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África

La odisea de Ahlam, la estudiante sudanesa que caminó dos meses y cruzó tres ejércitos para poder examinarse en la universidad de un misionero español

Una joven sudanesa de 21 años ha protagonizado una odisea portentosa. En medio de una guerra sanguinaria, ha recorrido con chancletas 1250 kilómetros de la porción más peligrosa del planeta para poder continuar sus estudios de Enfermería en el centro del español Jorge Naranjo

Ahlam Omar, en la nueva sede de Puerto Sudán del Comboni College of Science & Technology.
Ahlam Omar, en la nueva sede de Puerto Sudán del Comboni College of Science & Technology.CRÓNICA
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Hace algunos años ya que Ahlam Omar se propuso convertirse en enfermera. La única manera de seguir con sus estudios y realizar las prácticas que se precisan para terminar el grado era llegar desde su lugar de residencia a Puerto Sudán y, a principios de verano, decidió embarcarse en un viaje extraordinario. La joven nuba partió de Kadugli el 7 de agosto con un poco de ropa, algunas libras sudanesas (el equivalente de un puñado de dólares) y un smartphone que logró conservar hasta el final como la más preciada de sus posesiones. Ahlam llegó esta semana a su destino después de completar uno de los itinerarios más peligrosos que se puede realizar hoy sobre la Tierra.

¿Por qué decidió viajar al norte pese a las amenazas que sembraban el camino? Porque carecía de alternativas. Tras el cierre forzoso del campus de Jartum del Comboni College of Science & Technology, la universidad católica que dirige el físico madrileño Jorge Naranjo se reorganizó bajo condiciones de emergencia y estableció su nueva sede en Puerto Sudán. Se trata de la única gran ciudad del país que sigue bajo control del gobierno y, por lo tanto, relativamente a salvo de los combates.

El equipo académico sigue impartiendo clases online y coordinando a distancia desde allí los programas de estudio y los exámenes, pero por razones obvias, los sanitarios se hallan obligados a recibir formación presencial en los laboratorios y los hospitales. Si deseaba completar su formación, Ahlam tenía que encontrar el modo de recorrer los 1.250 kilómetros que separan su ciudad natal de Puerto Sudán por la vía más directa posible. Y eso fue lo que hizo.

Ruta a través de la guerra en Sudan

De entrada, no había peor momento para viajar a pie por Kordofán del Sur y la región de los Montes Nuba que durante la temporada de las lluvias. En agosto, los ríos registran grandes crecidas y los senderos enfangados se convierten en verdaderas trampas. La humedad es agobiante; menudean las tormentas eléctricas y a menudo avanzar unos pocos kilómetros toma días. Claro que vadear ríos crecidos o quedarse aislada por las aguas era la menor de sus preocupaciones.

Desde junio de 2023, su ciudad se halla atrapada en el fuego cruzado del ejército sudanés, las milicias paramilitares RSF y los rebeldes del SPLM-N, que son las fuerzas que se disputan el control político, militar y económico de Sudán. Nadie entra ni sale de Kadugli sin pasar por decenas de controles militares. Tampoco ella.

Ahlam se echó al camino a sabiendas de que cada paso hacia adelante entrañaba el riesgo de ser interrogada, extorsionada o asesinada. Y además, lo hizo calzando únicamente eso que en árabe sudanés llaman unas jazmah plastik. Son sandalias de plástico barato, ideales para el calor pero que apenas proporcionan protección frente al barro y los guijarros.

UNA TRAVESÍA EN CHANCLAS

«Cuando salí de mi ciudad decidí evitar la vía principal porque sabía que por ahí no llegaría muy lejos», nos cuenta ya a salvo en Puerto Sudán (ella lo explica en árabe y el comboniano Jorge Naranjo nos ayuda con la traducción). «Sufrí mucho de los pies los primeros días porque los caminos estaban enfangados y yo tenía que caminar con chanclas. En algún tramo encontré algún carro de animales para hacer parte del trayecto, pero el grueso del camino a Omojitan lo hice a pie. Es una zona controlada por el SPLM-N y yo sabía que me impedirían pasar si decía que era estudiante así que tuve que decirles que iba a ver a mi tío Ntonguri».

