«Mi bandeja de entrada era una mezcla de insultos escolares, provocación suicida, acusaciones grandilocuentes y algún que otro ensayo cargado de ambición, pero no corría peligro real. En realidad, no me había pasado nada pero no podía dejar de llorar. Me comía la ansiedad. Y por encima de todo, sentía una inmensa vergüenza».
Monia Ali se presenta a sí misma de la siguiente manera: «Era fan y después fui stan. No fui capaz de ver la diferencia entre los dos términos hasta que me repudiaron». Su newsletter Fandom Exile, con más de 1.600 suscriptores, se ha convertido en su redención, una especie de proyecto vital de investigación para comprender cómo ella, una chica normal con una vida normal, cayó en las redes del lado más oscuro del fenómeno fan. Primero, como acólita; después, como enemiga a batir. «El acoso duró años», reconoce.
Quizá por eso su nombre no existe en internet más allá de lo relacionado con su blog y rechaza revelar su edad ni la ciudad en la que vive -suponemos que en Estados Unidos, cosa que tampoco nos confirma-. ¿Es realmente ella la chica de la foto en su perfil? Prefiere no contestar. Su exilio cumple ahora una década.
La evolución que hizo Monia la explica la propia construcción del término stan. Acrónimo de stalker (acosador) y fan, tiene su origen en el ya lejano año 2000, cuando el rapero Eminem, entonces en la cresta de la ola, compuso una canción a un fan ficticio que se obsesionaba con él al punto de suicidarse para llamar su atención. Se llamaba, claro, Stan. Y a Monia ese relato cantado no le parece en absoluto exagerado. «El movimiento stan es sectario por naturaleza», apunta por email. «El fandom es una actividad social de comunión en una celebración compartida de algo que te gusta, pero el standom es antisocial, promueve la evangelización de los verdaderos creyentes para que difundan la palabra y se impongan a cualquier oposición».

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El entorno fan ha acuñado, a falta de confirmación o desmentido científico, la llamada Teoría del 1% en referencia al porcentaje de gente tóxica que contiene cada grupo de seguidores. En los últimos años las redes sociales han empoderado a ese reducto hasta el punto de que la cantautora estadounidense Gracie Abrams tuvo que salir recientemente a defender a la telonera de su gira europea, Dora Jar, después de una impresionante campaña en su contra por parte de los fans indignados porque les habían avisado tarde y no les daba tiempo a aprenderse las canciones.
También fueron esos fans híper comprometidos los que alzaron a los cielos a Karla Sofía Gascón, primera actriz trans nominada al Oscar, para después despeñarla cuando descubrieron que sus ideas no comulgaban con lo que se esperaba de ella. Y qué decir del revuelo en torno a Luigi Mangione, joven asesino de un capo de la sanidad en EEUU cuya transformación en «el novio de América» preocupa al sistema judicial por la influencia que pueda tener en el jurado popular que decidirá su destino. No olvidemos lo que ocurrió durante el juicio de Johnny Depp contra Amber Heard. ¿Recuerda aquella pancarta de vuELve que fue el principio del fin de Pablo Iglesias al regresar de su baja de paternidad? A ver si se cree que sólo tienen groupies los artistas y los asesinos...
Esa perspectiva de poder que brinda la cultura stanha llevado a muchos fans a hacer el mismo viaje que nuestra protagonista. Algunos, con un final similar.
"El standom es antisocial, promueve la evangelización de los verdaderos creyentes y elimina cualquier oposición"
Monia llegó al fandom de One Direction a través de una cuenta de Tumblr que seguía las andanzas de un osito de peluche irisado que acompañaba a la banda por todo el mundo. Ni siquiera era su grupo favorito, pero la conversación en torno a aquellas fotos tan divertidas la enganchó. La enganchó literalmente. «Me distancié de mis amigos y conocidos. Paré de escuchar otra música, ni siquiera veía la televisión. Soy una gran cinéfila, pero pasé de ver 100 películas al año a solo dos», recuerda, y rememora aquella necesidad física de estar conectada, ese no poder pensar en otra cosa. Nada más importaba.
Hasta que un día se le ocurrió salirse del carril.
Y llegó la purga.
