CRÓNICA
Guerra en Europa

De maniobras con el soldado Pablo, el madrileño en la milicia estonia contra Putin: "Nos preparamos para una guerra de guerrillas"

Crónica acompaña a este profesor madrileño durante su instrucción en el bosque. El gobierno estonio prepara a 30.000 hombres y mujeres para tomar las armas y afrontar "una guerra de guerrillas" que ralentice una posible invasión rusa

Pablo Veyrat, un español residente en Estonia y alistado en las milicias antirrusas.
Pablo Veyrat, un español residente en Estonia y alistado en las milicias antirrusas.Xavier Colás
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Entre las ramas del bosque, los pájaros se callan al paso de una expedición de hombres uniformados. Altos, bajos, rubios, calvos, unos jóvenes y otros algo más maduros. Botas militares, arma en ristre, colores de camuflaje. Bajo el casco, metidos en el personaje, ciudadanos anónimos, improbables soldados si Rusia no estuviese tan cerca, si Estonia no fuese tan pequeña, si 2022 no fuese una lección para los seis millones de personas que viven en los países bálticos. Sigilosos avanzan un profesor, un empresario, un estudiante, un desempleado. Y un español, Pablo Veyrat.

Veyrat, madrileño nacido en Londres en 1982, forma parte de la Liga de Defensa de Estonia (Kaitseliit), una organización voluntaria de defensa nacional que opera bajo la jurisdicción del Ministerio de Defensa de Estonia. Está organizada según los mismos esquemas militares. Sus 30.000 integrantes tienen sus trabajos o estudios entre semana. Varias veces al mes dejan sus vidas a un lado por si un día hay que salvar la de sus familias. Crónica los acompaña entre un rumor de blindados y órdenes secas, mientras ellos portan armas y realizan ejercicios militares para estar listos si lo peor sucede.

Con manos fuertes y voz suave Pablo entrecierra los ojos ante el sol que se destila entre los árboles de este bosque de Kuusalu, al norte de Estonia. Para el visitante, la zona es demasiado tranquila para imaginar una guerra. No para este madrileño soñador, alto y con gafas, que acabó viviendo en Tallin de casualidad. Hoy es el único español vigilando esa trinchera norte ante una Rusia cada vez más amenazante. Su historia es una mezcla de amor, rebeldía, prosa urgente y despertar en un continente cada vez más salvaje. Conoció a una chica estonia en Georgia en 2006: «Acababa de terminar psicología y pedí el primer curso de verano que hubiese en un país postsoviético». Después vino un máster y una temporada en EEUU, Milwaukee, Wisconsin... Y el 15-M, con el que acampó en Sol junto a otros idealistas. Después, le picó el periodismo: «Me compré una cámara de vídeo y me fui a Estonia, al fin y al cabo estaba al lado de Rusia». Acabó cubriendo la guerra del Donbas en 2014, avistando esos primeros zarpazos de Putin en la lejanía.

"Decidí que si venían aquí yo quería saber disparar para defender el país donde vive mi familia y mis hijos"

Hoy da clase de ciencias sociales en la Estonian Business School: psicología social, sociología y filosofía... cosas que no te ayudan a saber desmontar una ametralladora, pero tal vez sí a saber por qué tienes el deber de aprender a hacerlo. No hizo la mili, pero con sus compañeros de pelotón ha aprendido muchas cosas que los libros sobre batallas no explican: «Por ejemplo, acostumbrarse a esperar». La guerra y sus recreaciones están llenas de ratos muertos. Para él, que no deja de estudiar estonio, ha sido la ocasión de aprender muchas palabrotas. «Jugar a la guerra es lo más parecido a la guerra. Pasamos la noche vigilando un puente a 100 metros. Nos turnábamos cada dos horas, el resto del tiempo tirados en la cabina, donde caben dos. A 12 bajo cero, era febrero». En medio de la noche, el frío y la obsesión danzan en la mente del centinela. «Cuando miras algo mucho tiempo empiezas a jugar con los sentidos y en una de estas pegué un tiro de aviso».

