CRÓNICA
Brasil

La cara oculta (y esforzada) del gran Carnaval de Río de Janeiro: subvenciones millonarias y trabajadores a 40ºC por 280 euros al mes

El Sambódromo de Río de Janeiro se convierte estos días en la capital del mundo. Las grandes agrupaciones reciben hasta un millón de euros al año en subvenciones públicas, siempre sujetas a gran polémica. Pero en las entrañas del mayor Carnaval del planeta, los trabajadores que lo ponen en pie se enfrentan a jornadas maratonianas en galpones calurosos y húmedos, con sueldos que en muchos casos no pasan de los 500 euros al mes

Montadores de la carroza de la Escuela de Samba Imperio Serrano de Río de Janeiro.
Montadores de la carroza de la Escuela de Samba Imperio Serrano de Río de Janeiro.APOLLINE GUILLEROT-MALICKSOPA IMAGES / GETTY IMAGES
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En el corredor principal de la entrada de la Sapucaí, una avenida en Río de Janeiro conocida como el Sambódromo, centenas de trabajadores coordinaban el paso de otros centenares de personas el pasado domingo. Algunas de ellas llevaban los colores de sus escuelas de samba —grupos populares y centros comunitarios que preparan desfiles espectaculares para competir en el Carnaval brasileño—, junto a turistas reconocibles por los múltiples idiomas que se mezclaban allí. Se trataba de la última noche de ensayo técnico antes de los desfiles astronómicos que comenzaron el 13 y que ha valido a Río de Janeiro el título de mayor carnaval del mundo según el Guinness Book. Bajo la intensa lluvia, algunos repartían capas, otros cumplían sus labores y mientras tanto, entre quienes desfilaban y el público en las gradas, el samba seguía sonando, largo y persistente por los 700 metros del sambódromo.

Es en febrero de cada año cuando los sambódromos se convierten en una de las principales atracciones del país. Bajo sus luces tienen lugar los desfiles de Carnaval, con cerca de 30.000 personas por noche, incluyendo las escuelas del Grupo Especial, la máxima categoría, que pueden reunir hasta 3.000 integrantes cada una. Lo más visible de este espectáculo son los disfraces, los colores, los sambas-enredo —la canción que cada escuela crea para contar la historia de su desfile—, la batería, las carrozas y el baile (el samba) sobre tacones de entre 8 y 15 centímetros. Pero detrás de esta imagen hay una estructura laboral, económica y política que va mucho más allá de las tres noches de desfile.

Para saber más

Dentro del universo carnavalesco es muy común oír que lo que para el público empieza ahora, para quienes lo hacen posible representa el cierre de más de un año de trabajo. La preparación de un nuevo desfile comienza casi inmediatamente después del carnaval anterior, con la definición del enredo, la composición del samba y el desarrollo de un proceso creativo que se extiende durante meses, con el objetivo de sostener un espectáculo que dura 70 minutos por grupo. Es en las grandes naves industriales conocidas como barracões, dentro de complejos como la Cidade do Samba, en Río de Janeiro, o la Fábrica do Samba, en São Paulo, donde la producción se realiza, siguiendo un modelo que se repite, con algunas variaciones, en los dos principales polos del Carnaval.

Ladislau Almeida, responsable de prensa de la escuela Académicos de Vila Maria, en São Paulo, explica a Crónica cómo funciona parte de este proceso: «Las escuelas funcionan como estructuras que combinan recursos humanos, financieros y logísticos para sostener un espectáculo de alta complejidad técnica». Según él, aunque no haya una cifra media exacta, en los bastidores cada escuela puede movilizar entre 200 y 300 trabajadores de forma directa e indirecta, entre costureras, herreros, carpinteros, escultores, pintores, artesanos y técnicos responsables del acabado de la parte artística. Cada detalle, desde las ropas que llevan los integrantes hasta las carrozas, debe estar milimétricamente perfecto, ya que cualquier error puede restar puntos en la clasificación final. Además, comenta, detrás de la estética hay también un trabajo de ingeniería: «Las estructuras deben soportar toneladas de materiales, resistir viento y lluvia y garantizar la seguridad de los integrantes, con sistemas de protección como el llamado Santo Antônio barras de seguridad instaladas en las carrozas, que reciben ese nombre porque funcionan casi como una apelación al santo», bromea.

