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Cada año por estas fechas, mientras se celebran las raves ilegales de año nuevo, se viraliza uno de mis vídeos favoritos. El vídeo de Consuelo y Puri, las vecinas de La Peza (Granada) que en 2023 estaban tristes porque querían volver a la rave de fin de año que se había montado en su pueblo y ya se había disuelto. "Queríamos ir sin los maridos porque son un aburrimiento", dijo Consuelo. Y esa frase la hizo viral. Las señoras habían estado bailando y tomando café con los raveros y normal que no quisieran que se marchasen.
Cada año por estas fechas vuelve también el mismo debate: ¿raves sí, raves no? Un debate que se zanja cuando los vecinos se dan cuenta de que toda esa gente solo quiere juntarse para bailar un rato y luego desaparecer. Y, sobre todo, se zanja cuando terminan acercándose y ven que es un espacio seguro. Porque una rave, aunque te cuenten lo contrario, se parece mucho más a lo que dibujó Oliver Laxe en Sirat que a otra cosa. Ese sentimiento de comunidad y de hermandad. Ese lugar donde muchos cuerpos (rotos o no) se sincronizan al mismo ritmo para ser felices un rato. Y alcanzar un estado de trance, que está cerca de lo espiritual. Al fin y al cabo, el techno no es más que un baile ritual más.
En Alemania las raves están protegidas por el Estado, lo que empezó como una subcultura es ahora cultura. El Estado financia los clubes techno que tienen evasiones fiscales como espacios culturales y no como espacios de ocio. Eso significa que el Estado proporciona lugares seguros para ir a bailar y que además estos espacios son considerados cultura. Hace un par de años, la Unesco reconoció el clubbling berlinés y la cultura rave como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

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Una de las imágenes de mi 2025 es el momento en el que una chica entró con su madre al mítico club berlinés Berghain. Nada más verla amé el portero lleno de tatuajes que le había dicho que sí a esa madre y que no a otros chicos llenos de tatuajes como él. También pensé que esa señora iba a ser la que mejor se lo pasara de todos nosotros. Y, efectivamente, cuando muchas horas después me fui, la mujer seguía bailando como una más en el centro de la pista.
Si pilláis una rave en vuestro pueblo, no seáis como los vecinos de Villamanín tirándoles piedras a los chicos de su comisión de fiestas e ir a bailar. Y, sobre todo, llevaros a vuestras madres. Quien no ha estado en una rave no sabe lo que se pierde. Menos mal que las señoras de los pueblos, como Puri y Consuelo, siempre son más listas que la Unesco.