«Yo pertenecía a un subgrupo que apoyaba la teoría de que el parón de 18 meses que vendió la banda en 2015 era real. En un momento dado expresé dudas de que volvieran a juntarse, el mundo real fuera de aquellos chats lo dejaba bastante claro, pero mis palabras se interpretaron como una severa violación del dogma», cuenta. «Me convertí en el enemigo. Me ridiculizaban, me acusaban de sembrar odio contra la comunidad LGTB, me defenestraban y me dejaban volver de vez en cuando sólo para machacarme. Hasta que me nombraron persona non grata. Sigo sin entender cómo terminé así».
Menciona Monia la palabra dogma y cabe preguntarse si no exagera un poco.
«El fenómeno fan nunca ha tenido una configuración tan radical como ahora, amparado por el clima polarizador en el que vivimos. Es tremendo, se dejan la piel y están dispuestos a matar o morir por cosas bastante frívolas». A Teresa Sánchez, profesora de Psicología en la Universidad Pontificia de Salamanca, no le rechina en absoluto la comparación religiosa. «Vivimos en un mundo desacralizado, hemos barrido a los dioses de nuestras conciencias pero seguimos teniendo la misma necesidad de adoración, así que los mesías contemporáneos son artistas, futbolistas o políticos», asegura.
"El fenómeno fan nunca ha tenido una configuración tan radical, están dispuestos a matar o morir por causas muy frívolas"
Ella misma se sumergió a fondo en el tema en 2019 para escribir un artículo, La condición fanática: paradojas de vida o muerte, en el que traza un retrato robot del fanático aplicable a cualquier ámbito, de la música al terrorismo pasando por la política, claro.
Veamos, pues, qué convierte al fan en stan.
«Requiere una posición intelectual muy inmadura y maniquea. El otro debe pensar como yo. De lo contrario, está equivocado, es malo o incluso, merece morir». Incide la profesora Sánchez en la importancia de la construcción del enemigo como elemento aglutinador: «El movimiento fan es como un globo, muy compacto y muy bonito pero aire, al fin y al cabo. Cualquier pequeño pinchazo puede convertirlo en nada, así que la más mínima heterodoxia es vista como una amenaza». Y si no, que se lo pregunten a Monia Ali.
«El fanático es un súbdito, un sumiso que se agrupa con otros para actuar como soldados correligionarios al servicio del bien del ídolo común, que encarna un ideal inalcanzable. Su actitud es completamente irracional y cargada de desmesura: todo vale al servicio de esa causa trascendental», ilustra la psicóloga. ¿Qué ha pasado para que algo tan inocente como seguir a un grupo de música pueda convertirnos en matones? Para Teresa Sánchez, la respuesta está en First Dates. «A las nuevas generaciones les falta el relato subjetivo, saber quiénes son realmente. Para contrarrestar esta carencia se adhieren a muchas identidades postizas. Es una búsqueda intrínseca a la adolescencia, pero esa etapa cada vez se alarga más». Y aquí viene First Dates: «Lo que buscan los comensales de 30 años para abajo es siempre un cliché: mascotas sí, o no; tatuajes sí, o no; que escuche la misma música que yo, vista como yo, hable como yo. Necesitan sentirse fieles a algo pero ese algo no son personas, ni valores ni proyectos, sino cuestiones frívolas y absolutamente periféricas».
Bien, retratado el fan metido a stan toca ponerse del otro lado. ¿Qué pasa cuando la identificación es tan tremenda que el seguidor se cree con poder de dirigir los designios de su ídolo, de convertirse, incluso, en él? Eso fue exactamente lo que se preguntaron los creadores de la serie de Netflix Fanático, la historia de un fan acérrimo de un cantante de trap que, al morir su objeto de culto, decide suplantarlo.
"Cuando rompes ciertas barreras entre la estrella y sus fans te expones a que el de enfrente se crea con derecho a exigir"
La idea surgió escuchando las letras de la música urbana: «Tienen un discurso absolutamente autoconsciente que resalta las fallas de la industria para alimentar una idea de meritocracia, de poner al servicio del fandom las herramientas para llegar al éxito. Eso desdibuja aún más los límites entre el artista y sus seguidores», expone Dani del Águila. Lo que más les llamó la atención cuando se entrevistaban con artistas, abogados y representantes de discográficas fue cómo del ídolo se aprovecha todo: las luces y las sombras. «Últimamente se potencia mucho ese lado oscuro, a menudo relacionado con la salud mental, para humanizar al artista, pero cuando rompes ciertas barreras también te expones a que el de enfrente se crea con derecho a exigir», analiza por su parte Yago de Torres.