Tuvo además la astucia de dirigirse a ellos en el dialecto de los milicianos. En realidad, ella ya estaba familiarizada con la guerra. Cuando el conflicto dio comienzo, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) interrumpieron el eje principal de abastecimiento desde El Obeid y empezaron a controlar las rutas secundarias, cortando el flujo de alimentos, combustible y medicamentos a Kadugli. Desde ese momento, el acceso a su ciudad natal se volvió extremadamente limitado y peligroso, y las condiciones humanitarias comenzaron a deteriorarse rápidamente.

Para saber más

Esa fue la escuela en la que aprendió a arrostrar los peligros del conflicto. Y fue también en esas circunstancias en las que Ahlam comenzó la carrera de Enfermería. «Estudié la primaria en Kadugli, pero la secundaria la hice en Jartum», dice la chica. «Tengo tres hermanos más. Mi padre trabajaba en la construcción y murió en 2013, así que mi madre fue la que pagó todos mis estudios hasta mi primer año de universidad. Cocinaba y vendía comida en Kadugli, mientras la situación era más o menos buena. Pero cuando empecé mi segundo año, la situación se tornó terrible y yo también me puse a trabajar».

En esa atmósfera erizada por el ulular de las sirenas y las ráfagas de los disparos que cruzaban los soldados, se fue fortaleciendo su deseo de convertirse en sanitaria. «Yo quería servir a la gente. Sentí que eso me haría feliz. Pero la nota que obtuve en Selectividad no fue suficiente para conseguir una plaza en la universidad pública de Medicina y los precios de las tasas en la privada eran demasiado altos», afirma. «Fue entonces cuando decidí estudiar Enfermería».

No es posible entender el viaje de Ahlam sin considerar qué significa ser una chica nuba musulmana de la etnia de los gulfán en un país como Sudán. Por ser gulfán, Ahlam no contaba con la protección plena del SPLM-N, lo que la ponía en riesgo ante los rebeldes cada vez que atravesaba uno de sus controles. Por ser musulmana, compartía fe con la mayoría de los combatientes armados, pero esto no la libraba de problemas, ya que la política y las alianzas coyunturales se imponen casi siempre sobre las simpatías sectarias. Y en el contexto del asedio, la combinación de sus raíces tribales y religiosas la hacía sospechosa a ojos de todos los bandos en conflicto.

"TUVE QUE VENDER HASTA MI ROPA"

«Tras dejar atrás Kadugli, fui avanzando hacia el norte hasta que llegué cerca de Bashamá», recuerda. «Pero evité ese pueblo porque sabía que había mucha gente del RSF. Iba caminando y cuando llegaba a un pueblo buscaba refugio en la escuela; allí dormía dos o tres días antes de continuar. Los cuatro o cinco días que pasaba en un poblado compraba habas o harina y luego vendía comida en la calle con el fin de conseguir algo de dinero. Salí con un poquito de crédito en la aplicación bancaria, Banca, pero eso se me acabó rápidamente. En cierto momento tuve incluso que vender mis ropas», narra sobre su odisea.

Ahlem posa junto a una representación de San Daniel Comboni, misionero y obispo de África Central en el siglo XIX.
Ahlem posa junto a una representación de San Daniel Comboni, misionero y obispo de África Central en el siglo XIX.CRÓNICA

La venta ambulante de comida es muy común entre las gulfán, dado que el sistema económico rural sudanés depende mucho de las pequeñas transacciones diarias. En las zonas de paso y las aldeas, las mujeres suelen vender raciones de comida individuales en bolsas plásticas, vasos, o sobres de papel. Las habas y la harina son precisamente la base de ciertos platos básicos y tradicionales de la dieta sudanesa rural.

