La juzgaron en prisión a mediados del pasado mes por videoconferencia y la condenaron a la pena capital sin dejar siquiera hablar a su abogado por lo que las leyes persas conocen como baghi o «alzamiento armado contra un régimen justo». Ni el régimen es justo ni hubo alzamiento alguno, pero nadie en su entorno se sorprendió mucho cuando dictaron la condena a muerte porque los tribunales de Irán se han convertido en una gran máquina de aplastar salvajemente cualquier forma de disidencia. El hijo de Zahra, Soroush Samak, cree que los clérigos islámicos han usado a su madre «como una especie de chivo expiatorio para perpetrar una venganza contra los Muyahidines del Pueblo de Irán», más conocidos por los acrónimos de OMPI o MEK.
El MEK es la misma organización de disidentes que estuvo en el centro del atentado contra Alejo Vidal-Quadras hace ahora dos años. También en aquel caso la Audiencia Nacional llegó a la conclusión de que el intento de homicidio fue una clara venganza por la actividad del catalán en favor del MEK. El fundador de Vox contribuyó a su eliminación de la lista europea de organizaciones terroristas y Teherán no se lo perdonó jamás.
«Su condena es esencialmente el resultado final de esa misma política de revancha contra una organización a la que consideran su principal enemigo político. Lo que esa sentencia medieval está diciendo es: "No importa la edad que tengas o lo joven o lo vieja que seas. Si eres del MEK, te mataremos"», asegura Soroush.
Para los ayatolás, ese movimiento de disidentes creado en los años 60 —hoy exiliado, políticamente activo, plenamente blanqueado y abiertamente enfrentado a la República Islámica— no es una mera oposición: es el enemigo existencial al que atribuyen desde conspiraciones extranjeras hasta insurrecciones imaginarias. En ese entorno paranoico en el que se desenvuelven los gobernantes persas, una jubilada de 67 años sin antecedentes de militancia armada se ha convertido en el blanco ideal de su ira: una presa perfecta para sus grúas-cadalso con la que infundir más miedo entre una población ya de por sí aterrorizada.
«Ella no tenía ningún tipo de relación directa con el OMPI, pero tampoco puede negar que simpatiza con los muyahidines», afirma su hijo. «Son medievales pero no imbéciles. Es como si encuentran en tu casa El Capital de Marx y tú pretendes que no eres comunista. Así que la defensa que ha articulado en el recurso con el que apeló su condena no niega sus simpatías por la oposición, sino cualquier implicación directa con un intento de levantamiento o con el uso de las armas. Todo el mundo sabe que ese tipo de acusaciones son absurdas porque el MEK no opera en Irán y, lamentablemente, carece de una organización armada dentro del país. Pero les da lo mismo. Si juzgaran a un niño de tres años, le culparían también de baghi y lo ejecutarían igualmente». Las únicas pruebas que la seguridad del régimen tienen en su contra se reducen al hallazgo de un pañuelo con las palabras "mujer, resistencia, libertad" y un mensaje de voz no publicado.
No es habitual que los hijos o los familiares de los condenados hablen con la valentía con la que Soroush lo hace ni aunque, al igual que él, se pronuncien desde Suecia o cualquier otro país de Europa. Lo que le sucedió a Vidal-Quadras fue un recordatorio de que nadie está a salvo de los sicarios de los clérigos chiitas. «En Irán no existe ninguna garantía legal, de manera que yo no estoy hablando porque busque justicia o espere que mi madre vaya a tenerla», dice. «Estoy hablando con los medios porque mi madre me pidió que le explicara al mundo qué está pasando en nuestro país y qué le están haciendo a ella. Y aun así, todavía espero que suspendan la sentencia».
Zahra Shahbaz Tabari fue arrestada el 16 o 17 de abril de 2025 en su domicilio de Rasht, al norte de Irán, en una operación llevada a cabo por al menos cinco agentes de seguridad que irrumpieron en su hogar sin presentar una orden judicial. Durante la redada, no solo registraron toda la vivienda y confiscaron los dispositivos electrónicos y de comunicación de Zahra y de su hija (la hermana de Soroush), sino que también, tras su detención, se negó a la familia cualquier información sobre su paradero y su estado de salud.
Con el tiempo se enteraron de que había sido trasladada a la cárcel de Rasht. La prisión de Lakan, situada en la periferia de la ciudad, en la provincia de Guilán, es una de las más temidas del norte de Irán. Construida en la época de la Revolución Islámica, es tristemente célebre por sus condiciones inhumanas: hacinamiento de los reclusos, cortes sistemáticos de agua y electricidad, racionamiento de comida y atención médica mínima. Muchos presos políticos y de conciencia, especialmente mujeres y minorías religiosas, han reportado torturas psicológicas, largas temporadas de aislamiento y privación total de contacto con familiares y abogados.
Y la madre de Soroush no ha corrido mejor suerte. En Lakan ha permanecido en régimen de incomunicación, sin acceso adecuado a asistencia médica ni a representación letrada independiente. Se le asignó un abogado de oficio que apenas la defendió y simplemente avaló el veredicto durante la farsa de juicio.
