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Un actor o una actriz que se mira en el espejo es un contrasentido, una paradoja, un oxímoron, un cuadro de Magritte. Los espejos, bien lo sabe Narciso, devuelven no tanto la imagen precisa de lo que uno es, sino de lo otro que uno no es. Nos explicamos. El mito de Narciso nos dice que el hombre se miró en el estanque y el castigo que le impuso Némesis por su engreimiento al rechazar el amor de la ninfa Eco no fue otro que enamorarse de sí mismo. Sin embargo, y pese a las bellas apariencias, quizá la lectura correcta sea otra: lo que dejó helado al efebo al ver su reflejo no fue tanto su evidente beldad, que quizá también, como el horror de verse convertido en otro. Su reflejo le confunde como una parte, un simple elemento más, del mundo. El yo es, en verdad, otro. De golpe, una simple imagen reduce el reino inexpugnable de la mismidad, de lo único, en el espanto de lo anónimo, de lo banal, de lo corriente. No es tanto amor propio como horror compartido. Sea como sea, al final cae al agua y se ahoga.
Un actor vive, como el propio Narciso de la fábula, únicamente pendiente de sí. Él es el que es a través de cada uno de sus personajes, a través del reconocimiento de los demás. Hasta que, un buen día, por efecto de la vejez, del olvido o de lo que sea, se mira en el espejo y se descubre como una parte más del mundo, como cualquier otro. Es entonces cuando se corre el peligro de perder el pie y ahogarse. Ése es el papel que interpreta Ana Belén de la mano de Marina Seresesky en Islas. La actriz hace que su personaje se acerque sospechosa y poéticamente a ella misma, a la Ana Belén grabada en la memoria de cualquiera. Y es en ese bucle virtuoso donde se vislumbra la posibilidad de la catástrofe, del ahogamiento súbito. Como Gloria Swanson en Sunset Boulevard, como Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?, Ana Belén se abre en canal, se ofrece en sacrificio y, en un derroche de sinceridad suicida, se arroja al agua. Brillante.
Islas cuanta la historia de un encuentro: el de un joven perseguido por un error del pasado y el de una actriz también ella acosada por una vida pretérita. Toda la fama del pasado ahora no es más que cenizas, rencor y patetismo. Los dos, cada uno a su manera, buscan la muerte, la redención o al menos una excusa, por débil que sea, para seguir viviendo. Pero no es fácil. Encerrado en el interior de un hotel, antes de lujo y ahora solo un resort para turistas, el drama discurre únicamente pendiente de Ana Belén y de las heridas de la memoria. Sorprende la planificación milimetrada, casi minimalista, por su fiero contraste con la interpretación barroca, ácida y subyugante de la protagonista. Gustan menos las derivas hacia la fábula social en las que, por momentos, se pierde la película. Pero, por encima de todo, seduce ese constante empeño de la directora (empeño que viene de muy atrás en su filmografía) por retratar la profundidad de las arrugas, por detenerse en el eco del fracaso. Seduce eso y la descomunal entrega de una Ana Belén a tumba abierta contra los espejos.
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Dirección: Marina Seresesky. Intérpretes: Ana Belén, Manuel Vega, Eva Llorach. Duración: 90 minutos. Nacionalidad: España.

