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Ana Blandiana llegó a este perro mundo en 1942, en Timisoara (Rumanía), cuando el comunismo desplegaba su dentellada. De los seis años que pasó su progenitor de cárcel en cárcel, la hija sólo extrajo una conclusión: las ideologías extremas pudren. Quedó huérfana pocos meses después de la liberación del padre. En principio nació con este otro nombre: Otilia Valeria Coman. Lo de Blandiana es homenaje a su madre.
Como tantos rumanos de su generación llegó marcada por un hierro infernal en el costado: la represión y la censura. Durante las décadas de la dictadura soviético-rumana recibió el alto honor de ser distinguida como "enemiga del pueblo". Y entendió que estar en silencio no es lo mismo que callarse. Hoy es una de la poetas principales de Europa. Voces de resistencia. De resistencia al olvido. Recibe esta semana el Premio Princesa de Asturias de las Letras en Oviedo y antes charlamos en el Festival Cosmopoética de Córdoba, que ella inauguró este año.
- Su biografía es más que la resistencia a la dictadura de Nicolae Ceaucescu. También es un análisis de la aberración.
- Resumir mi obra y mi vida como si aún no hubiese escapado de la estela de aquel tiempo me limita mucho. Claro que Ceaucescu fue un abominable y, como millones de rumanos, tuve la mala fortuna de padecerlo. Pero de aquello hace 30 años y ya lo dejamos atrás. Entiendo que en mi biografía hay una dimensión política, pero no necesariamente se transfiere a mi poesía. Mi poesía no es anticomunista y, además, se ha defendido de ser sólo eso. Prefiero la dimensión cívica a la política.

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Ana Blandiana, contra el comunismo y con unos poemas
- Pero sí hay una voz moral en su obra.
- Eso espero. Es otra manera de manifestar mi desencanto con algunas cosas de nuestro presente. Reconozco que me siento extraña en la sociedad del siglo XXI. La extrañeza no es nada nuevo en mí. Cuando era joven, en la dictadura, las cosas estaban muy claras: eran blancas o negras. Pero hoy todo es mucho más confuso. El mundo es un territorio inquietante. Por eso me gustaría que mi obra también se entendiese como una reflexión sobre la libertad. Y de cómo el mal se aprovecha mejor del bien en los tiempos de libertad.
- La libertad hoy parece un concepto vago.
- La libertad hay que inventarla en cada momento, en cada segundo, y en el tiempo nuestro la estamos confundiendo con sucedáneos. Si en la juventud me oponía a la falta de libertad, ahora en la madurez me opongo a que la libertad se entienda como lo que no es.
- Es decir: su batalla también pasa por no aceptar lo irremediable.
- Podría ser. Cada ser humano recibe una cantidad de vida y yo creo que en el reparto me ha tocado una cantidad mayor.
- ¿Qué quiere decir?
- Que insistir en ciertas convicciones nunca me parece suficiente. Y no acepto porque sí lo que algunos dan por válido. O por irremediable.
- Eso exige un estado de alerta.
- Me temo que sí, pero soy una mujer que duerme poco... En cualquier caso, lo que también siento es una cierta culpabilidad por no haber hecho más en aquellos años. He recuperado unos diarios míos de juventud donde aparece ya el tema de la culpabilidad.
- ¿Una culpa por?
- Por no haber arriesgado más contra la dictadura. Pero a la vez soy consciente de que una oposición más fuerte habría significado el fin de mi escritura. Así que la encrucijada era escribir o aceptar la represión.
- Pero es posible hacer una cosa y disimular la otra.
- Sí, pero una de las dos exige más intensidad. Y yo escogí la poesía.
- ¿El tiempo alivia la culpa?
- Esa obsesión alcanzó su punto álgido dos años antes del fin de la dictadura. Y podría resumirla en dos versos míos: "Porque soy capaz de entender/ me siento culpable de todo lo que entiendo". Creo que no hay cura.
- Otro de sus espacios de batalla es contra la corrección política.
- Es que aún hay intelectuales por el mundo convencidos de que desde la corrección política es posible hacer algo en favor del progreso. Parecen no ser conscientes de que sucede lo contrario: favorecen su destrucción. La corrección política es una manera monstruosa de disimular la censura.
- Una trampa en todas las ideologías.
- Me temo que en estos momentos debemos concederle más protagonismo en la perversión al neomarxismo cultural, que perpetra el mayor ataque a las sociedades libres. Es inaceptable que no exista un mayor movimiento de resistencia contra esa corrección inquisitiva. Pero el que señala queda marginado. Siempre ha sido así. Bien lo sé.
- La autocensura.
- Otra herramienta principal de los totalitarismos. La autocensura es una forma de desmemoria.
- De ahí el esfuerzo en su poesía por no olvidar.
- Porque olvidar, en algunas ocasiones, es quitarle verdad a la vida. Y también frivolizar. La cultura, que juega un papel principal en la memoria de cualquier sociedad, ha quedado reducida a una fórmula de ocio.
- ¿Y si la poesía es una legitima defensa?
- Las raíces de la poesía están en el sufrimiento. Y creo que el fin de la vida no es divertirse sino ser feliz. Aunque eso exige aceptar su contrapeso: el malestar.