Relatábamos unas líneas más arriba cómo Gracie Abrams casi tiene que cambiar de telonera por presión de sus fans, cómo Karla Sofía Gascón fue defenestrada en el mejor momento de su carrera y que Luigi Mangione confía en sus acólitos para librarse de la pena de muerte. ¿Pero tiene realmente tanto poder el movimiento fan?
«Definitivamente, no», responde tajante Monia Ali. «Fue parte de mi desilusión: nos habían hecho creer que éramos poderosos cuando en realidad todo lo que creíamos conseguir venía guiado por fuerzas en la sombra». Y dispara directamente al sistema que, según ella, ha alentado el lado más negativo del movimiento fan sin tener en cuenta las consecuencias. «La industria musical no es un ente maligno, al contrario. Es un sector de profesionales que están para apoyar y acompañar la carrera de los artistas. La ignorancia o el desconocimiento generan opiniones muy erráticas de la realidad», se defiende Narcís Rebollo, CEO y presidente de Global Talent Service (GTS), que representa a más de 150 artistas en todo el mundo.
"El fan obsesivo es muy dependiente y traslada sus propias inseguridades al universo de su artista"
Quien fuera presidente de Universal Music en España distingue tres tipos de fans: «El constructivo, que ejerce presión en ampliar y personalizar el éxito del artista con un foco positivo; el protector, que procura salvaguardar cualquier situación culpabilizando a su entorno de toda adversidad, sea personal o profesional; y el fan obsesivo, con una dependencia que lo convierte en activista y excesivamente crítico y traslada sus propias inseguridades al universo de su artista». Para él, la ecuación está clara: a más seguidores, más haters, pero en su mano está enseñar al artista de éxito a convivir con esa presión: «Dentro de tener agradecimiento por el apoyo, tiene que aprender a relativizar». En cualquier caso, para él hay una norma clara: «El fan de verdad siempre suma, nunca resta».
Llegados a este punto es posible que usted se pregunte qué le importa todo esto si hace ya tiempo que dejó atrás la pasión desaforada por la música. ¿Y si le digo que a Trump, más que votarlo, lo stanearon? ¿Y si le recuerdo cómo el gran salvavidas de los demócratas pareció por un momento un post de Taylor Swift en Instagram? ¿Sabe aquello que decíamos de Pablo Iglesias al principio de nuestro viaje?
«En la sociedad del espectáculo, tiene sentido que todo vire hacia el show, incluida la política», analiza Toni Aira, profesor de Comunicación Política de la UPF Barcelona School of Management. «Lo que moviliza hoy a las masas es el líder carismático y mediático construido como una celebrity, así que los partidos españoles han ido evolucionando a una forma Chupa Chups, con una cabeza muy grande y un tronco muy delgadito. Hoy nadie sabe nombrar a ningún político más allá de Sánchez, Feijóo, Yolanda Díaz...».
"Lo que moviliza hoy a las masas es el líder político celebrity, pero cuando se ve su lado humano la decepción es muy fuerte"
La receta para convertir al votante en fan pasa por generar expectativas, por hacer creer al ciudadano que está siendo parte de la Historia. Pero todo tiene un límite. Advierte Toni Aira que el excesivo furor por alimentar el fanatismo ha dejado ya varios cadáveres por el camino: «Cuando esos fans descubren que el político no es un superhéroe sino un simple humano llega la decepción, y la desmovilización es muy fuerte».
Cuando Pablo Iglesias volvió de su baja de paternidad bajo una pancarta que rezaba vuELve, algo se rompió entre sus seguidores. El partido salió a pedir perdón, retiraron el mensaje pero el daño estaba hecho. Sin saberlo, aquello marcó el principio del fin del líder de Podemos. A él, como a Trump, no se le votaba sino que se le staneaba. Y eso tiene su precio.