Veyrat, madrileño nacido en Londres en 1982, forma parte de la Liga de Defensa de Estonia (Kaitseliit).
Veyrat, madrileño nacido en Londres en 1982, forma parte de la Liga de Defensa de Estonia (Kaitseliit).Xavier Colás

Mientras se preparan para la batalla, los manuales de la guerra cambian. «Durante estos años hemos llevado una tienda para 12 o para 8. Ahora con los drones eso se va a acabar. Una lona y un saco, cada uno en un lado, nada de juntarse». Cada soldado lleva su esterilla: «Duermes con el arma al lado, no te separas nunca. Y llevas el rifle delante; eres un soldado, no un cazador», recita Veyrat. Mañana, de nuevo maniobras de combate. A pie o en vehículo: «Unos días patrullas; otros marchas». Otros, reconocimiento de explosivos, leer mapas... y «pintar la cara de camuflaje, que se quita fácil con el sudor», dice sin darse importancia. Otras veces, para esconderse, llevan plantas en la cara, o cavan trincheras. «Todo el tiempo muy atentos a los drones, da bastante miedo y es algo a lo que nos estamos adaptando».

Lleva ya tres años con esta doble vida: clases entre semana, maniobras durante el fin de semana largo. Ahora habla más estonio, está más integrado y ha empezado en misiones de infantería ligera.

La función de Kaitseliit es ralentizar el avance enemigo, hostigar, ganar tiempo hasta que lleguen las tropas de la OTAN. «Es un escenario muy duro para el que nos preparamos, una guerra de guerrillas, aprendes a ejecutar la misión». Pero hay una que nunca se termina: «Sobrevivir en el bosque con lo que tienes».

Durante meses su otra pareja ha sido la aparatosa ametralladora que ha tenido a su cargo junto a otros tres compañeros, una Browning M2, creada en 1919. Una de las armas más antiguas que sigue en servicio en el mundo, con un calibre 12,7 milímetros. Pesada, compleja y capaz de penetrar blindados, aunque tanques no. «Alrededor de la bala va un cono de energía cinética capaz de cortar carne. Cada bala es una pequeña explosión, y el calor se queda dentro», explica sobre la criatura de acero, que después de usarse, quema. «Tiras 650 por minuto y no paras, si te pasas se recalienta mucho y se desvía». Su compañero Ivo es el que dispara, Pablo es el que asiste. Pero todo el mundo sabe cómo intercambiar roles. «Hay que cambiar el cañón porque se pone casi al rojo vivo», comentan sus compañeros. Mientras el vehículo serpentea por el bosque, lanzan 100 disparos, balas que son capaces de viajar a más de dos kilómetros. En el cielo, un helicóptero de la OTAN simula el hostigamiento de un ejército enemigo.

La Browning, 60 kilos con trípode incluido, es pesada a la hora de cargar con ella, pero después de meses de instrucción es una engrasada máquina de matar en las manos de Pablo, las mismas manos que llevan toda la vida pasando páginas de libros.

En su barrio de las afueras es el tipo del acento raro. En las clases, el profesor que trata de que sus alumnos le den vueltas a los conceptos. Pero entre unas cosas y otras desaparece un par de veces al mes con los suyos en el bosque, para disparar. En su grupo «todo el mundo es muy abierto y se lo toman de manera muy profesional». Lo más duro: «Pensar qué pasaría si mis hijos creciesen sin mí. Pero no me sale de los cojones permitir a Putin que venga. Este país me ha dado mucho y es donde está mi familia». Sentado sobre un tronco, pisa unas hierbas secas en medio de las decenas de sombras verticales que proyecta a esta hora de la tarde el bosque estonio: «Esto va de putodefender tu mundo del barbarismo que representa Moscú».

