CULTURA
La Penúltima

¿Por qué nos gusta tanto el mono Punch?

A mí me encantan el mono Punch y su peluchito, pero no deja de alucinarme por qué hay cosas que nos generan empatía a todos y por qué otras, no

El macaco japonés popularizado en redes como Mono Punch
El macaco japonés popularizado en redes como Mono PunchEFE
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El mono Punch nos ha robado el corazón a todos. La imagen y el vídeo del monito agarrado al peluche del Ikea que le dieron sus cuidadores después de haber sido rechazado por su madre, ha dado la vuelta al mundo. Y ha llenado las redes sociales de mensajes de cariño e indignación y de análisis profundos sobre los afectos. Cuando se dice que algo tiene punch estamos diciendo que algo tiene gancho y esta historia lo tiene por partida doble. Por el nombre del monito y por el pequeño camino del héroe que está realizando, enfrentándose a sus bullers macacos para conseguir el afecto y el amor de una madre.

A mí me encanta el mono Punch y su peluchito, pero no deja de alucinarme por qué hay cosas que nos generan empatía a todos y por qué otras no.

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Llego a la conclusión de que Punch enternece a todo el mundo porque ha demostrado ser medio humano. No es un mono más rechazado por su madre como miles de monos en el mundo, es un mono que se quedó abrazado a un peluche humano. Y ese gesto, que hemos hecho todos (porque todos hemos sido pequeños monitos que un día necesitamos la ternura), le acerca a lo que conocemos. La clave, como todo, está en ser medio humano, o en solo parecerlo, porque cuando eres humano del todo entonces eres ya un ente político con el que no todo el mundo va a poder empatizar (que se lo digan a los 17.000 niños huérfanos o que han sido separados de sus familias en Gaza). Y cuando eres un animal del todo, entonces ni siquiera existes (que se lo digan a todos los animales abandonados en los refugios que esperan acogida).

La historia de Punch me recuerda a la de Keiko, la orca que protagonizó Liberad a Willy, uno de los animales más famosos y más queridos. Estaba tan domesticada, la pobre, que cuando la liberaron de verdad apareció muerta al poco tiempo, después de coger un resfriado por la mala adaptación de su cuerpo al océano. Lo más triste de esta historia es que nunca consiguió reinsertarse en el mundo animal y murió buscando una y otra vez el afecto humano.

Cuando se humaniza un animal ese animal ya nunca será libre.

Da mucha pena que Punch haya sido rechazado por su madre y por las manadas en las que se le ha intentado integrar. Pero más pena debería darnos que haya nacido en un zoológico. Que todos los días le visiten miles de personas, que para escapar de los otros macacos, no pueda recorrerse media selva y tenga que encerrarse en una jaula. Y, sobre todo, que se tenga que abrazar a un peluche de una macroempresa humana cuando debería estar abrazado a cualquier árbol.