CRÓNICA
Río de Janeiro

Bienvenido (turista) a la gran favela de la Rocinha, donde los vídeos virales para TikTok cuestan hasta 65 euros: "Basta con respetar las normas de la comunidad y de los grupos armados"

Pese a los intentos de pacificación del Estado, sigue siendo un territorio convulso con normas propias. Los 'tours' entran, enseñan todas sus caras, aunque con reglas claras: prohibido fotografiar hombres armados o barricadas

Vista general de la favela de la Rocinha, la más grande de Río de Janeiro.
Vista general de la favela de la Rocinha, la más grande de Río de Janeiro.MATIAS DELACROIXASSOCIATED PRESS
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Una persona sale por una puerta gris y camina hasta una silla. Se sienta y un dron se eleva, mostrando la figura sobre el tejado de una casa. Más atrás, la cámara revela una maraña de viviendas apiñadas en la cima de la colina, con vistas a la playa de São Conrado. Bienvenido, estás en la Rocinha, la mayor favela de Río de Janeiro y una de las más pobladas de Brasil, convertida en escenario de vídeos virales y experiencias turísticas auténticas. Pero ese acceso no es libre ni casual. La circulación de turistas por esta comunidad solo es posible porque la favela funciona bajo un sistema de control propio, con normas, vigilancias y castigos que reemplazan al Estado.

Para conocerla, el tour cuesta entre 110 y 260 reales por persona (entre 17 y 40,5 euros), según el tipo de paseo y el operador. Los vídeos personalizados con drones —que capturan la favela desde arriba y es una de las imágenes más codiciadas— se pagan aparte por entre siete y 25 euros y su uso está estrictamente regulado. Según explica Amaranta Damous, guía turística acreditada, las grabaciones aéreas sólo pueden realizarse con equipos locales. «Hay una empresa dentro de la favela y los vuelos se hacen con ellos. Eso también genera dinero allí», aclara a Crónica. Los visitantes no pueden utilizar drones propios. Los recorridos, guiados por profesionales locales o acreditados, duran entre dos y tres horas y se ofrecen en portugués, inglés y español. Durante la visita se recomienda apoyar el comercio local mediante compras de chucherías en tiendas de la comunidad.

Las escenas grabadas en esta azotea generan millones de visualizaciones.
Las escenas grabadas en esta azotea generan millones de visualizaciones.E.M.



El turismo en la Rocinha se sostiene sobre un negocio organizado, con reglas claras, circuitos definidos y mecanismos de control. Amaranta explica que los recorridos siguen un circuito semi estandarizado que recoge a los visitantes en sus hoteles y los trasladan hasta la comunidad. El ascenso puede hacerse en coche o en motocicleta, que es la opción más demandada. La ruta incluye paradas frecuentes en las azoteas de hormigón —las lajes— que según explica esta guía «se han convertido en atracciones turísticas porque algunos residentes hicieron limonada con limones», además de centros culturales con presentaciones de capoeira y maculelê, bares y miradores. En ellas se concentra el núcleo económico del turismo. Algunas cobran entrada, otras funcionan mediante contribuciones voluntarias, ofreciendo bebidas, artesanías y vistas panorámicas de la ciudad. Aunque se fomenta el consumo en comercios locales, el beneficio acaba concentrándose en puntos específicos del trayecto, explica.

Mientras los turistas toman fotografías desde los callejones y azoteas y comparten sus imágenes en vídeos virales, sobre todo en TikTok, la imagen de la favela turística contrasta con la realidad de un ecosistema complejo.
Allí conviven la economía local y el llamado Estado paralelo, el narcotráfico. El punto con la silla, el más fotografiado del recorrido, es conocido como Porta do Céu —puerta del cielo, en portugués— y se encuentra en la zona más alta de la favela, llamada Laboriaux. Desde allí se observa la laguna Rodrigo de Freitas y, al fondo, partes de Leblon e Ipanema. Rocinha y Leblon son barrios vecinos, separados apenas por el Morro Dois Irmãos y el túnel Zuzu Angel, pero el contraste es extremo. Mientras en Leblon se concentran las viviendas más caras de Brasil y de Latinoamérica, en la favela persisten carencias básicas de infraestructura. La falta de cloacas afecta a las calles estrechas, sobre todo cuando llueve. Los cortes de luz son frecuentes y hay muchos cerdos que recorren cotidianamente las vías alimentándose de la basura y contribuyendo, sin querer, a limpiar la zona. En este contexto, la Rocinha registra una incidencia de tuberculosis —80 casos por cada 100.000 habitantes al año— superior a la media nacional, agravada por factores como la escasa ventilación, la baja inmunidad asociada a la desnutrición o al consumo de drogas y el abandono del tratamiento.

En este punto, Amaranta afirma intentar evitar la romantización del territorio, y advierte que la Rocinha «no es un espectáculo» y que los turistas deben entenderlo antes de entrar «con una cámara en la cara de los moradores». En otro momento del recorrido, al abordar la cuestión de la seguridad, explica que la presencia de hombres armados forma parte de la realidad local y que siempre avisa a los visitantes antes de iniciar el tour: «Puede ser que vean a alguien armado. Pasen con naturalidad».

