Los asaltantes entraron a plena luz del día tanto en casas habitadas como en segundas residencias solo temporalmente ocupadas durante el verano. Exactamente igual que en la película The Strangers de Bryan Bertino, lo peor de la razzia no fue lo que sustrajeron, sino la perturbadora intromisión en la intimidad de los moradores de las casas y esa angustiosa sensación que dejaron tras de sí de que, ni siquiera en tu castillo, puedes sentirte a salvo.
«Que vinieran una vez a robar al pueblo es algo que la gente entiende, pero que volvieran quince días después nos dejó bastante estupefactos», asegura el abogado Joaquín Puyuelo. El letrado tiene su despacho en Monzón, pero reside en la calle principal de Salas Bajas: él mismo fue asaltado durante la segunda incursión que realizaron los encapuchados.
Penetraron en su casa entre las seis y las ocho de la tarde del pasado 19 de diciembre por la parte trasera de una línea de viviendas, una zona de patios y corrales lindante con un área de campos y solares débilmente protegida por muros de ladrillo que saltaron sin problemas. Es obvio que los cacos habían desplegado algo de inteligencia previa y disponían de un plan muy específico. «El día precedente se habían detectado movimientos y alguien vio una furgoneta sospechosa, pero eso es algo que se supo a posteriori», afirma el abogado.
Ese mismo 19 de diciembre, los mismos encapuchados reventaron cuatro chalés en el Ariño, una urbanización situada a unos pocos kilómetros, en la cercana población aragonesa de Barbastro, de acuerdo a un patrón idéntico: viviendas vacías a esas horas, puertas y ventanas forzadas y un botín que repudiaba cualquier cosa que no fuera dinero y oro amarillo (desdeñaron el blanco).
Fue una especie de algara rápida y profesional con una retirada limpia por las comarcales. La Benemérita llegó tarde, cuando el pescado ya estaba vendido y los encapuchados, camino de Villadiego. «Mientras robaban en Salas Bajas, ellos paraban coches en Salas Altas», comenta una vecina. «Pero eso no lo pongas porque queda un poco mal».
Una vez irrumpieron en la primera vivienda, accedieron a la contigua y así de forma sucesiva. Lo de colarse en los inmuebles fue un problema logístico menor porque nadie espera ser robado durante el día en un pueblo de algo menos de cien almas y la gente no construye búnqueres, sino casas comunes, sin puertas acorazadas ni perímetros pensados para resistir a una banda organizada.
A Joaquín, por ejemplo, le robaron su anillo de casado. En otros domicilios se llevaron algo de efectivo, nada importante, los clásicos "doscientos pavos" que la gente guarda entre los calcetines desde que el Covid y la fiebre del survivalismo convirtieron en doctrina lo de prepararse con muchas latas de judías y rollos de papel higiénico para la caída del wifi y el sistema.
PARANOIA EN EL PUEBLO
En cierto modo, lo peor fue regresar a casa y hallar todo ese revoltijo de cajones abiertos, armarios destripados y pertenencias familiares profanadas que te gritan que alguien ha violado tu santuario y ha quebrantado la sagrada paz de tu morada.
Ahora ya es más complicado que un forastero pasee por el pueblo sin enfrentarse a miradas de recelo, como si Salas Bajas se hubiera convertido en el escenario de un small town paranoia thriller, la clásica película de terror en la que te sales de la carretera principal en algún valle de los Apalaches, entras en el bar del pueblo y los locales dejan de hablar para perforarte con la mirada.
Si el conductor no es de la zona, alguien se interesa por las razones de su presencia allí; si un desconocido se aventura por la calle Mayor, dos miradas lo escoltan desde las ventanas. La puerta que antes se dejaba entornada se cierra con llave, la hospitalidad automática se suspende un segundo para medir al forastero y hasta la Guardia Civil se dedica a filtrar el miedo como recadero del pánico, identificando a los extraños a petición del primer vecino que descuelga irracionalmente el teléfono, como si los mafiosos fueran a volver por tercera vez para catar algún crianza en la bodega Enate o ir a pedir perdón por sus delitos a la iglesia barroca de San Vicente Mártir.
«Claro que se ha creado una especie de psicosis», dice la teniente de alcalde Cristina Cernadas. «Ahora, cada vez que pasa el coche de un extraño apuntan las matrículas. Pero es que es un lugar pequeño donde apenas viven cien personas y han entrado en once casas. Aquí hay gente mayor que vive sola. Es normal que tengan miedo. Si hubieran robado en la mía, hubiera lavado mis cosas con lejía».
Los asaltantes estuvieron a punto incluso de darse de bruces con los ocupantes de una casa, una situación altamente peligrosa que podría haber desencadenado un episodio de violencia. Según la concejal, «los vieron sentados en la mesa del comedor y se fueron a toda prisa. Como llevaban guantes y cubrieron sus rostros, no han podido ser identificados. Había ya cámaras de vídeo en alguna de las viviendas pero las imágenes tampoco han servido de nada. Suponemos que hubo una vigilancia previa porque se metieron por calles apenas frecuentadas».
Aunque no se han producido detenciones, la Guardia Civil investiga los asaltos como una actuación planificada con el mismo modus operandi que se ha visto en otras oleadas atribuidas a bandas itinerantes que han encadenado robos en áreas rurales de toda la Península. En las conversaciones de bar, el término que ha cuajado es «mafia».
