CRÓNICA
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'Nosferatu' Montoro: el cazador 'cazado' tras amedrentar a sus propios compañeros

El que fuera ministro, hoy imputado, fue impopular por subir los impuestos y bajar los sueldos (chupar la sangre a los ciudadanos), proclamando una política de austeridad que él, y las grandes compañías a las que el despacho que fundó, defendía, estaba muy lejos de seguir, según un juez. En aquellos tiempos en los que el gobierno se partió en dos, su aliada era Sáenz de Santamaría, sus compañeros temían ser inspeccionados por Hacienda o por el CNI. Él usaba términos médicos: "No moleste, estamos operando"

Critóbal Montoro
Critóbal MontoroJAVIER BARBANCHO
Actualizado

Aquellas reuniones de compañeros que empezaron con un encantador viaje de fin de semana de cinco matrimonios a La Rioja, allá por 2014, acabaron como una película de terror peculiar en la que más de medio Consejo de ministros del Gobierno de Mariano Rajoy especulaba con el temor de estar siendo investigado por Hacienda o espiado por el CNI. Los compañeros, titulares de carteras y amigos del presidente, aseguran ahora a Crónica que lo comentaban bromeando, pero lo cierto es que hubo un tiempo en el que la camisa no les llegaba al cuello y que, en esa batalla por el poder, uno de ellos tuvo que abandonar el cargo tras una filtración letal y otro fue sometido a una investigación fiscal bajo el escrutinio público. Hasta trascendió que el intocable presidente Aznar había tenido que pagar a Hacienda una multa de 70.000 euros.

Será casualidad, pero el mortal pecado en el que todos ellos cayeron fue el de criticar a Cristobal Montoro (y asociados), llamado también despectivamente Golum, Nosferatu (por lo de chupar la sangre a los contribuyentes) o El Coco, por su implacable política para la reducción de la deuda, tras una crisis brutal, a partir de 2011, basada en subidas de impuestos, rebajas salariales, o recortes a las prestaciones por desempleo que generaron, según varios estudios, un aumento de la desigualdad social mientras se le atribuía cero empatía con los más desfavorecidos. Una estrategia política y económica muy contestada que ahora se le ha vuelto todavía más en contra.

Hubo una vez, muy al principio, en el que se dibujó un retrato de Montoro como el espartano austero que ofrecía agua del grifo a sus invitados por no gastar, y que adoptaba medidas antipáticas, antipático él, por el bien general. Esa definición y todas sus declaraciones posteriores despreciando a los españoles por su falta de capacidad para el sacrificio, parecen una sucesión de bromas pesadas después de que la imputación del juez Rubén Rus, titular del juzgado de instrucción número 2 de Tarragona, haya revelado cómo el entonces ministro de Hacienda utilizaba, presuntamente, el aparato del Estado para enriquecer, de un modo indecente, el despacho que fundó, Equipo Económico, facilitando la elaboración de leyes y hasta modificando los Presupuestos Generales, a favor de las empresas que contrataban sus servicios. «Podía haber ganado mucho dinero con su despacho de asesoría internacional», dijeron algunos de sus allegados cuando Rajoy le llamó en 2011, «pero prefirió el servicio público».

La llegada de Cristóbal Montoro al PP se escenificó una luminosa mañana de la precampaña para las elecciones de 1993 en la antigua nave de patatas del parque de Arganzuela de Madrid convertido en Jardín Botánico. José María Aznar lo puso en el punto de mira cuando le hizo sentarse a su lado y alguien comentó que el nuevo iba a ser el futuro ministro de Economía. Se convirtió en el profesor exprés del futuro presidente que ni siquiera le pidió que se inscribiese en el partido para introducirlo en el número 9 de las listas. «Buscábamos gente nueva», ha comentado Rodrigo Rato, que fue uno de los primeros en avalar su capacitación al nombrarle su secretario de Estado en cuanto los populares pudieron formar Gobierno -«era un buen macroeconomista», ha ratificado- ; y, entre esa gente para una «España renovada y joven», como proclamaba Aznar, se tuvo en cuenta el currículum del director del Instituto de Estudios Económicos introducido por Pedro Arriola, el más poderoso asesor del PP.