Uno de los vídeos virales de TikTok en la 'Porta do Céu'.
Uno de los vídeos virales de TikTok en la 'Porta do Céu'.E.M.

EL TERRITORIO DEL COMANDO VERMELHO

La seguridad es uno de los aspectos que más interrogantes despierta cuando se oye hablar de la Rocinha. Antes de la llamada «pacificación», en 2011, esta comunidad estaba dominada por el narcotráfico. El Comando Vermelho (CV), la principal facción del narcotráfico de Río de Janeiro y una de las mayores de Brasil, controlaba calles y comercios, imponía toques de queda durante operaciones policiales y cobraba tasas a los vecinos. La violencia era constante, los tiroteos aislaban la favela de la Zona Sur y la presencia de armas pesadas formaba parte del paisaje cotidiano.

La intervención estatal de 2011, con la instalación de la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) y la operación Choque de Paz, permitió al Estado recuperar formalmente el control parcial del territorio. Durante los primeros meses se redujeron los enfrentamientos armados y hubo mejoras puntuales en los servicios, pero la estabilidad fue frágil. Entre 2017 y 2025, la Rocinha volvió a registrar picos de violencia, con decenas de muertos por armas de fuego en enfrentamientos entre facciones rivales y fuerzas de seguridad, incluido un episodio en 2017 que dejó 63 muertos en apenas seis meses. El Ejército intervino durante días en la favela para contener disputas internas del narcotráfico.

Los tiroteos no solo dejan muertos sino que obligan a cerrar escuelas, centros de salud y comercios, afectando también los tours. La paradoja es que, cuando el turista entra, el riesgo inmediato suele ser mucho menor que el que muestran las imágenes de guerra urbana, aunque no desaparece por completo. Hay normas informales que organizan la vida dentro del territorio. Robar, por ejemplo, está terminantemente prohibido para mantener el orden y evitar atraer la atención policial, castigando a los infractores con severidad.

Los turistas no pueden grabar con sus propios drones y deben pagar a alguien local por las filmaciones.
Los turistas no pueden grabar con sus propios drones y deben pagar a alguien local por las filmaciones.E.M.


El abuso sexual, la violencia doméstica, el maltrato a personas mayores, los chismes conflictivos o el consumo de drogas como el crack también reciben castigos, que pueden incluir expulsión o violencia física, según relatan los propios moradores en redes sociales.. Una de las normas más estrictas prohíbe pasar información a la policía o a facciones rivales, algo considerado traición y sancionado con la muerte. Incluso ruidos excesivos o fiestas fuera de horario pueden ser reprimidos por los grupos armados que controlan la comunidad. «De manera general, para circular por la Rocinha basta respetar las normas informales impuestas tanto por la comunidad como por los grupos armados. Aquí no hay desorden», comenta a este diario Bruno Azevedo, un vecino de 25 años que ha vivido en la favela toda su vida y la conoce bien.

NO FOTOGRAFIAR ARMAS NI BARRICADAS "BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA"

No es recomendable visitar la favela sin la presencia de un guía que conozca el territorio y sus normas. Por ejemplo, aunque en Brasil el uso del casco es obligatorio, en la Rocinha los motociclistas circulan sin él para que los vigilantes puedan identificar quién entra y quién sale. Amaranta explica que el turista incluso puede solicitar llevar casco, pero que, por lo general, no se conduce con él dentro de la comunidad. Por la noche, circular en coche o moto implica apagar los faros y encender la luz interior. Si los cristales están tintados, conviene bajarlos para que los ocupantes sean visibles. Maniobras bruscas, como dar marcha atrás, pueden interpretarse como señales de fuga o de amenaza. Existen zonas donde no se puede circular y restricciones estrictas para tomar fotografías. No se deben fotografiar personas armadas ni barricadas «bajo ninguna circunstancia», advierte otro morador que prefirió no identificarse. Las imágenes panorámicas suelen ser aceptadas, siempre con discreción y bajo la supervisión de un guía. «Hay callejones donde no se pueden usar celulares ni gafas de sol. Es la ley de la favela, no la ley del asfalto», refuerza la guía turística.

También deben evitarse gestos asociados a facciones rivales, como el signo de tres con los dedos, por ejemplo. En cambio, el dos es la señal permitida por el grupo que domina actualmente esta comunidad. Todas estas reglas son válidas tanto para turistas como para vecinos.

La Rocinha empezó a formarse a finales de los años 20, sobre una antigua hacienda cafetalera entre los cerros Dois Irmãos y Gávea. Migrantes que buscaban trabajo ocuparon la zona poco a poco, y la favela tomó su nombre de los pequeños cultivos que abastecían los mercados vecinos. En los años 50 y 60, la llegada masiva de población del noreste aceleró su crecimiento desordenado, hasta convertirse en los 70 en una de las mayores favelas de América Latina. Aunque fue reconocida oficialmente como barrio en 1993, el Estado nunca estuvo presente de manera estable ni ofreció servicios acordes a su tamaño.