Al hijo de la condenada no le consta que haya sufrido malos tratos físicos. «Si fuera joven, hubiera sido sin la menor duda torturada y podría incluso esperar morir, pero a los mayores se limitan a intimidarles en el intento de romperles psicológicamente», añade. «Recuerdo que mi hermana la llamó a la cárcel y llenaron la línea de parásitos de ruido para dificultar la conversación».
Soroush, de 35 años, se enteró de lo ocurrido gracias a una llamada de teléfono de su familia. Él lleva dos décadas en Suecia, donde se mudó precisamente con su madre, quien regresó a Irán en 2008. «¿Qué puede sentir uno cuando le comunican algo así? Me invadió de inmediato una terrible angustia y estuve paralizado, con palpitaciones y sudor frío, durante un par de horas», recuerda. «Mi padre estaba completamente deprimido. No podíamos creer lo que estaba sucediendo. Nos sentíamos confundidos. ¿Por qué querría el régimen de Irán asesinar a una mujer de 67 años? Pero les diré algo: el Gobierno misógino de Irán quiere colgar a mi madre de una grúa porque odia a las mujeres fuertes».
Al cierre de esta crónica, Zahra aguardaba aún que el tribunal decidiera acerca de su apelación y, llegado el caso, confirmara o suspendiera la condena a muerte. Soroush no tiene demasiadas esperanzas de que la presión internacional vaya a cambiar algo: «Solo entendemos que hablar es mejor que nada y que mantenernos en silencio les entrega un cheque en blanco para hacer cuanto les venga en gana».
UNA OLA HISTÓRICA DE EJECUCIONES
Además de comunicarse con los medios, la familia ha alertado al relator especial de la ONU y a Amnistía Internacional para que se sumen a la campaña en favor de Zahra. «De llevarse a efecto la condena, la colgarían dentro de la cárcel», aventura su hijo. «Ya saben: bienvenidos a la Edad Media. Lo de las ejecuciones en Irán es una auténtica locura. Tienen una de las máquinas opresivas más siniestras y poderosas del mundo, aunque su gobierno sea corrupto e ineficiente hasta la médula. Han perdido el apoyo del 85 por ciento de la población y es la única manera que poseen de mantenerse en el poder».
Un número elevado de ejecuciones por ahorcamiento se ha producido precisamente en los patios de Lakan, lo que refuerza el clima de miedo entre los reclusos y la población local. En Irán, la horca constituye el método predominante para aplicar la pena de muerte, tanto en las prisiones como en ejecuciones públicas: el condenado es elevado en el aire por una grúa montada sobre un camión, suspendido por el cuello, lo que produce una muerte lenta por asfixia y estrangulamiento. Esta teatralización de la pena capital tiene una clara intención ejemplarizante e intimidatoria. Las grúas de ejecución, símbolo del terror estatal, han sido empleadas especialmente para castigar delitos políticos y protestas y forman parte de un repertorio penal que incluye también la lapidación (prácticamente abandonada por la presión internacional desde 2010) y fusilamientos, aunque estos últimos son muy raros en la actualidad.
En cuanto a la dimensión social del ahorcamiento, es relevante destacar su uso como espectáculo: muchas de estas ejecuciones, especialmente las de carácter político, se realizan al amanecer en plazas públicas o en el patio de la prisión frente a otros internos. El ahorcamiento por grúa, según relatan testigos y supervivientes, es deliberadamente más lento y doloroso que otros métodos. Prolongan la agonía de la víctima para infundir más miedo entre los disidentes. Así, la maquinaria represiva iraní no solo castiga al individuo, sino que pretende disciplinar y amedrentar a toda la sociedad.
Los datos sobre ejecuciones en Irán colocan al país, junto con China, a la cabeza mundial en uso de la pena capital. Irán atraviesa ahora mismo la oleada de ejecuciones más brutal registrada desde la matanza de presos políticos de 1988. El propio MEK se queja con frecuencia de la falta de atención que a su juicio está prestando la prensa mundial a la oleada de «asesinatos».
«En los diez primeros meses de 2025, el régimen ha colgado al menos a 1.471 personas, más del doble que en el mismo periodo del año anterior», de acuerdo a las cifras de esa organización. Solo el pasado mes de octubre, 285 presos fueron ejecutados. No sucedía algo parecido desde hacía casi cuatro décadas. Y entre los muertos había 45 mujeres, un número sin precedentes en la historia reciente. La mitad de los ajusticiados son condenados por cargos relacionados con drogas, pero el uso de la horca se ha extendido notablemente a presos políticos, disidentes y mujeres activistas, un fenómeno altamente preocupante para los observadores internacionales.
El 8 de julio de 2025, la agencia estatal Fars —vinculada a la Guardia Revolucionaria— se refirió a las 30.000 ejecuciones de presos políticos llevadas a cabo en 1988 como una «experiencia histórica exitosa» que debería repetirse. El mensaje no quedó en una mera provocación propagandística: en septiembre, Amnistía Internacional advirtió del riesgo real de que el patrón de los ochenta se replicara.
«Tengo solo una pregunta para los clérigos de Irán», dice Soroush Samak a modo de colofón. «¿No han encontrado a nadie mejor a quien ejecutar que a una mujer de 67 años? Los cargos que le imputan de levantamiento armado carecen de sentido porque el ala militar del grupo fue desmantelada y ahora se limitan al activismo pacífico. Entonces, ¿qué temen tanto de mi madre?».