EL EMBARGO

Unos orígenes de pobreza y superación difundidos con habilidad, le colocaron sobradamente fuera del prejuicio pijo sobre los miembros del partido hasta el punto de justificar con los complejos y resentimientos, actuaciones posteriores en contra de quienes fueron sus superiores. Su procedencia jienense, hijo mayor de una familia en dificultades que tuvo que emigrar, y cuya casa, comprada con dinero prestado, fue embargada, le sirvieron para intentar generar complicidades públicas.

Rato, que creyó conocerle bien en su primera etapa, ha descartado de raíz cualquier explicación conductual manteniendo la duda de cuándo y por qué se produjo el cambio. «Cuándo se le fue la olla, si es que no nació así», en palabras de una antigua compañera de disputas. El que fuera vicepresidente del Gobierno con Aznar, acusado de varios delitos después, ha intentado en alguna ocasión explicar su evolución. Sorprendentemente, Rodrigo Rato, un tiburón de la política y de las finanzas que ha visto de todo, siempre se ha hecho cruces con este caso. Montoro le recibió en su despacho con una petición previa de apenas 24 horas para escucharle pedir que se elaborase un informe sobre su labor al frente de Bankia. Le aseguró que haría lo que pudiese. Lo siguiente fue su detención.

Perdidas las elecciones en favor de Rodríguez Zapatero, Montoro había fundado Montoro y Asociados, que cambiaría de nombre cuando Mariano Rajoy le llamó una tarde de diciembre de 2011, mientras esperaba que saliese su avión en el aeropuerto de Granada. Le ofreció la cartera de Hacienda porque «era un señor de Jaén que no tenía ninguna hipoteca y estaba libre de pesos» y ni en ese momento ni nunca más quiso el presidente preguntarse qué pasaba realmente con Montoro Asociados; tampoco cuando amigos de su propio gabinete le advirtieron de que el señor de Jaén podía estar incurriendo en manejos poco ortodoxos. Rajoy había heredado una situación económica endemoniada procedente de la crisis más intensa que se recuerda en democracia, le estalló la crisis bancaria y, probablemente, prefirió respaldar a quien pudiera resolverla.

Cristóbal Montoro asumió que su función era «ser el coco». «Cuanto más mejor. Yo ya sabía a qué venía, ya había sido ministro. No puede haber ignorancia exculpatoria», admitió. Solía realizar símiles médicos. «Te sientes como el médico que ha de operar a corazó»n abierto. Si no lo abres, va a colapsar», solía decir. En una ocasión en la que Aznar le acusó de parecer de izquierdas, le soltó un berrido. «Yo estoy en política por él», dijo, «pero no puedo admirar a quien ahora se dedica a los bussines y da lecciones desde fuera. Si quiere ayudar, que entre en el quirófano. Si no, no moleste, estamos operando». Se filtró la multa que Hacienda le había puesto al expresidente en un país sin precedentes de filtraciones de los datos de la Agencia Tributaria.

"COMPORTAMIENTOS MAFIOSOS"

Hubo un momento en el que en el PP se comentaba la existencia de «comportamientos mafiosos». Y así se publicó. Lo que en principio parecían baladronadas pronunciadas incluso desde el atril del Congreso (con las que él se erigía como el mirlo blanco conocedor de las oscuridades de admirados actores o deportistas), fueron percibidas como verdaderas amenazas.

De los periodistas dijo: «Dan lecciones de ética en sus editoriales mientras mantienen importantes deudas con Hacienda». Apuntó a la periodista de EL MUNDO Lucía Méndez después de que ésta le preguntase sobre su sociedad en una tertulia de RTVE. Y a otros. Javier Chicote sufrió un informe prospectivo «espeluznante», según sus palabras, en el que fueron incluidos la herencia de su padre fallecido y su hija de tres años, Chicote Había publicado en ABC los pagos que las empresas del Ibex habían realizado a Equipo Económico. Carlos Alsina y los responsables de Onda Cero fueron llamados a su despacho para recibir una advertencia: «Soy el Ministro de Hacienda, ¿entiendes? Yo decido el IVA del libro digital y no creo que a los accionistas de tu grupo les guste que lo suba. Tenlo presente». Y Federico Quevedo, que asegura haber estado a punto de suicidarse por el acoso sufrido, asegura que el ministro le dijo: «O dejas de criticarnos o vas a sufrir las consecuencias con Hacienda». «Y las sufrí», ha dicho. Daba igual que se tratase de la subida del IVA, que tanto le costó realizar, o de la amnistía fiscal que permitió a los defraudadores blanquear el dinero oculto en paraísos fiscales a cambio de una ventajosa tributación del 10%,.