DISTOPÍA MÍNIMA
Se ha vulnerado la paz y se ha instalado el miedo y, para defenderse de él, los vecinos han decidido recurrir al Gran Hermano, lo que va camino de convertir a Salas Bajas en uno de los pueblos más seguros (e indiscretos) de España. Por un lado, el Ayuntamiento tramita con la Diputación de Huesca y la Delegación del Gobierno la autorización para desplegar un sistema público de vigilancia; por otro, los propios vecinos han empezado ya a colgar sus propias cámaras, tejiendo una red privada que cubre ángulos muertos y rincones antes solo observados por las golondrinas y las parras.
Esa sensación de ojo permanente y de Big Brother que te observa no solo espanta a los rateros, sino también cierta forma de vivir el pueblo: la de franquear los accesos a la población sin sentirse espiado, la de ser un forastero sin convertirse automáticamente en sospechoso de algo. Es una especie de distopía mínima y consentida: un Gran Hermano rural donde casi todos aceptan sacrificar parte de su intimidad a cambio de la promesa de no volver a ser desvalijados. Sobre la vieja vida discreta empezará pronto a superponerse una capa de ojos electrónicos.
«Es cierto que siempre pierdes algo de privacidad», dice Joaquín Puyuelo. «Pero lo bonito de los pueblos es la libertad y difícilmente puedes sentirte libre cuando sientes que no estás seguro».
«El Ayuntamiento está esperando a obtener los permisos necesarios para instalar las cámaras, pero en otros pueblos aragoneses como Bierge, ya han sembrado el municipio de ellas», apostilla Cernadas.
¿Cómo funciona exactamente esta nueva red de vídeovigilancia a la que vienen recurriendo desde hace unos pocos años pueblos de toda España? Como dice la edil de Salas Bajas, a unos 40 kilómetros de Salas Bajas, en Bierge, el Gran Hermano rural funciona ya desde hace un tiempo y sirve para entender las posibilidades de la nueva arma.
Samuel Santamaría, teniente de alcalde de ese municipio, nos aclara que el sistema mezcla dinero público y miedo privado: una parte de las cámaras se financia con las ayudas del Plan de Seguridad Rural de la Diputación de Huesca y el resto corre a cargo del Ayuntamiento, pero el control de las imágenes es exclusivo de la Guardia Civil, que puede verlas en directo y tirar de archivo si hay un robo. El Gran Hermano, pues, es la Benemérita.
No se trata de llenar de lentes cada rincón del valle, sino de sembrar puntos muy concretos en lugares de obligado paso. Bierge es un municipio disperso, con ocho núcleos habitados, y han dispuesto unas pocas cámaras: una en el cruce de entrada hacia Rodellar, otra en el acceso al Salto de Bierge y otras en las carreteras principales que cosen las aldeas de la Sierra de Guara.
A diferencia de Salas Bajas, Bierge no ha sufrido robos, de modo que la intervención es preventiva. Y, hasta la fecha, nadie ha levantado la voz porque sienta que el Big Brother le vigila. A juicio de Santamaría, «la gente cree que, si no haces nada malo, no tienes de qué preocuparte».
La barrera disuasoria que están levantando en Bierge o Salas Bajas no es una excentricidad del Somontano, sino la versión local de una estrategia que en 2025 ya se había extendido por buena parte de la provincia. En Huesca, uno de cada tres municipios de menos de 2.000 habitantes había pedido ayuda a la Diputación el año pasado para instalar cámaras en sus accesos.
Y en el resto de España ha ocurrido lo mismo. En Guadalajara, la Diputación lleva tres años implementando el programa DIPUCAM: solo entre 2022 y 2023, ha subvencionado la instalación de 244 cámaras en los accesos de 127 pueblos, y en 2023 aprobó ayudas para otras 132 cámaras en 68 municipios. En Toledo, la institución provincial se plantea copiar el modelo tras una oleada de robos y actos vandálicos —incluido el saqueo de cementerios— y varios ayuntamientos de la Campana de Oropesa ya han empezado a contratar empresas para colocar cámaras en calles y entradas del casco urbano.
Y sobre esa primera malla de ojos rurales se está tendiendo otra, más densa y tecnológica, en las carreteras catalanas. Mientras Huesca blinda los accesos a sus pueblos con cámaras convencionales, la Generalitat despliega una red de lectores de matrículas en autopistas y vías principales que permite rastrear vehículos vinculados al crimen organizado y cruzar datos en tiempo real con los Mossos d'Esquadra.
En Aragón, cada vez más voces sospechan que ese Gran Hermano viario al otro lado de la frontera autonómica puede estar empujando una parte de la delincuencia itinerante hacia el interior de la comunidad, donde la vigilancia es más fragmentaria y la red de cámaras todavía tiene agujeros.
Esta multiplicación de Big Brothers del agro responde, sobre todo, a dos cuestiones. Por un lado, el goteo de robos con fuerza en domicilios de la España interior es casi una tendencia. Y por otro, varios informes reconocen que la dispersión de los pueblos y la carencia de efectivos policiales hacen imposible llegar a todo, y recomiendan apoyarse en medios tecnológicos. De esa combinación sale el paisaje actual: una España rural controlada por la vídeomirada de los verdes. @FerranBarber