En su camino hacia Puerto Sudán, vivió situaciones espeluznantes que, con la ayuda de Naranjo, rememora para Crónica: «Cuando estaba a la intemperie, durmiendo en el frío, a veces sobre el fango, me sentí desesperada, pero no tanto porque temiera por mi vida. Cuando de verdad pensé que mis días estaban contados fue cuando llegué a las zonas bajo control de las RSF».

EL PODER DE LAS MILICIAS

Las RSF son las siglas de Rapid Support Forces o Fuerzas de Apoyo Rápido, una milicia sudanesa creada oficialmente en 2013 a partir de varios grupos armados que operaban sobre todo en la región de Darfur. Surgieron como una brigada auxiliar del ejército para combatir rebeliones y proteger al régimen, pero se han hecho tristemente célebres por su implicación en crímenes de guerra.

«Al llegar al primero de sus checkpoint me registraron hasta el último cabello para ver si tenía tarjetas SIM, me interrogaron y amenazaron con violarme», dice la chica. «Empecé a llorar y me encerraron en una habitación. Cerraron las puertas y las ventanas. Pensé que no tenía escapatoria, que ya todo había acabado para mí», rememora.

Como aclara Naranjo, hay que tener en cuenta que ella decía venir de una ciudad, Kadugli, bajo el control de las fuerzas gubernamentales, lo que todavía suscitaba más recelo entre los rebeldes. «Para sacármelos de encima en Jummi, les dije que les podía contar cuanto quisiera sobre la situación en mi ciudad al tiempo en que insistía en que me dirigía a la casa de una tía. Buscaba en mi cabeza las palabras de forma cuidadosa y comencé a mezclar verdades con mentiras: verdades para que me creyeran cuando decía que venía de Kadugli y mentiras para no poner en peligro a otras personas cuando me exigían información sobre depósitos de armas, cuarteles generales y la casa del gobernador».

Finalmente, logró zafarse de los milicianos. A medida que avanzaba, consiguió realizar varios exámenes online y, varias semanas después de dejar atrás Kadugli, llegó por fin al primer puesto militar del ejército gubernamental sudanés, situado en Rajat. Si conseguía que la creyesen, se podía considerar a salvo.

«Los servicios de inteligencia me interrogaron para saber de dónde venía y hacia dónde iba», asegura. «Lo que me ayudó fue la tarjeta de estudiante del Comboni College (la misma que le hubiera costado la vida si los rebeldes de las RSF la hubieran encontrado durante sus cacheos). Cuando la vieron dieron por cierto que era una estudiante y me ayudaron a viajar hasta Jartum. Era la casa de mi tía —ella murió— y pasé unos días con mi prima», recuerda con alivio.

Había partido de Kadugli el 7 de agosto con la ingenua intención de llegar a tiempo para la formacion práctica prevista cuatro días después y el 9 de octubre alcanzó la capital del país. «Allí me puse a trabajar de nuevo para conseguir un poco de dinero», afirma. «Aunque no había podido hacer las prácticas, me proponía llegar a tiempo para los exámenes suplementarios. Y encontré a una persona de los servicios de inteligencia del gobierno dispuesta a ayudarme. Gracias a ella, pude entrar en el autobús que me llevó hasta Puerto Sudán», celebra Ahlam.

Cuando alcanzó su destino a principios de semana, no tenía dinero ni para pagar su alojamiento. De camino, había tenido incluso que vender sus ropas. «La residencia de estudiantes costaba 70.000 libras sudanesas (unos 100 euros) y tenía solo 30.000», dice la chica. «Pero mis compañeros realizaron una colecta para ayudarme a comprar ropa y a pagar la diferencia». Esta misma semana, la alumna hizo los exámenes a los que no pudo presentarse en su momento.

«Yo a veces me pongo a llorar cuando pienso en todo lo que han pasado nuestros estudiantes», dice Jorge Naranjo. «Y al mismo tiempo, me considero un privilegiado por poder luchar por ellos para que puedan labrarse un futuro. Ahora se está haciendo ruido por lo que ha acontecido en El-Fasher, pero hay otras ciudades en Kordofán del Sur en una situación muy parecida», denuncia.