Bajo la alargada sombra de su padre, Josep Maria de Sagarra -el gran dramaturgo y escritor catalán-, Joan de Sagarra supo construirse una voz literaria propia como crítico teatral y ácido cronista en la prensa -Tele/eXpres, El Noticiero Universal, Correo Catalán- de la Barcelona irreverente, pija, afrancesada, progre pero no demasiado, y sensual del tardofranquismo y los años de la Transición.
A él se debe la traslación del término gauche divine a aquellos hijos de la burguesía local, a los que se sumaron Mario Vargas Llosa y otros representantes del Boom latinoamericano, amén de pijoapartes como Juan Marsé o el aragonés Javier Tomeo, que convirtieron la discoteca Bocaccio y la calle Tuset en el epicentro de un hedonismo que eclosionó con el ocaso del régimen franquista y la España pacata. "Con la fotógrafa Colita nos inventamos la Gauche Divine para epatar a los de Madrid", declararía años después.
Iracundo, irónico, culto, bon vivant, temido, respetado, envidiado, buen bebedor de whisky -en los últimos años, el irlandés Jameson- y fumador de habanos, Sagarra murió en la madrugada del jueves a los 86 años y deja tras de sí la biografía de un tiempo y de una Europa que fue. Nacido en París en 1938, adonde su padre se había trasladado por la Guerra Civil, desde muy pequeño -por ser hijo de quien era- tuvo trato habitual con la vanguardia del teatro y la cultura: Ionesco, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir... En su etapa madrileña, vivió en el Hotel Palace, donde coincidía a diario con Julio Camba, y conoció a Gregorio Marañón y José Ortega y Gasset por ser amigos de su padre. Una educación sentimental plagada de anécdotas de novela y una vida de lujo ilustrado que determinó su forma de entender el mundo y de escribirlo.
En los años sesenta y setenta, su voz periodística se diferenció del resto: más cosmopolita, más moderna, menos teñida por la mugre franquista. Creó un estilo que muchos trataron de imitar, fracasando en el intento. Aunque tuvo algún alumno aventajado, como el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez. Destripó sin complejos a la acomplejada sociedad barcelonesa, aunque sin perder su amor por una ciudad en la que encontró su "pequeño París" -especialmente el bulevar del paseo Sant Joan, donde vivió y se le solía ver en la terraza del bar Morryson o el Bauma-, o por su también amada Roma. Protagonizó grandes polémicas con los tótems del teatro catalán: Josep Maria Flotats, la compañía Dagoll Dagom, Albert Boadella...
Como escribió el periodista Enric González: publicó miles de artículos y protagonizó cientos de polémicas. Fue un azote de la cultureta, ese intento del pujolismo de adaptar la cultura catalana al corsé nacionalista y a su pretendida misión de salvar la "patria y la lengua", cuando en realidad la estaban asfixiando. Pero también se cachondeó del progresismo maragallista, de la Barcelona del diseny, y de lo que definió como "patufetismo-leninismo": un woke avant la lettre.
"He tenido problemas con todos. Pero es normal. Cuando fui a Francia y vi cómo funcionaba esto, adopté la fórmula de Baudelaire: yo soy un crítico de teatro, no soy objetivo, soy totalmente subjetivo, soy un crítico político y apasionado. Si les gusta, bien. Y si no, también. Lo demás son puñetas", explicó un día al diario argentino Clarín al referirse al porqué de sus disputas. A la par, construyó amistades de hierro: Josep Maria Carandell, Enrique Vila-Matas, Lluís Permanyer, Jaime Gil de Biedma...
A pesar de recibir muchos premios y elogios por parte del poder institucional -Premio Ciudad de Barcelona de periodismo (1998), Medalla de Oro al Mérito Cultural del Ayuntamiento de Barcelona, Premio Nacional de Periodismo de Cataluña en 2008-, Sagarra nunca se sintió cómodo con la política catalana. Apenas duró un año como delegado de Cultura del Ayuntamiento (1978-1979), nunca se fió de Jordi Pujol -a quien no perdonó por el modo en que trató a Josep Tarradellas, que ejerció de padrino de Sagarra tras la muerte del padre-, y no se dejó seducir por Pasqual Maragall. A la contra, y por lo tanto cabalgando sus contradicciones, a finales de los noventa participó en el Foro Babel, el colectivo de profesores e intelectuales que reivindicó un mejor trato del castellano en la Cataluña institucional y académica.
Más allá de las polémicas y de las boutades con las que disfruto, Sagarra fue ante todo uno de los más brillantes representantes de un periodismo -y de una ciudad- que poco a poco están desapareciendo y que hoy ya solo son el rumor de un pasado fugaz.