No todo es sudar y pasar frío. También estudian al enemigo, su doctrina, su manera de matar. Lo explica mientras sostiene el rifle del ejército estonio. «Da gusto disparar con eso, mucho mejor que el antiguo que pesa cuatro kilos y medio». Éste son sólo unos 3,3 kilos, y lleva tres años con él: el ejército te enseña a cuidarlo como a un ser vivo. Rahe, que significa granizo, es el nombre de este fusil. Se lo encargaron a un fabricante americano siguiendo los requisitos del gobierno estonio. Ahora lo llevan colgado al hombro cientos de jóvenes del país. Pero también este español con coleta, un soldado inesperado que jamás pensó en empuñar un arma, hasta que sintió que a lo lejos la estaban empuñando contra él. «A las dos semanas de la invasión de Ucrania decidí que si venían aquí yo quería saber disparar para defender el país donde vive mi familia y mis hijos». Los grupos de Kaitseliit están diseminados por todo el país —hay incluso uno sólo para mujeres— y todos los voluntarios saben a donde tienen que ir si suena el aviso.

LOS 1.000 DE LA 'COMPAÑÍA NORTE'

El primer destino de Veyrat ha sido la Compañía Norte, centrada en la defensa del norte de Tallin. Veyrat quedó integrado en esta compañía de combate, de unos 1.000. Cuentan con capitanes pues está bajo supervisión del Ministerio de Defensa, con criterios básicos de transparencia que exige el país. Los caprichos imperialistas del zar ruso han hecho que la Estonia moderna eche mano del pasado. Kaitseliit tiene más de 100 años: la montaron cuando ganaron la guerra de independencia, también para mantener la conciencia tan viva como antes.

Prepararse para la guerra ha sido tan difícil como pensaba. «Lo máximo que he estado en el bosque ha sido 10 días, se hicieron duros, estás viviendo a la intemperie y tienes que despertarte por la noche, hacer guardias. El equipo que he llevado este tiempo no es tan pesado como el que lleva un soldado de infantería, porque yo iba con un arma de apoyo, que es esta ametralladora que tenemos que llevar entre dos, más el chaleco antibalas». El invierno es lo más duro: «Hemos llegado a estar a doce grados bajo cero, con nieve, todo un fin de semana, durmiendo dos horas. Acabé con las manos moradas por primera vez en mi vida, pero mereció la pena porque aprendí muchísimo».

«¡Cuidado arriba!», un helicóptero dispara una ráfaga ficticia sobre la camioneta de la ametralladora. Las maniobras han terminado.

Para saber más

Mientras que en España la guerra de Ucrania es un horror televisivo, en Estonia la amenaza adquiere contornos reales, casi cotidianos. Es algo que puede pasar. Las crudas imágenes que ven los hombres y mujeres estonios en los canales de Telegram sobre la guerra de Ucrania son la encarnación en pixeles de las historias que con voz ronca contaron los abuelos en la mesa del comedor, en largas tardes aburridas en las que parecía imposible que ese relato de invasores soviéticos se repitiese. «Rusia nunca llegó a aceptar completamente la independencia de los bálticos, y durante los últimos 20 años ha estado mandando señales de que esto es temporal: "Ya volveremos", ése es el mensaje». Pablo repasa la lista: violaciones continuas del espacio aéreo, mensajes agresivos, ciberataques... En todos los países bálticos la conciencia es muy clara de que la amenaza existe y van a venir tarde o temprano si no los frenan en Ucrania».

«La idea es que si los rusos entran en Estonia habrá miles de tipos entrenados. Es una fuerza muy local, muy descentralizada. Peleamos sólo en la región a la que pertenecemos», explica Pablo sin separarse de su arma. Si pasas una serie de pruebas puedes pedir llevarte el rifle a tu domicilio, así estás movilizable en dos horas. Hay que tener un armario en casa y la munición aparte.

Si el enemigo madruga, Pablo y sus hermanos en armas estonios quieren madrugar más todavía.