Las condiciones laborales varían según la escuela, la función y la experiencia. En el eje Río-São Paulo, los profesionales que conforman la base del Carnaval operan en un mercado laboral que combina cierta formalización sindical con contratos temporales y un nivel persistente de precariedad. A partir de convenios colectivos sectoriales, datos de portales salariales oficiales y fiscalizaciones recientes del Ministerio de Trabajo, se estima que las costureras perciben entre 1.900 y 2.700 reales mensuales (unos 350-500 euros), los ferreiros y soldadores, entre 2.500 y 3.800 (alrededor de 460-700 euros), los artesanos y aderecistas, entre 2.300 y 3.500 (unos 420-650 euros), los carpinteros, entre 2.400 y 3.000 (en torno a 440-550 euros) y los auxiliares de barracón, entre 1.500 y 1.800 (aproximadamente 280-330 euros). En los meses previos al desfile predominan además los pagos por diaria, que en 2025-2026 suelen moverse entre 120 y 250 reales (unos 20-45 euros) en funciones básicas y pueden alcanzar cerca de 500 reales (alrededor de 90 euros) en tareas técnicas especializadas.

Ritual de 'Lavagem' que se realiza en el Sambódromo de Río antes de los grandes desfiles.
Ritual de 'Lavagem' que se realiza en el Sambódromo de Río antes de los grandes desfiles.BRUNA PRADOAP PHOTO

Es en este punto en que las jornadas pueden alargarse hasta ocho o diez horas diarias en equipos reducidos, con pagos quincenales sin contrato formal, para cumplir los plazos de entrega. Así lo relata a este diario uno de los ex costureros que trabajó por más de una década para una escuela de samba en Río de Janeiro y que pidió no ser identificado: «El trabajo se lleva a cabo en talleres improvisados fuera de la Cidade do Samba, en galpones antiguos sin ventilación adecuada, donde el calor del verano se mezcla con el de las máquinas y el olor de pegamentos industriales». Entre los galpones del Grupo Especial se combinan pisos de concreto, estructuras metálicas de acero que soportan carrozas de hasta 12 metros, escaleras y monovías para transporte de esculturas, talleres de carpintería, soldadura y escultura, así como espacios superiores para costura y administración. Durante la producción, las temperaturas internas pueden superar los 40°C, con humedad alta y más de cien trabajadores concentrados, mientras que materiales inflamables como isopor, telas, colas y purpurina añaden riesgos adicionales. En el descanso del almuerzo, muchos dormían en el suelo del propio galpón para soportar el ritmo de trabajo. «La gente ve la fantasía brillando en el desfile, pero nadie piensa en cuántas veces alguien pasó la mano por esa pieza hasta dejarla lista».

En otro relato obtenido por Crónica, Maria Augusta Cuevas, que trabajó como camarera en el Camarote Milenio en el sambódromo de São Paulo en 2024, asegura que cobraba 230 reales —unos 37 euros— por noche, en turnos de al menos doce horas, desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana, aunque en la práctica la jornada solía prolongarse hasta las siete y media u ocho. Durante el servicio «no podía sentarse ni apoyarse en ningún lugar». Disponía de una pausa para comer, pero, según su testimonio, la comida que le proporcionaban llegó a estar en mal estado, con el frijol «literalmente podrido». Como alternativa, podía consumir algo del bufé, aunque en cantidades limitadas y bajo supervisión de la cocina.

CANCIONES SUBVENCIONADAS

Otra cara de este gran espectáculo, que reaparece cada año como foco recurrente de polémica, es el uso de financiación pública para abordar determinados temas políticos o religiosos en los desfiles. Cada año, las escuelas presentan sus sambas-enredo ,las canciones que articulan la narrativa que llevarán a la avenida, con fuerte contenido social y político, en diálogo directo con los debates del momento. El Sambódromo funciona —nació para ello— como un gran escenario de discusión pública.

