Es un libro, pero quiere funcionar como un espejo. Uno que refleje que, sea cual sean las circunstancias de cada uno, al caer la noche todo el mundo descansa bajo el mismo manto de estrellas, se encuentre en un acogedor dormitorio o prepare las cajas que ejercerán de cama para dormir al raso. «Por eso se titula Bajo un mismo cielo. Porque el cielo no entiende de muros ni etiquetas y nos recuerda que nadie debería dormir a la intemperie de la indiferencia», señala Javier Ugarte, director de la Asociación Mundo Justo, con más de 25 años de experiencia en labores de voluntariado, cooperación y desarrollo.
Ugarte ha sido el encargado de unir los relatos que ahora se publican con el impulso del proyecto colectivo tuTECHÔ, que se apoya en un ecosistema de colaboradores para buscar una solución transformadora que acabe con el «mayor problema social crónico» de España: el sinhogarismo y la falta de vivienda. En sus páginas, se cuentan historias como la de Dima, un joven que huyó de Vinnytsia, Ucrania, al inicio de la guerra, sin un rumbo fijo. Pasó por Polonia, Alemania y Francia, lugares donde sintió que «la gente te deja pasar, pero no quedarte». Ahora duerme en los alrededores de distintas estaciones de tren de España, con la duda perenne de si debe volver a su país o rehacer su vida en algún otro sitio. «Ahora no pido mucho. Sólo quiero poder cerrar los ojos sin miedo a lo que venga», afirma.
También toma la palabra Andrés, el nuevo nombre que se puso un joven salvadoreño de 22 años al llegar a nuestro país. Huyó porque allí «ser homosexual es una sentencia». No está escrito, pero todos lo saben. Sus grandes ojos esconden años de represión. Duerme de plaza en plaza a la espera de que le den el asilo. Pero lo tiene difícil. «Tendría que probar que corría peligro. Pero... ¿cómo se prueba el miedo?».
La chica del comedor no da su nombre. Tampoco determina en qué punto de la Península nació. Se considera «una hija del abandono». Se crió en un albergue, pero nadie vino nunca a por ella, ni para adoptarla, ni para acogerla. Al cumplir 18 fue a un piso tutelado y conoció a su primer amor, «el alcohol». «Me daba calor, me daba olvido y pertenencia. Pero no supe frenarlo. Perdí el piso y el trabajo. Gané la calle», resume. Ahora lucha contra el vació, sin palabras grandilocuentes. «Nunca tuve sueños. No me enseñaron a tenerlos. No sé soñar».
Sobrecoge también la historia de Alain. No es su nombre, pero lo ha adoptado porque le gusta «como suena». No quiere que lo graben, ni que le saquen fotos. Sólo que quede constancia de su historia: llegó hace 10 años desde Camerún. Durmió en el monte Gurugú, vio morir a varios amigos y aprendió, a golpes, «lo que significa ser negro en un mundo que no quiere vernos». Habla sin dramatismo ni odio, de forma clara y firme. Él sí tiene sueños, pero se los guarda para cuando duerma bajo techo. «En la calle no se puede soñar. Te congelas si lo haces. Pero sí te planteas preguntas. ¿Tú crees que un hombre sin papeles puede tener alma?».
La idea de reunir distintos testimonios de personas sin hogar nació de forma espontánea, hace cinco años, cuando un anciano llamado José Nevado empezó a recoger testimonios de la gente que coincidía en los albergues que visitaba «para pasar el tiempo». Más adelante, en el centro de día Teena María del madrileño barrio de Prosperidad, se unieron al proyecto distintos actores: Javi, Ricardo, Carmen... Con 70 visitantes cada día, raro fue el que no aportó su granito de arena. Finalmente, el escritor Manuel Hernández acabó de darle forma al texto.
«Ha sido un trabajo grupal, de muchas personas colaborando junta», explica Ugarte. En los distintos testimonios hay sinhogarismo, adicciones, inmigración y pobreza, pero también emoción, dignidad, gratitud y esperanza. «No pretendemos dar lástima, sino voz. Demostrar que incluso en medio de la oscuridad, sigue habiendo luz», recalca el director de Mundo Justo.
«Nosotros intentamos hacer una labor muy humana. Somos una ONG en la que más del 90% participa de forma voluntaria. Lo hacemos por ayudar a la gente. Y no caemos en el victimismo porque cuando la gente llega a nuestro centro no viene obligada. Al no ser excesivamente burocráticos y no tener gente derivada por las administraciones , sino que toma la decisión de venir por su cuenta, es como si formáramos una familia», explica Ugarte.
Ahora mismo Mundo Justo celebra su 26 aniversario y lo hacen alrededor de la figura de Paco, un hombre que lleva visitando la asociación desde sus inicios. «No le prometimos una vida perfecta. No le ofrecimos atajos. Le acompañamos, estuvimos presente y le recordamos que no estaba solo». Hoy Paco ha rehecho su vida y se ha convertido en un ejemplo para la comunidad de que «siempre se puede volver a empezar cuando alguien cree en ti».
Sin afán de vender... pero triunfando
Ugarte resalta que el libro Bajo el mismo cielo no se hizo con «la intención de vender» sino de «plasmar realidades que existen y que no te tienes que ir muy lejos para verlas». Pero el boca oreja lo ha convertido en una obra ideal para regalar.
«Empezamos por 100 copias para dárselas a 100 amigos: voluntarios, empresas colaboradoras y gente cercana a la asociación. Y ahora vamos por los 6.000 copias. Una amiga me ha llamado hace nada pidiéndome 15 ejemplares porque va a ser su regalo de Reyes para toda la familia. También me han llamado muchísimas empresas diciéndome "Oye, Javi, he recibido tu libro, nos encanta y nos gustaría que fuera el regalo de Navidad de todos nuestros empleados". Es algo muy bonito todo lo que está pasando alrededor de él», dice Ugarte con una mezcla de emoción y orgullo.
Para muchos voluntarios de Mundo Justo, la lectura del libro ha permitido «recordar a mucha gente que ya no está». También para Ugarte, que recalca que, aunque pone su nombre, el libro no es suyo. «Es de todos. Porque, posiblemente, alguna persona como las que se manifiestan en el libro está ahora mismo tapada por el frío y el silencio a apenas 200 metros de quien lo esté leyendo. Y esa persona debería saber que toda vida, también la suya puede cambiar cuando dejamos de caminar en soledad».


