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Básicamente y resumiendo mucho, hay dos tipos de intérpretes. A un lado los malos (con éstos ya serían tres los grupos), los hay que protegen su legado, su imagen y su filmografía como oro en paño, y los que se pelean contra su legado, su imagen y su filmografía como si en ello les fuera la vida. Robert Redford, todo un mito, fue el gran emblema de los primeros. Se negaba de forma sistemática a interpretar un papel que no diera la medida exacta de lo que él mismo representaba. Honesto, cabal y siempre, desde cada uno de sus calculados silencios, ligeramente enigmático. Más recientemente, George Clooney sería el digno sucesor de una forma de entender el estrellato como una actitud personal, una forma de vida. Héroes dentro de la pantalla y tipos progresistas, defensores de causas nobles, productores ocasionales de las llamadas "películas necesarias" e implicados en la lucha contra el fin del mundo que se avecina. El medio, en su caso, es el mensaje. Y luego están ejemplos, mucho más atractivos para el que firma, como el de Jodie Foster. Empezó jovencísima, reconoce no haber tenido vocación para esto de actuar y su carrera es un irregular trayecto por obras maestras y obras olvidadas de las que cuesta extraer un perfil de personaje tipo. Es más, sus últimas películas son, si se quiere, una soberbia refutación de todo lo anterior hasta el punto de que en buena parte de ellas, como en Nyad por la que fue nominada al Oscar, ni siquiera es la protagonista.
Dicho todo lo anterior, Vida privada o, si se prefiere, la primera película en una carrera de casi 100 títulos en que Foster habla francés de principio a fin. Esto último solo es un detalle, pero relevante. No es que presuma de saberse tres palabras del idioma de Molière para quedar bien y chic. No, su personaje sueña, piensa, amenaza, se ríe y llora (llora bastante aunque sea de forma involuntaria) en francés. Digamos que la voluntad de experimentar, negarse y atreverse incluso a ser otra lo puede todo tanto en la actriz como en el propia película de Rebecca Zlotowski que, en la misma medida, avanza por la pantalla tropezándose consigo misma, siendo en cada momento lo contrario de lo que era cinco minutos atrás. Y esto, que así dicho puede resultar chocante y hasta molesto, en verdad es la principal y gozosa virtud de una producción y de una estrella sin miedo, sin miedo a equivocarse y tan divertidamente audaz que no queda otra que enamorarse tanto de la propia película como de la actriz. Otra vez.
Se cuenta la historia de un psiquiatra (Foster) a la que de repente, o no tanto, se le muere una paciente (Virginie Efira). En el entierro, el marido de la difunta (Mathieu Amalric) acusa a la doctora de ser la causante de lo que de entrada parece ser un suicidio. Con este punto de partida, Vida privada se ofrece al espectador como una intriga dedicada a averiguar qué es lo que verdaderamente ha pasado. Y así es, pero sin renunciar a absolutamente nada. Por momentos, es drama familiar que nos habla de una mujer incapaz de vivir ni sola ni en compañía (hace tiempo que se separó del personaje al que da vida Daniel Auteuil), de una madre que no soporta verse convertida en abuela y de una terapeuta que, cuando menos se lo espera, llora. A ratos es comedia casi costumbrista y muy francesa de adulterios (cuánto le gusta a un francés un adulterio, por dios), brujas que atisban el futuro y aventuras en medio de la noche descacharrantes. Y no contenta con ser todo esto, también es un drama de época que sueña con viejas conspiraciones en el periodo de entreguerras. Y cinta fantástica. Y hasta casting de pisos lujosos en el lujoso París.
El resultado es exactamente lo inesperado. Ni una sola de las expectativas del espectador se cumplen y no lo hacen de manera tan febril, alegre y simpática que no queda otra que, pese a las ligeras arritmias y hasta despistes, sorprenderse. Sorprenderse en general y sorprenderse con una Foster que ha hecho del carisma su manera de estar en el mundo. En inglés, en francés y en sánscrito. Qué bonita manera de cerrar y ordenar tanta refutación de sí.
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Dirección: Rebecca Zlotowski. Intérpretes: Jodie Foster, Daniel Auteuil, Mathieu Amalric. Duración: 105 minutos. Nacionalidad: Francia.

