Surge la duda sobre qué habría pasado si el número uno del mundo hubiera jugado, aunque es injusta con un grupo que entregó hasta el último esfuerzo. La derrota les impedirá aparecer en los libros junto a héroes como Juan Carlos Ferrero, Carlos Moyà, Feliciano López o Rafa Nadal, pero impulsará sus carreras. Munar y Carreño no serían el número 36 y el número 89 del mundo si cada semana jugaran como lo han hecho estos días.
La decisión de Munar
El punto de Munar pudo ser la salvación, como pasó en los cuartos de final ante República Checa, y no lo fue únicamente por un par de errores. El español fue valiente, fue resistente, fue todo lo que podía ser, pero Cobolli impuso su derecha tan joven, tan portentosa, tan prometedora.
En todo caso, jugar la final fue el colofón de su mejor temporada y la confirmación del tenista en el que se ha convertido. Un magnífico tenista. Un hombre decidido. Todas sus opciones pasaron por su actitud. El líder español saltó a la pista del Bologna Fiere consciente del escenario, con la seguridad de quien ya sabe lo que tiene que hacer.
Cobolli, en cambio, miraba al infinito. La mirada de las mil yardas: la atención, perdida. Sin Sinner ni Lorenzo Musetti, el joven recibió el mando de su equipo y el cargo le pesó. Sus primeros juegos al saque fueron una concatenación de calamidades: ningún primer servicio, muchas derechas empotradas contra la red, las piernas duras como columnas.
La remontada de Cobolli
Pero en el segundo set despertó. Cobolli se sacudió la presión, encontró su servicio y levantó al público. Más de 10.000 italianos empezaron a hacer ruido en las gradas, a animar cada punto, a empujar a su tenista. Sus voces cambiaron el encuentro.
El ambiente se calentó. La estructura metálica de las gradas chirriaba. Incluso Munar, tan convencido, se dejó intimidar y marear por un par de toques a la red de las bolas de Cobolli. El capitán español, David Ferrer, le tranquilizó, pero a partir de entonces estuvo en el alero.
El italiano se plantó en el centro de la pista y empezó a mover a Munar y punto a punto, juego a juego, su éxito parecía más lejano. Como le pasó en las semifinales a Cobolli le costaba solventar sus oportunidades (acabó con dos de 14 en bolas de break), pero sus golpes acabaron mereciendo la victoria.
El saque de Berrettini
Horas antes, Carreño había caído ante el mayor escollo de la eliminatoria: Berrettini. El italiano, de casi dos metros , ya no es aquel finalista de Wimbledon 2021 que evocaba a Juan Martín del Potro. Las lesiones le pasaron factura. Pero sigue siendo un tenista formidable.
Cada vez depende más de su saque, sí, pero qué saque. Ante Carreño, pese a un porcentaje relativamente bajo de primeros (63%), conectó 13 aces y no concedió ni una sola bola de break. Incluso sin ausencias en Italia, es probable que Berrettini también hubiera encontrado su oportunidad. En indoor, sobre superficie dura, su servicio es un arma letal.
Con esa certeza, el gigante solo necesitaba paciencia. Carreño saltó a pista tan nervioso como su rival. Ambos cometieron errores en los primeros puntos. Pero en los momentos clave, el español no dispuso de un saque que lo rescatara. En el primer juego del segundo set salvó dos bolas de rotura y recuperó la fe. Berrettini, sin embargo, lo sentenció cuando quiso.
No pudo ser, pero ya fue. Carreño, Munar, Granollers y Martínez no celebraron con la Ensaladera, pero demostraron que el tenis español no depende solo de Alcaraz, que el equipo es el equipo. Italia se llevó el título. España se llevó otra cosa: la certeza de que esta generación sin tantas estrellas puede seguir peleando. Cuando el número uno juegue la Copa Davis, no estará solo.