En 1989, la escuela Beija-Flor de Nilópolis sacudió a Brasil con el enredo «Ratos e Urubus, Larguem Minha Fantasia». El grupo intentó llevar a Sapucaí una imagen del Cristo Redentor caracterizado como mendigo, cubierto de harapos, para denunciar la hipocresía social frente a la pobreza. Tras una prohibición judicial impulsada por la Iglesia católica, la estatua desfiló tapada con plástico negro y una frase que quedó para la historia: «Aunque esté prohibido, vela por nosotros». La censura terminó amplificando el mensaje.

Los temas vinculados a religiones de matriz africana —base de parte de la cultura brasileña, incluido el propio samba— también son objeto recurrente de controversias y racismo religioso. En 2022, Acadêmicos do Grande Rio dedicó su desfile a Exú, deidad afrobrasileña asociada a la comunicación y a la apertura de caminos. Antes (y también después) de salir a la avenida, la escuela fue blanco de ataques en redes sociales que equiparaba la entidad con el «demonio», una asociación frecuente en sectores cristianos conservadores. Pero el efecto fue el contrario y la escuela se proclamó campeona y el desfile se convirtió en símbolo contra el prejuicio.

Parte de la parafernalia carnavalera de la agrupación Caprichosos de Pilares, que compite en la serie bronce, la más baja del carnaval de Río.
Parte de la parafernalia carnavalera de la agrupación Caprichosos de Pilares, que compite en la serie bronce, la más baja del carnaval de Río.TERCIO TEIXEIRAAFP

En São Paulo, Vai-Vai generó protestas en 2024 al incluir una comparsa en la que policías aparecían caracterizados con cuernos y alas de demonio, en alusión a la violencia policial. Sindicatos y parlamentarios conservadores pidieron sanciones y recortes de subvenciones, reavivando el debate sobre los límites de la crítica cuando hay dinero estatal de por medio.

La tensión de este año gira en torno a Acadêmicos de Niterói, que llevará a la avenida un samba-enredo en homenaje al presidente Lula da Silva, con consignas populares en actos de apoyo al líder de la izquierda brasileña y alusiones veladas a los aranceles de Donald Trump y al expresidente Jair Bolsonaro. La oposición presentó denuncias ante la justicia electoral por presunta campaña anticipada en un contexto preelectoral, al considerar que el homenaje podía interpretarse como promoción política financiada indirectamente con recursos públicos.

Aunque el Carnaval mueve miles de millones de reales en la economía brasileña, impulsando el turismo y la hostelería, su realización depende en gran medida del dinero público. En Río de Janeiro, una escuela del Grupo Especial puede recibir por temporada alrededor de seis millones de reales (cerca de un millón de euros), mientras que en São Paulo las ayudas suelen situarse entre uno y dos millones (unos 160.000 a 320.000 euros), con cantidades menores en los grupos de acceso.

Las subvenciones se defienden por su impacto económico y cultural, pero también se cuestionan en contextos de crisis fiscal. A ello se suman críticas sobre la transparencia en el reparto de recursos, las desigualdades entre ligas y la influencia de patrocinadores y actores políticos en decisiones internas como la elección de enredos u homenajes. En 2022, la Liga Independiente de las Escuelas de Samba de Río (Liesa) expresó su apoyo a la reelección del entonces gobernador Cláudio Castro, un gesto interpretado por sectores del Carnaval como muestra de hasta qué punto la relación con el poder puede incidir en la estabilidad financiera y en la orientación simbólica de las escuelas.

En ese mismo escenario, escuelas como Unidos de Vila Maria —que en 2026 apostará por un enredo dedicado a la gastronomía brasileña como metáfora de identidad y mestizaje— ilustran cómo la elección de un tema cultural aparentemente neutro tampoco escapa al contexto político y económico en el que se inscribe el Carnaval.