En el PP contaban cómo Montoro trataba a los alcaldes como si fueran presuntos delincuentes, y a los presidentes autonómicos como pedigüeños cobardes que no se atrevían a defender los recortes. Otros despertaron su ira un poco por persona interpuesta.

Aquellos cinco ministros del fin de semana en La Rioja fueron bautizados como los G-5, que después pasarían a ser los G-8. Inicialmente estaban el ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, el de Agricultura, Miguel Arias Cañete, el de Industria, José Manuel Soria, la de Sanidad, Ana Pastor y el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Su objetivo era defender a Rajoy, en especial, de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que, según lamentaban, además de controlarlo todo, dejaba descubierto al presidente cada vez que había un problema. Tampoco estaban de acuerdo con el modo cómo la vicepresidenta estaba abordando la cuestión de Cataluña -el oponente más encendido en este asunto seguramente sería Fernández Díaz, sobre el que, al fin y al cabo, recae la acusación de crear la policía patriótica contra el independentismo- y que acabó con la celebración del referéndum ilegal. Rajoy se tomó con cierto desapego las primeras reuniones alegando que, si estaba Ana Pastor, mujer de su total confianza, nada malo podía estar pasando. Pero acabó pidiéndoles que lo dejasen.

En las dos facciones en las que se dividió el Gobierno, Montoro estuvo al lado de Sáenz de Santamaría. Uno de los miembros del G-8 ha contado a Crónica que el trato en el Consejo de Ministros era impecable porque, aunque algunos apenas saludaban al ministro o a la vicepresidenta, cada uno cumplía con profesionalidad y con educación su cometido. Pero lo cierto es que aquello se convirtió en una batalla campal. Con sangrantes paradojas. Fue Soria, amigo personal del presidente, quien le advirtió de que estaba recibiendo presiones de Hacienda. Llegó a recibir una carta de la empresa Abengoa, que se iba a ver perjudicada por la reforma que preparaba para reducir las subvenciones a las renovables y que tenía contratado a Equipo Económico, con el membrete del ministerio de Hacienda. Soria se quejó; acabó fuera del Gobierno en 2016. Se filtró que mantenía junto a otros miembros de su familia una red de sociedades en paraísos fiscales que explicó con torpeza. También se supo que Arias Cañete participaba en empresas petroleras y que su esposa había salido en los papeles de Panamá... Los miembros del grupo, según las fuentes consultadas, llegaron a la conclusión de que las filtraciones procedían del sector rival. Montoro exhibió una chulería tal que, a dos meses de una convocatoria electoral, puso a escurrir en una entrevista en EL MUNDO, a sus compañeros de partido.

LA ELECCIÓN DE RAJOY

El hecho es que, cuando Rajoy tuvo que elegir entre sus defensores y Montoro o Sáenz de Santamaría, dejó a sus defensores al albur de su suerte. Quizás el presidente no quería o no necesitaba ser defendido. Éstos no se lo reprochan. Al contrario. Son leales. Alegan que tenía demasiadas cosas en la cabeza como para ocuparse de aquellas rencillas internas. Y no quieren ni mencionar a Montoro porque eso es volver a un pasado con amarguras. Tampoco quieren darle esa baza al presidente Sánchez. «No es comparable con lo que está ocurriendo ahora y no puede opacarse la labor de Gobierno que hicimos de forma profesional, en defensa de los intereses de España y realizando enormes esfuerzos, con este asunto», asegura uno de ellos. Preocupados todos por esa imagen de corsarios al asalto de la que los políticos no parecen poder desprenderse, ni siquiera disfrutan viendo pasar el cadáver del enemigo. Porque el daño está hecho. Sobre todo a los ciudadanos.