Quedará para siempre esta Supercopa asociada al nombre de un chico que luce 19 años como si fuera un veterano de mil batallas, al que sólo los brackets en su boca adolescente delatan la juventud. Sergio de Larrea, el mismo ante el que se descubrió Sergio Scariolo en el reciente Eurobasket, fue el verdugo del redebut del italiano en el banquillo del Real Madrid y el héroe del Valencia Basket, que en el Carpena alzó la segunda Supercopa de su historia. [98-94: Narración y clasificaciones]
El balón en sus manos, como si todavía jugara en el colegio San Agustín de Pucela, y el tiempo detenido. El genio precoz que dijo no a la NCAA, aunque sea el otro lado del charco el que aguarde su porvenir. Ni un temblor, ni una duda. Aunque enfrente estuvieran lobos como Llull y Campazzo. De Larrea, ocho años después, llevó hasta el título a un Valencia poderoso, capaz de aguantar las embestidas de un Madrid demasiado tierno e irregular. Si enhebró siete Supercopas de carrerilla, ya son dos finales seguidas perdidas por los blancos.
Más que de colectivos, este título tempranero es de jugadores. De inspiración ante los que está por armarse, como este Madrid aún indefinido. Que tuvo en Deck a su salvador el sábado ante el Tenerife y pareció que Hezonja iba a llevarle al éxito en la final. Los destellos del croata se apagaron y nadie tomó su relevo. Un resquicio que aprovecharon los de Pedro Martínez, pujantes pese al puñado de bajas (Montero, Aróstegui, Sestina , Sima, Badio...).
Resultó una final de bamboleos. De primeras, el Real Madrid se encontró aparentemente cómodo en la propuesta frenética del Valencia. Como si la primera mitad contra el Tenerife hubiera servido al grupo de advertencia, la energía bien temprano parecía otra, con el plan defensivo de Luis Guil funcionando. La cosa iba a ir de parciales, de picos de electricidad que iban y venían. El primer acelerón lo protagonizó el Madrid, con un 15-4 que le hizo tomar la iniciativa.
Pero el comienzo del segundo acto y las consiguientes rotaciones devolvieron la iniciativa a los taronjas, que encontraron el acierto con triples de Reuvers, Darius Thompson, Taylor, Puerto... Y el dominio de un De Larrea que se agigantaba en el Carpena, prolongando todas las promesas que dejó este verano en el Eurobasket con España. Fue un 0-10 que, sobre todo, inyectó dudas en el Madrid. Y se amplió (5-21) para desatar de paso las alertas en el marcador (34-45).
Reuvers -otro pívot abierto para herir a Tavares-, había hecho demasiado daño. Y Moore, que apunta a ser una de las sensaciones de la Liga que arranca el próximo fin de semana, se entonaba como el sábado ante el Unicaja. Todo lo contrario que Trey Lyles, demasiado precipitado e individualista en su debut con el Madrid.
Como preveía Pedro Martínez, la vuelta de vestuarios fue otro Madrid. Y a su equipo le costó asimilar ese cambio de ritmo. Le costó, principalmente, contener la enormidad de Hezonja, que se postuló como líder para Scariolo. Crecidísimo, omnipresente, 12 puntos y un puñado de rebotes en un momento, hizo tambalearse al Valencia como si fuera un boxeador sonado sobre el Carpena (20-7 el parcial). Fue cuando el croata descansó cuando los taronjas despertaron. Se palparon las heridas y se sintieron enteros. Resultó clave, pues llevaron igualada la final al acto definitivo, con un par de canastas de Pradilla y otro cierre de puro baloncesto callejero de Moore.
Por enésima vez en la tarde-noche malagueña, había cambiado la inercia. Ahora ya con una igualdad enorme, Scariolo devolvió a Campazzo, Hezonja y Tavares a la cancha, aunque el africano tardó bien poco en salir por faltas y de la inspiración del croata ya no quedaba nada (iba a fallar los tres triples intentados). Pero el Valencia se sentía seguro de sí mismo, aunque los tiros libres no le ayudaran. Más bien eran su calvario, el que le impedía entrar en la recta de meta con un colchón más amplio. Pero ni esa zozobra iba a saber aprovechar el Madrid.
Porque a los mandos del Valencia, sin dudas, con una madurez asombrosa, había un chico de 19 años que ya no es una promesa. De Larrea es una absoluta realidad y él es el gran nombre propio de esta Supercopa. En ese alambre de la recta de meta, entre fallos a puñados, un dos más uno de Kameron Taylor, el MVP de la última Supercopa (aunque jugaba de verde Unicaja), acabó con el Madrid. Y los tiros libres sin temblores del gigante de Valladolid: no erró ni uno en la hora de la verdad.



