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Harlem en llamas en 1973, el peor momento en la historia de Nueva York

Colson Whitehead, doble ganador del premio Pulitzer, continúa su trilogía sobre Harlem con un retrato de los turbios años 70, cuando el caos y la corrupción asolaban Nueva York

Tres jóvenes en el barrio de Harlem, en 1971.
Tres jóvenes en el barrio de Harlem, en 1971.Ernest ColeMagnum
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Bullen las sirenas. Recorren las avenidas a todas horas, según el horario de las desgracias. Coches patrulla acudiendo a toda velocidad a disolver un tumulto, un nuevo episodio de la guerra abierta entre grupos revolucionarios negros y la policía. Ambulancias dispuestas a certificar un destino funesto. Camiones de bomberos que aceleran antes de que las llamas devoren un edificio desocupado al que un pirómano ha prendido fuego para cobrar el seguro devoren toda la manzana. Tal es la banda sonora de un Harlem que juega con sus propias reglas mientras en una modesta tienda de muebles un hombre intenta mantenerse al margen y hacer lo correcto. Sin éxito.

El escritor Colson Whitehead (Nueva York, 1969), doble ganador del premio Pulitzer, vuelve a la carga con Manifiesto criminal (Random House), el segundo volumen de su trilogía ambientada en el Harlem de la segunda mitad del siglo XX que arrancó El ritmo de Harlem y cuya conclusión última estos días. Después de haber reventado las expectativas de los lectores con novelas tan impactantes como El ferrocarril subterráneo, o Los chicos de la Nickel, Whitehead aborda aquí una trama negra que, más allá del crimen, sirve como radiografía de una época convulsa y sucia para la comunidad afroamericana y para Nueva York en general. Su habilidad para navegar entre géneros, como ya lo hizo con su incursión en la distopía de terror en Zona Uno, convierte esta nueva novela en un festín literario que mezcla acción, humor y crítica social.

Para saber más

En Manifiesto criminal, Whitehead sitúa a su carismático antihéroe Ray Carney, exitoso vendedor de muebles y calamitoso aspirante a una vida honrada, en tres momentos clave: 1971, 1973 y 1976, los años más oscuros del gran barrio negro neoyorquino. La ciudad se despliega como el auténtico personaje principal, un espacio vibrante pero también herido por la corrupción, la bancarrota y el caos. Con su característico estilo tan elusivo como hipnótico, el autor no sólo pone el foco en los desafíos de una comunidad, sino que teje una historia universal sobre el destino, la moralidad y el impacto de las elecciones personales.

Cuentan que el segundo volumen de una trilogía es el más complicado porque sirve de conexión entre el atractivo comienzo y el esperado final. ¿Lo fue también para Whitehead?: «En realidad, cada una de las tres partes ha enfrentado sus propios retos. Ahora siento más libertad para ampliar el foco de la historia y creo conocer mejor a los personajes. Pero mi exigencia es la misma: siempre intento escribir lo mejor que sé». Actualmente, el escritor está inmerso en la escritura del tercer libro, que situará la acción en los años 80 y que prevé publicar en 2026.

La novela negra es para este vivistador de todos los géneros literario, mucho más que una trama de detectives y delincuentes. «Es otra forma de dar cuenta de la realidad, de escuchar el pálpito de una gran ciudad en uno de sus momentos más duros», comenta. Al igual que en su novela de zombis Zona Uno, aquí el género se convierte en un vehículo para explorar las tensiones sociales y políticas.

En este caso, el Harlem de los años 70 es el escenario de una sociedad al borde del colapso: «Los 70 son un mazazo. La metrópoli se halla al borde de la bancarrota y no es el mejor momento para ser un neoyorquino, aunque sí lo es para delinquir o trabajar como policía corrupto. Ya en los 80, escenario del libro final de la trilogía, regresa cierto optimismo, aunque lastrado por dramas como el sida o la epidemia del crack. Toda ciudad es un flujo, un vaivén, y siempre pueden regresar los malos tiempos».

El protagonista, Ray Carney, se perfila como uno de los personajes más complejos de Whitehead. «Comparado con los otros criminales, mi Ray es un tipo bastante majo, aunque no sin defectos», señala el autor. Tras seis años desmadejando el hilo de sus andanzas, admite que su relación con él es más ligera que con los protagonistas de sus novelas anteriores. «Me alivia un poco que por una vez a una invención mía no le vaya del todo mal», añade con humor, aunque subraya que los temas centrales de su obra, como el racismo y la desigualdad, siguen presentes.

Uno de los episodios iniciales de la novela involucra a la hija de Carney, quien lo convence de asistir a un concierto de los Jackson Five, para lo cual, al papá entregado no lo quedará más remedio que pedir algunos favores a gente poco de fiar que abrirán la puerta al desastre. Para Whitehead, la cultura popular de los 70, la música o el llamado cine blaxploitation, conforman un prisma a través del cual explorar la identidad afroamericana: «Michael Jackson, el músico más conocido del mundo, era entonces un negro unánimemente amado por un país muy racista. Y hoy es un monstruo. Me interesa mucho la cultura popular con todas sus derivaciones y me aplico a usarla como herramienta para ilustrar los variopintos aspectos de mis historias».

El trasfondo histórico de Manifiesto criminal incluye referencias a movimientos como las Panteras Negras y el Black Liberation Army. Whitehead evita emitir juicios definitivos sobre la eficacia de sus métodos: «Las Panteras Negras ayudaban a sus comunidades, pero ¿bastaba eso para justificar su violencia? ¿Sirvió el Black Liberation Army que apostaba por una revolución para ayudar al progreso negro? No lo sé. Sólo quiero contar su historia».

Comparado a menudo con Charles Dickens, Whitehead no rehúye el símil, sobre todo en lo que respecta a su sentido del humor. «Hace mucho que no leo a Dickens, pero su influencia está por todas partes en mi trabajo. Tengo libros más serios y trágicos y otros más divertidos. Reconozco que con esta trilogía me estoy divirtiendo mucho».

Y, cuando se le pregunta por qué tantos afroamericanos votan a Donald Trump, Whitehead no oculta su desconcierto: «Muchos negros, o latinos, han votado a un Trump que no va a protegerlos, sino a dañarlos, como también muchos trabajadores blancos lo han hecho. No tengo ninguna explicación más allá de que Trump es una mala persona y la gente es imbécil».